jueves, 27 de julio de 2006

Las Cortes o las cortinas

No se puede decir, no, tras la reunión de los socialismotes vasquistas subordinados al socialismazo español con los miembros del Partido Nacionalista Vasco que sea más lo que les une que lo que les separa. Y es que aunque los socialismajos a los nacionalistejos no les echen aparentemente los trastos y les enseñen la cara amable, salta a la vista la cruz. Diríamos que va a hacer falta mucha socialistancia y mucho nacionalismudo para que lleguen a un acuerdo entre nacionalistas vascos y nacionalistas españoles. Porque si aquellos defienden la capacidad de decisión de los vascos y que se respete la voluntad de los mismos, estos se agarran al límite de la constitución y al fallo de las Cortes generales del Estado. En otras palabras, los socialismales al defender que cualquier acuerdo para la convivencia debe seguir el recorrido del Parlamento Vasco, Cortes Generales y en último lugar el referéndum, anteponen a la resolución de los representados la de los representantes. Éstos que tienen que ratificar o no los acuerdos a los que lleguen los partidos políticos vascos, a más de que le suelen dar al cepillo al texto acordado, en caso de no tomar en consideración la propuesta como ocurrió con el mal denominado Plan Ibarretxe, vetarían el que los ciudadanos y ciudadanas vascas se pronunciasen libremente en una consulta popular. No puede ser que la ciudadanía que debe tener la última palabra se quede sin voz por los votos de los representantes de la misma. Aunque estos digan que no, tenemos derecho a saber qué opina el “populazo”. No sólo si las Cortes dicen que sí hay que realizar un plebiscito. También si dicen no. De lo contrario, como digo, puede ser que los representantes populares no estén representando al pueblo. Por este motivo en ese recorrido el referéndum debería ser antes y no después de que las Cortes se manifiesten. Si así fuere, si la gente de la calle se pronunciase negativamente no sería preciso siquiera que las Cortes lo hicieran. Estarían éstas de más al haber hablado el vulgo por sí mismo. Por el contrario, si éste se decantase afirmativamente las Cortes deberían tenerlo en cuenta. Si no es de esta manera, en lugar de solucionar el problema lo dejarían al desnudo. Porque no puede ser que en teoría se nos diga que la soberanía reside en el pueblo y en la práctica resida en las Cortes.

miércoles, 26 de julio de 2006

Carretera y manta

Cualquiera diría que desde la entrada en vigor del nuevo carné por puntos muchos viajeros y viajeras sólo nos vamos a sacudir la angustia de perder algunos de ellos cuando no estemos al volante o cuando vayamos en el coche fúnebre. Es decir, cuando nos conduzcan a alguna parte o cuando lo hagan quizás a ninguna. Justamente para que de las llamadas cajas con ruedas no vayamos a parar a la caja funeraria se ha puesto en marcha este salvoconducto de circulación que a las primeras de cambio, al igual que lo hicieran sus equivalentes en otros estados europeos, ha demostrado en el único estado monárquico de la península Ibérica su eficacia para reducir no sólo el número de accidentes en carretera sino la tasa de mortalidad en la misma. Bienvenida sea pues esta medida aunque haya para quienes lo sea a buenas horas... Y es que si estando en el camino más vale llegar tarde que nunca, en política nunca llegar tarde es el camino que más vale. Por esta razón si a quien pilota hay que apremiarle para que levante el pie del pedal, a quienes dirigen la cosa pública hay que demandarles que lo pisen a fondo. Ahora bien, en esta tarea por incrementar la seguridad en las calzadas, arcenes y aceras no es la clase política la única que tiene que poner las largas para ver con claridad el destino. La tarea lo es de todos y todas. Desde quienes caminan por el pavimento hasta quienes ruedan sobre el mismo. Desde quienes fabrican los automóviles hasta quienes trazan las arterías de asfalto. Desde los educadores viales hasta el profesorado de autoescuelas. Desde los de carreteras y caminos hasta los agentes de tráfico. Desde las emisoras de radio que informan de la situación del tráfico hasta los centros encargados del mismo. Desde las aseguradoras que cubren los riesgos hasta quienes corren el riesgo de cubrir lo que es un camelo. De todos y todas, repito. Pues el asunto lo es demasiado siniestro como para que la responsabilidad lo sea total. La prudencia no será mala compañera de viaje para nadie. Además, los peatones y peatonas deben tener buenas nociones de seguridad vial. Y para ello es indispensable que quienes están encargados de su educación estén a la altura de las circunstancias. Quienes llevan el móvil a más de apagar el celular necesitan una buena dosis de neuronas y respetar las normas de circulación a rajatabla. Y es que cuanto y, perdón, inútil hay al frente de un utilitario. Es con este montón con quienes, quienes instruyen deben realizar auténtica pedagogía teórica y práctica. Son estos quienes más que llevarles a examen, les tienen que examinar cuando les enseñan. A quienes montan las máquinas de matar, diseñan las rutas y se ocupan de su conservación en buen estado no más que decirles que no escatimen gastos cuando se trata de ahorrar vidas. Y es que no se puede tener los mejores bólidos y las peores carreteras. A los agentes que cuiden de las gentes que les pagan para que estas no la tengan que pagar. Que escuchen como escuchamos esas frecuencias que pueden avisarnos de antemano de lo que no lo está en la nuestra. Diligencia para éstas al retransmitir la información. A los de las camaritas que pongan cuatro ojos y algunos más en la pantalla para dar la talla. Las aseguradoras que no aseguren a quien no es seguro. Y los camelistas, ay, los camelistas que quieren ingresar cuando se trata de no engrosar las listas mortales. A los tales que los hay a manta y que se lían ésta a la cabeza, manteo antes de su carretera y manta.

