lunes, 30 de julio de 2007

Cataratas y cataratones

En la vida –que es corta aunque se haga larga o, larga aunque, corta– al igual que hay circunstancias en que rectificar puede ser de sabios, en otras, cortar por lo sano, defender hasta el final lo que uno cree y exponerse a ser tildado de loco, chiflado o alocado puede no ser de ignorantes. Basta preguntarse para entenderlo –en esta época en la que no sólo hay mucho “sabio” ignorante y mucho “ignorante” sabio, sino en la que tomamos con asiduidad a quien sabe por su antónimo y a éste por aquél– en qué punto exactamente del espacio está trazada la línea que separa la ignorancia de su contrario o contraria: a saber, del saber y la sabiduría. Dónde está hoy, pues esa línea ni se haya allá dónde hallábase ayer ni allí dónde se hallará mañana. Una rectilínea así –delineada perpendicularmente respecto al sentido de la corriente que lleva tanto a la locura como a la genialidad– no sólo es fluctuante como las mareas y continua tal que un río sin presas, sino que la solemos imaginar cual acantilado cuando se asemeja más bien a una catarata. Con salto, sí, pero de agua que discurre atronadora e ininterrumpidamente. Ese discurrir por lo tanto, y no otra razón o discurrimiento, es el causante de que el sabio y el ignorante, para nada semejantes a dos archipiélagos, parezcan o un de par continentes unidos con un istmo o uno sólo y una península, por una lengua de tierra. Así, porque antes y tras la caída el liquido acuoso sigue corriendo es por lo que se puede decir no sólo que el ignorante de ayer subirá a la cima del conocimiento mañana, sino que el ignorante del mañana es el sabio que la subiera ayer. O de otro modo, si aquél es quien en el pasado fue a estrellarse contra la corriente para acabar con el viento a favor, el otro, el ignorante del mañana, fue a favor de la corriente para acabar estrellándose contra el viento. Esto, que ocurre aunque no siempre ocurra, es lo que permite relativizar esas asociaciones, nada inocentes por descontado, entre la sabiduría igual a sano rectificar, ignorancia, a loca insistencia en el “error”. Asociaciones que, de imponerse con la fuerza, sin la razón, hay que deshacer con la razón, sin la fuerza. Es entonces, cuando el “bonachón”, el “poderoso”, el “rico” o “el religioso” dicen quien es malo, quien, débil, quien, pobre y quien, ateo, cuando “este”, “ése”, “aquél” y “el de más allá” –que no son lo que se dice que son y que son lo que se dice que no son– tienen verdaderos motivos para oponerse a la calificación interesada. Al grito de al revés, al revés, quienes son la bella a la que han hecho “bestia” han de hacer frente a quienes son la bestia a la que, “bella”. Han de hacerlo porque es la cura, llame quien la llame locura. ¿O no es la revolución lo que hacen los “locos” para estar sanos? Más aún: sólo el “sabio” puede teorizar la revolución, sólo un “loco” llevarla a la práctica. Los locos son imprescindibles, los sabios, quizás superfluos.

