En la vida –que es corta aunque se haga larga o, larga aunque, corta– al igual que hay circunstancias en que rectificar puede ser de sabios, en otras, cortar por lo sano, defender hasta el final lo que uno cree y exponerse a ser tildado de loco, chiflado o alocado puede no ser de ignorantes. Basta preguntarse para entenderlo –en esta época en la que no sólo hay mucho “sabio” ignorante y mucho “ignorante” sabio, sino en la que tomamos con asiduidad a quien sabe por su antónimo y a éste por aquél– en qué punto exactamente del espacio está trazada la línea que separa la ignorancia de su contrario o contraria: a saber, del saber y la sabiduría. Dónde está hoy, pues esa línea ni se haya allá dónde hallábase ayer ni allí dónde se hallará mañana. Una rectilínea así –delineada perpendicularmente respecto al sentido de la corriente que lleva tanto a la locura como a la genialidad– no sólo es fluctuante como las mareas y continua tal que un río sin presas, sino que la solemos imaginar cual acantilado cuando se asemeja más bien a una catarata. Con salto, sí, pero de agua que discurre atronadora e ininterrumpidamente. Ese discurrir por lo tanto, y no otra razón o discurrimiento, es el causante de que el sabio y el ignorante, para nada semejantes a dos archipiélagos, parezcan o un de par continentes unidos con un istmo o uno sólo y una península, por una lengua de tierra. Así, porque antes y tras la caída el liquido acuoso sigue corriendo es por lo que se puede decir no sólo que el ignorante de ayer subirá a la cima del conocimiento mañana, sino que el ignorante del mañana es el sabio que la subiera ayer. O de otro modo, si aquél es quien en el pasado fue a estrellarse contra la corriente para acabar con el viento a favor, el otro, el ignorante del mañana, fue a favor de la corriente para acabar estrellándose contra el viento. Esto, que ocurre aunque no siempre ocurra, es lo que permite relativizar esas asociaciones, nada inocentes por descontado, entre la sabiduría igual a sano rectificar, ignorancia, a loca insistencia en el “error”. Asociaciones que, de imponerse con la fuerza, sin la razón, hay que deshacer con la razón, sin la fuerza. Es entonces, cuando el “bonachón”, el “poderoso”, el “rico” o “el religioso” dicen quien es malo, quien, débil, quien, pobre y quien, ateo, cuando “este”, “ése”, “aquél” y “el de más allá” –que no son lo que se dice que son y que son lo que se dice que no son– tienen verdaderos motivos para oponerse a la calificación interesada. Al grito de al revés, al revés, quienes son la bella a la que han hecho “bestia” han de hacer frente a quienes son la bestia a la que, “bella”. Han de hacerlo porque es la cura, llame quien la llame locura. ¿O no es la revolución lo que hacen los “locos” para estar sanos? Más aún: sólo el “sabio” puede teorizar la revolución, sólo un “loco” llevarla a la práctica. Los locos son imprescindibles, los sabios, quizás superfluos.
Visto en el párrafo anterior que tan cierto como que a veces hay que dar un golpe de timón y no se da, puede ser que otras se dé y no haya que darlo; visto que en las rectificaciones o no hay que elegir entre ser sabio teóricamente o estar prácticamente loco; y visto también que el loco ignorante puede terminar sano y sabio y el sabio sano, loco e ignorante, cabría preguntarse dónde mora el saber, dónde, el ignorar, para contestar que la sabiduría se haya no tanto en la rectificación como en el reconocimiento de la ignorancia y que ésta no tanto en el error como en que aquella, la sabiduría, sea irreconocible. Es decir, que de sabidores es reconocer la ignoración y de ignaros no reconocer la sapiencia. De modo que si la sabiduría es el sólo sé que no sé nada o el reconocimiento del desconocimiento, la ignorancia, más que desconocer hasta aquello, es el desconocimiento del reconocimiento. Luego, más allá de que ignora que ignora quien ignora, más allá del creer que sabe todo cuando en realidad no sabe casi nada, la ignorancia radica, fíjense, no tanto en el mundo del conocimiento como en el del reconocimiento. Por lo tanto, si el sabio conoce el bien y el mal y los reconoce, quien ignora no es tanto quien los desconoce como quien confunde lo primero con lo segundo y toma éste por aquél: más que no conocer la bondad y maldad, la ignorancia es no reconocerlas. Es no reconocer la ignorancia propia, sí, pero sobre todo es no reconocer la sabiduría ajena. O de otro modo, si la sabiduría es el grado más alto del conocimiento porque reconoce la ignorancia, la ignorancia es el más bajo más que por no conocerse a sí misma o por no reconocer lo que es, ignorancia, por no reconocer lo que no es: sabiduría. Y es que por algo el sabio se reconoce no sabio y el no sabio se reconoce sabio. Porque el sabio tiene de ignorancia lo que el ignorante, de sabiduría: “nada” aquél de aquélla, nada éste de ésta. Uno no lo conoce y reconoce que mal y el otro que conoce mal no lo reconoce. O mejor, uno no lo conoce, ¡tú!, y reconoce que conoce mal, el otro conoce mal y, ¡conoce, tú!, no lo reconoce.
A la luz de que la difusa línea que separa la sabiduría de la ignorancia no está en el conocimiento, sino en el reconocimiento, y de que el ignorante, aun cuando llegue al campo base de lo conocido no llegará jamás al tres… y mucho menos coronará o hará cumbre en lo reconocido –pues no solo desconoce que no conoce, sino desconoce que no reconoce–, cuando se baile en la línea, cuando aparezca la ignorancia vestida de sabia a decirle a la sabiduría vestida de ignorancia que hay que rectificar, entonces, amigos y amigas, queda al desnudo cómo es cada cual. Ahí se ve quién es de los que se baja los pantalones porque le van a chingar y quien de los que chinga porque baja a los que le van. ¡Tate! La revista “el jueves”, por ejemplo, sabía, como Aristóteles, que “no hay genio sin un gramo de locura”, pero ignoraba que no hay locura sin un gramo de genio. Han tenido de aquella, les ha faltado de este. ¿O es que han tenido detrás a la fuerza de la mala uva y les ha faltado la gracia del pueblo? La gracia, ya saben, esa inocente sonrisa de cómplices que quien está en la cuerda floja agradece de corazón. ¿Por qué chocará tanto éste con la cabeza?
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