sábado, 22 de julio de 2006

Republiquitos y republiquitas

Jamás se me ha pasado poner en tela de juicio que una de las virtudes más imperiosas en política es la coherencia entre lo que se filosofa y lo que se opera u obra. Sin este encadenamiento entre el pensamiento y la acción, la palabra o dicción suele entrar en contradicción con el hecho o la maniobra. En España, ejemplos de estos desajustes los hay sobrados. Así, el jefe de Estado, el rey que para ser coherente tenía que ser tanto en la práctica como en la teoría monárquico, resulta que en aquella es monárquico y en ésta republicano. Así, igualmente, el presidente del gobierno que para ser congruente tenía que ser en ambas republicano, resulta que en la primera es monárquico y en la segunda republicano. Se podían cambiar los papeles, aunque mejor sería que tomaran los papeles de cambiar. De cambiar la forma política del Estado para aclimatarla a lo que cavilan. Si así lo hicieran, quien saldría mal parado sería el rey porque dejaría de serlo. El presidente del gobierno, por el contrario, podría seguir siéndolo o podría dejar de serlo del gobierno para optar a serlo de la República. Ahora bien, mientras el que se dice republicano renuncia a la república para dejar al monarca ser lo que es, el que es monarca no renuncia al trono de la monarquía para dejar al repúblico ser lo que debería ser. Republicano y no monárquico. Es un lástima que en España sólo se pueda ser republicano o republicana sin República. Es un disgusto que ésta sólo sea una idea condenada a no ser una realidad. Y es que ya lo decía de carrerilla Carrillo al debatirse en comisión la constitución: “ Si en las condiciones concretas de España pusiéramos sobre el tapete la cuestión de la República, correríamos hacia una aventura catastrófica en la que, seguro, no obtendríamos la República, pero perderíamos la democracia.”. ¿Por qué se podía poner la monarquía sobre la mesa y no la república? Pues porque los franquistas y sus herederos sólo aceptaban la democracia con rey. Ya que no había dictador, pensaban, que por lo menos haya rey. Lo esencial era la monarquía. La democracia un accidente. Tolerado, pero no deseado. Aquélla era el mayor bien. Ésta un mal menor. Y es que por mucho que en Teoría política se nos diga que la democracia es el gobierno del pueblo, en la práctica el pueblo sigue sometido a los poderes fácticos. Así al pueblo, a la voluntad popular que no se le consultó sobre si quería una República o una monarquía, se le coló de rondón esta última en el referéndum constitucional. Y es que muerto el dictador, lo lógico hubiera sido retrotraerse a la república abatida por la dictadura. ¡Pero no! Por esto el rey para reinar no sólo saltó sobre su padre, sino sobre la república. Algún día ésta saltará sobre aquél o sobre quien herede este privilegio regio. Mal que les pese. Porque la república se asienta en el pueblo y no por encima de él.

jueves, 20 de julio de 2006

Memoria

Si algo ha quedado contrastado en este menstruo y medio en que debido a un error en mi Pececillo me ha resultado imposible mantener el contacto con la poca pero tan estimada audiencia que arriba a este blog a leer estas cartillas embotelladas es que la biota política no esta por echar pelillos a la mar. Y es que más que por hacer la historia, se está por hacer memoria. El olvido que es como una mente en blanco se quiere llenar de agujeros negros. Porque no nos engañemos. Estas relecturas del devenir histórico, en países en que a más de leer escasamente no se está por pasar página, lejos de afianzar la paz social ponen al cuerpo societario en pie de guerra. Aquella transición de un régimen sin libertades a una democratuela vigilada por el movimiento nacional estaba cantado que al no cerrar las heridas dejaba en el tejido social demasiados puntos de sutura. Máxime cuando aquel “Españoles, Franco ha muerto” ocultaba en realidad el fallecimiento de la República sin cimientos. Sin cimientos porque no sólo ha faltado tiempo para conformar republicanos y republicanas, sino para institucionalizar la República. Las dos veces que aquellos y aquellas tras dar el golpe de mano han traído la República se han encontrado con la mano del golpe. De Estado, evidentemente. Una y otra vez la mano monarquicota, religiosilla, tropilla... al par que le ha echado el guante, lo hacía también por tierra. No se ha asentando, no, la república en el terreno español. No sólo porque sus enemigos se la tenían jurada falsamente en nombre de Dios, sino porque sus partidarios confundieron el hacer la libertad con la libertad de hacer. Si aquellos tenían mano de golpista, estos en ocasiones se tomaron la justicia por la suya. En las Cortes con constituciones que en lugar de afianzar la maltrecha convivencia suponían una verdadera fractura social. Y en las calles en que grupos armados campaban a sus anchas. Así al igual que se erró en la elaboración de la carta magna, no se supo jugar las bazas. Así se fue más allá con la ley de leyes y también con la justicia. Por esto tan cierto como que a la república se la ha vencido con alzamientos lo es que no ha convencido con argumentos. Esperemos que a la tercera... no sea otra vez la vencida.