Visto en el párrafo anterior que tan cierto como que a veces hay que dar un golpe de timón y no se da, puede ser que otras se dé y no haya que darlo; visto que en las rectificaciones o no hay que elegir entre ser sabio teóricamente o estar prácticamente loco; y visto también que el loco ignorante puede terminar sano y sabio y el sabio sano, loco e ignorante, cabría preguntarse dónde mora el saber, dónde, el ignorar, para contestar que la sabiduría se haya no tanto en la rectificación como en el reconocimiento de la ignorancia y que ésta no tanto en el error como en que aquella, la sabiduría, sea irreconocible. Es decir, que de sabidores es reconocer la ignoración y de ignaros no reconocer la sapiencia. De modo que si la sabiduría es el sólo sé que no sé nada o el reconocimiento del desconocimiento, la ignorancia, más que desconocer hasta aquello, es el desconocimiento del reconocimiento. Luego, más allá de que ignora que ignora quien ignora, más allá del creer que sabe todo cuando en realidad no sabe casi nada, la ignorancia radica, fíjense, no tanto en el mundo del conocimiento como en el del reconocimiento. Por lo tanto, si el sabio conoce el bien y el mal y los reconoce, quien ignora no es tanto quien los desconoce como quien confunde lo primero con lo segundo y toma éste por aquél: más que no conocer la bondad y maldad, la ignorancia es no reconocerlas. Es no reconocer la ignorancia propia, sí, pero sobre todo es no reconocer la sabiduría ajena. O de otro modo, si la sabiduría es el grado más alto del conocimiento porque reconoce la ignorancia, la ignorancia es el más bajo más que por no conocerse a sí misma o por no reconocer lo que es, ignorancia, por no reconocer lo que no es: sabiduría. Y es que por algo el sabio se reconoce no sabio y el no sabio se reconoce sabio. Porque el sabio tiene de ignorancia lo que el ignorante, de sabiduría: “nada” aquél de aquélla, nada éste de ésta. Uno no lo conoce y reconoce que mal y el otro que conoce mal no lo reconoce. O mejor, uno no lo conoce, ¡tú!, y reconoce que conoce mal, el otro conoce mal y, ¡conoce, tú!, no lo reconoce.

A la luz de que la difusa línea que separa la sabiduría de la ignorancia no está en el conocimiento, sino en el reconocimiento, y de que el ignorante, aun cuando llegue al campo base de lo conocido no llegará jamás al tres… y mucho menos coronará o hará cumbre en lo reconocido –pues no solo desconoce que no conoce, sino desconoce que no reconoce–, cuando se baile en la línea, cuando aparezca la ignorancia vestida de sabia a decirle a la sabiduría vestida de ignorancia que hay que rectificar, entonces, amigos y amigas, queda al desnudo cómo es cada cual. Ahí se ve quién es de los que se baja los pantalones porque le van a chingar y quien de los que chinga porque baja a los que le van. ¡Tate! La revista “el jueves”, por ejemplo, sabía, como Aristóteles, que “no hay genio sin un gramo de locura”, pero ignoraba que no hay locura sin un gramo de genio. Han tenido de aquella, les ha faltado de este. ¿O es que han tenido detrás a la fuerza de la mala uva y les ha faltado la gracia del pueblo? La gracia, ya saben, esa inocente sonrisa de cómplices que quien está en la cuerda floja agradece de corazón. ¿Por qué chocará tanto éste con la cabeza?

miércoles, 25 de julio de 2007

Jueves Santo

Hoy martes –pasados cuatro días desde que el Viernes el Juez de la Audiencia Nacional Juan del Olmo, a instancias de la Fiscalía General del Estado, secuestrara la revista (también la página web) que sale los miércoles, “El Jueves”, por presentar en su portada una viñeta en la que, supuestamente, el Príncipe Felipe Juan Pablo Alfonso de Todos los Santos de Borbón y Grecia y la Princesa doña Letizia Ortiz, al desnudo, no hacen, con comentario incluido, otra cosa y por detrás, ¡qué cachondo!, que lo del “sábado, sabadete”– decir, aquí y ahora, que la incautación de la zumbona publicación semanal ha sentado al pueblo llano, a sus auténticos demócratas e incorruptibles republicanos, peor que un Domingo en la Corte o que un Lunes cual peón sería, ¡vaya semanita!, la perogrullada del mes o del año, si no hubiere que preguntar en qué siglo estamos. ¿En el veintiuno, no! Claro, en el veinte y UNO. En el año séptimo del mismo y en la España real: en la monárquica, Escorializada, enfermizamente cortesana y… ¡palaciega! ¡Muy pero que muy palaciega! Se ve que, a estas alturas aún, en el reino de los recegados, el tuerto, rey ¿no? ¡Mira que a este paso… nos van a quitar el reír! ¡Reíd, reíd, sovasallos! ¡Que el que carcajea último…!

De momento, a mi tocayo Guillermo, el dibujante de la “grave” ilustración, y a su compinchito Manel, el guionista agudo, que ya han sido citados para declarar ante el juez, seguro que esta llamada al orden les ha parecido una broma de mal gusto: una inocentada, eso es, en la que ellos creen interpretar el papel de inocentes. De inocentes que pueden acabar, en tanto que autores materiales de la artística caricatura, declarados culpables de cometer un delito de injurias a la Corona y de menoscabo de su prestigio. ¡De chiste!, si no fuera porque hay quienes ríen estas gracias ridículas. Y es que, quién sabe si el juez y el Fiscal no han tomado por denigrante e infamante una viñetica con la que los Príncipes quizás se hayan, popularmente, “partido el culo” o, más finamente, reído. Siquiera sonreído. Pudiera ser, por qué no, que aquéllos hayan creído ver gigantes donde no hay más que molinos y éstos, por el contrario, molinos donde, gigantes. Sea lo que sea, y aunque en el Estado español sólo se tolere un Quijote y un Sancho, chispa a la escena de este par de ingeniosos que se han quedado tan panchos y panza arriba, desde luego, no le falta. Con papel y lápiz, con rotulador y goma de borrar, que lo desmienta la Casa Real, si es que no han sido capaces de provocar una cariñosa carcajada en sus hispánicas majestades (o en quien no sea español ni majestad. En la mayoría, vamos. Lo segundo… al menos. Y es que el pueblo español, que lo corrija, si me equivoco, se ha muerto de risa. Con o de, de qué o de quién, desconozcoló, más si ha habido jocundidad algo debe haber de jocundo. ¿O es al revés? ¡So!). Lo contrario, desde luego, es suponer, como lo hacen la autoridad judicial y la Fiscalía, que al rey y a la reina en potencia –a don Felipe y a doña Letizia– y al Rey y a la Reina en acto –a don Juan Carlos y a doña Sofía–, a la Familia Real, vamos, les falta, aún cuando lo tengan de Estado y, ¡oh, no!, de España, sentido de humor para reírse de una historieta en la que aparecen –sin que falten las hilarantes y tal vez, no lo sé, hirientes coletillas– practicando divinamente y como Dios les trajo al mundo un acto tan natural como el reproductivo-sexual. Porque, vamos a ver, suponiéndoles inocentes a los creadores de estas imágenes con voz o de estas voces con imagen, a los audiovisuales, no me venía, o mejor, a los pictoescritores o escritores pictóricos… ¿cuál es el problema? ¿Acaso falta en el dibujito de este par de humoristas humor? La hipótesis, no está en mi mano corroborarla ni es mi intención refutarla, es que en la Familia Real sentido del mismo no falta.

Falte o no, el caso es que sin saber no quién sino cómo les ha sentado a sus Majestades, los Reyes, presentes y futuros y mañana pasados, lo de “el jueves”, –y dando por sentado que peor que esta falta real de sentido de humor, es que le falte la gracia al pueblo, sea vasco, catalán, gallego… o español–, un dibujante y un escritor pueden acabar ¿qué? ¿Multados? ¿Entre rejas? ¿Ambas cosas? ¿Ninguna de ellas? Y por qué. Porque la Fiscalía y el Juzgador entendieron –tomen nota, pero no se lo tomen al dictado– la chanza no en su sentido de un decir gracioso sino de un hacer burlesco. Burlesco por muy artístico-genial que sea. ¡Venga, no me jorobes!

Habrá quien piense, seguro, que en todo este disparate hay que ponerse no sólo en las pelotas de los historietistas gráficos sino en la piel de don Felipe y doña Letizia. Que hay tener lo que se dice empatía y ponerse en el lugar del otro. Nada más justo, por otra parte, siempre y cuando el otro, aquél en que yo me pongo, acepte de buen gusto o de buena gana ponerse, a su vez, en el lugar de uno. Además, ignoro cómo será al revés, no vayan a creer que es fácil que uno del pueblo se ponga en el lugar de los reyes, reinas, príncipes, princesas y demás, dinastas no, dinastías. Y es que cuando la soberanía reside en el pueblo no es nada sencillo colocarse en el papel de los soberanos ¿no? Digamos que no es como ir al programa, sin estrenar aún, de “El Rey de la Comedia” presentado por Eduardo Soto, famoso por su personaje televisivo “el Neng “. Según dicen, buscan al mejor humorista, al Rey de la Comedia. ¡No les será fácil encontrarlo! Y eso que es para coronarlo que si no… Dependiendo de la audiencia televisiva, a lo mejor hasta le vemos defendiendo su corona contra quien aspira a verlo derrocado o descoronado. ¡Qué descojone! ¡Menudo pitorreo! El Rey de la Comedia contra el principito o principote de la misma. O contra la principesa, oiga, que me la saltaba. Tanto derecho tiene ella, la concursante principesca, a poder ser… ¿La Reina de la Comedia?

A la vista, pues, de que desconocemos tanto la intención de los autores de la portada de la revista “el jueves” como lo que hayan podido sentir los caricaturizados en la misma, al parecer, el Príncipe y la Princesa de Asturias, y de que quien va a decidir sobre si ha habido o no injuria o menosprecio a la Corona es, ¡levante el dedo quién se lo crea!, un juececito, lo mejor será esperar a ver el desenlace de este contrasentido. Contra el sentido de humor, se entiende. Que sólo pasa, sea dicho de paso, en Estados de carácter agrio, amargo y agridulce como el español. En los salados, dulces y picantes, al contrario, al no ocurrir estos atentados contra la libertad de expresión, los chistes, chismes y chismorreos andan de boca en boca, se pueden meter en la del Rey de la Selva y nadie les pega un trompazo. Aquí, por llamarlo de alguna manera, no. Acá se manda a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad a los quioscos en busca y captura de “el jueves”, pierdes las tres uves dobles, sientes la presión para que rectifiques, rectificas, acudes a la cita para declarar y, como no le cojas al juzgante de buen humor… ¡ja, je, ji, jo, ju!

El dibujante y el escritor, por las últimas noticias, han tenido suerte y el juez, a la espera de actuaciones de la Fiscalia, da, tal y como nos cuenta “el jueves” en la red, “por concluida la investigación”. Ahora bien, lo mejor es la rectificación de la revista, en la que bajo un “¡Rectificamos! ¡Esta es la portada que queríamos publicar!” se ve a una abeja, que no diré caricaturiza al príncipe, sobre una inocente flor, que tampoco, a la princesa. Lo mejor, digo, no sólo porque en un primer momento se haya visto en lo rectificado burla y no gracia, y luego, gracia y no burla, sino porque en la rectificación puede que haya burla y no se quiera ver y puede que no haya gracia y haya quien crea que la tiene. A los que no ven, no, ruego pero, a los que creen que la tiene, contesten dónde tiene la abeja el aguijón.

sábado, 21 de julio de 2007

2 Ruedas y... ¡Contramarcha!

Sin que los equipos políticos, con sus líderes a la cabeza y la afición a los pies –o a la inversa, si se quiere y mejor–, estén por la parrilla de salida, el pelotón jamás alcanzará la línea de meta. Así es. Porque, aun cuando los jefes y jefas de filas quieran subir a lo más alto, la medalla al cuello, vestirse de amarillo o rosa y lucir el arco iris…, para entonar el alirón del contrato social concordado y la convivencia en igualdad y armoniosa lo primero es presentarse –a poder ser a tiempo– en el punto de partida. ¡Qué no? ¡Pregúntenselo a Perico! ¡Perico el del “Reynolds-Banesto”, no Perico el de los palotes! Perico Delgado, ya saben, el que llegó dos minutos y cuarenta segundos tarde al cajón y a la rampa de lanzamiento en la etapa prólogo de la ronda gala, el que en 1989 aspiraba a llegar a Paris con el maillot chillón y salía tras la crono de Luxemburgo cual farolillo rojo. Perico, tras Bahamontes –por sobrenombre el “águila de Toledo”– y Ocaña, el tercer monarca del ciclismo español en Francia, Perico, el que se coronara un año antes de la despistada a escasa distancia de la Plaza de la Revolución parisina –aquélla en la que Luis XVI perdió su cabeza–, perdía entre luxemburgueses y luxemburguesas lo que vale más que el oro y nadie puede poner en marcha ni detener: el tiempo. Ese tictac, que una novia de rogar antes de ser desposada es capaz de dejar pasar, no puede malgastarlo uno de Segovia, Segovia. Aquel segoviano, a imagen y semejanza de los españoles que de verdad, pero con mentiras, mandan, se perdió en las calles adyacentes a la Avenida de la Libertad. Él, al igual que aquéllos, no dio con ella. ¿Será que la arboleda angosta no les deja ver la extensa vía o es la vía la que no, la arboleda? Porque… ¿no dirán que ésta es la extensa y aquélla –la vía– la angosta?

Digan lo que digan, oigan, es evidente lo oído: para dejar asombrados a todos en la ciudad reluciente, a más de lucencia, es necesaria decencia. Decencia para dar la cara en la salida. En tanto que, escrito está, sin dejarse ver en el principio de ciegos es esperar ver el final. Porque… ¡ojo!, mira que llegó la hora de dejar de hacer el Perico y apelotonarse tras la primeriza raya blanca. Es ahí donde hay que colocarse bien para escuchar el ¡preparados, listos, ya! Nadie puede faltar a la cita. Allá han de estar: corredores con sus velocípedos, directores montados en sus cuatro ruedas y otras cuantas de repuesto, los de la pasta, el patrocinio y el regalito, masajistas para masajeados, cámaras de televisión y radio-locutores de paquetes en la moto, comentaristas, mecánicos, médicos, ciclo turistas, aficionados, artistas de tiza en mano que toman por lienzo el asfalto, los de “te tiro agua por la espalda y te doy un empujoncito en el repecho” y demás apasionados al deporte del pedal: la animada caravana, en tres palabrejas. Ésta, con el coche-escoba a cola y el del director de la prueba en cabeza, tras cuesta, bajada, tras llano, sobre mojado, con viento a la contra, a favor, de lado, ha de cruzar, y no todos con los brazos en alto, pero ninguno con la vista atrás, sino al frente, la delineada blancamente en el firme. Aún con cuarenta y pico grados o bajo cero, bajo cero, sí, bajo cero, ha de intentarlo al menos. ¡Y ha de intentarlo más! Que nadie ignora que habrá triunfante en el podio, pero lo importante es vencer por equipos, la regularidad y terminar la carrera. ¡Punto pelota! Que está muy bien la lluvia de flashes y querer salir en la foto pero…, entre disparo y disparo, ¡Campeón, Campeona!, mejor pedalear para que la cadena ponga en movimiento la rueda. Pues se trata de rodar, luego de echar mano a los cambios y listo ¿no? ¡Que sí, que sí, que no hay a quien el búfalo de aluminio no haya hecho morder el adoquín pero, del mismo modo, hay quien no lo ha montado siquiera! Vamos, que hay mucho sillín. Mucho sillín entelarañado, mucho cuadro con roña y mucha rueda pinchada. Y luego se quejan de la barriguita… ¡pero si no saben ni dónde tiene la bici el timbre que hace “rin-rin, rin-rin”! Eso sí, basta que quieras echar una mano para que te metan un timbrazo ensordecedor. Ruido, no más, que languidece y deja paso a su especialidad: la escapada que no llega a meta, la urdida entre cantos de sirena para salir en la tele. Como la fuga de un fugado ansioso de ser cazado por el pelotón. A estos escapados, más que dejarles salir en pantalla, habría que ponerles entre cuatro paredes: en las de la jaula de la que parten, por ejemplo, los que luchan contra el cronometro. Entre rejas, quién sabe, a lo mejor hasta charlan, intiman y se hacen amigos de algún que otro líder. Tándemes más variopintos se han visto. Ahora… tiene tela que para llegar a la lona en que pone meta tengamos que ir todos a la cárcel. Como Gurpegui, me siguen. ¡Qué he dicho, como…! Sí, como ese que está en su imaginación, como…

Tras el pistoletazo de salida, a nadie se le escapa que habrá abanicos, bajadas de culotes para echar una meada o vaya usted a saber qué, mamarruedas, lanzahachazos hasta en el avituallamiento, caídas y recaídas, descensos a noventa y… por hora o más, pendientes del veinte y tantos por ciento, puertos de tres mil y pico metros, persecuciones a cara de perro, amagos, marcajes y demarrajes, órdenes, recogida de botellines y barritas energéticas, cortes y cortados, cunetas, arcenes y calzadas tomadas por los espectadores, callejones vallados, acopio de periódicos que van a parar entre pecho y maillot, esprintadas de vértigo y con codazos, foto-finish y hasta descalificaciones por dar positivo en los controles antidopaje. Cualquier jugarreta es posible, sinceramente. Visto que hay quien no quiere ni poner su rúbrica en el libro de ruta… se puede esperar más de lo mismo y hasta más de su contrario. No podía ser de otro modo en el mundo desmotorizado de las dos ruedas. Un mundo en el que lo que debería ser indeseable es posible y lo deseable, imposible. Un mundo que coliga a quienes toman lo deseable por indeseable con quienes, lo indeseable por deseable y lo posible por imposible, al tiempo que los separa de quienes han lo imposible y deseable por posible. Un mundo que… ¡cuánto se parece a la politiquería mal llamada por personajes Política y cuán poco, a la Política mal llamada, politiquería!

Por otro lado, en lo ciclístico, cosa pública es y más lanzada la carrera, otros hechos, a más de los dichos, llamarán la atención del respetable porque impiden, precisamente, llegar a Paris o Madrid. Así, quien sólo espera que la carretera se ponga cuesta arriba para llevarse el premio de la montaña o quien usa los frenos para frenar al resto infla los neumáticos y toca las fibras de carbono de cuantos y cuantas quieren culminar estas dos grandes por etapas. Ambas tácticas que reportan ventajas temporales a sus estrategas y por ende, a sus respectivos conjuntos, comportan que el grupo no entre donde debería o lo haga fuera de control. Todo por una victoria personal con sabor a derrota colectiva. Es entonces cuando se puede gritar ¡Se acabó! ¡Se acabaron las ensoñaciones! Además, si falla Perico, les damos a San Miguel, el, ¡viva la ironía!, navarroespañol o lo que quieran, y venga, todos al encierro a cantar: Indurain, Indurain, Indurain… ¡No, pobre de mí! ¿Cómo es la canción? ¿Empieza a San Fermín venimos y dándonos su bendición acaba? ¿Bendición? ¡Jamás!

Estas estrategias de piñón fijo, e incluso la que ya hemos visto de no querer participar en la vuelta, no tienen otro propósito que dejar clavado al adversario en la Cruz de Hierro o en cualquier otro puerto o Col. Que en francés dícese Col, no puerto. Así es en este deporte de ir en caravana: uno no se puede fiar de los compañeros de la marcha. Y es que… ¿con quién y para qué te fugas si no te dan escapatoria? ¿No ves que tu evasión siempre haya por respuesta evasiva? Escucha, vascorro, escucha, sus piernas y sus bolas, y sus manos y sus ojos, todo su cuerpo en suma, rezuman una sobredosis de resentimiento tal que les lleva a poner chinchetas en el camino a todo aquel que, afanoso, pedalea para que la serpiente multicolor ruede por la zigzagueante y revoltosa carretera que lleva a buen puerto: a meta. Así son: prefieren la pájara, la recaída o el desfallecimiento antes que la venenosa requetecoloreada cruce la pancarta en que se haya escrito el dichoso “!por fin!”. ¡Hombre, ya está bien! ¡Mujer! ¡Que la meta y el fin se lo pasan por el medio del Arco del triunfo, la Castellana o la Puerta cerrada del Sol!

Pues eso, que si no van a rodar en pista o en velódromo, abróchense el casco, no me hagan de gregario y… ¡cuídense! Que si Paris vale una misa, Madrid, con el ABC o con prisa –la preposición esta torcida es sin prisa– sigue sin valer una mierda. Con perdón.