No sé ustedes, pero yo, que antes que del EAJ-PNV me siento nacionalista vasco, ni soy de Imaz ni soy de Egibar. Tener, tengo de ambos, pero ser, soy mío. Mío porque, aunque he de pragmático tanto como de radical, defiendo el pragmatismo radical y el radicalismo pragmático. ¡Así de claro! Soy, de otro modo, un autonomista independiente y un independentista autónomo. ¿De qué va esto? Muy sencillo. De que soy pragmático si hay la posibilidad de ser radical y de que soy radical si hay la posibilidad de ser pragmático. Y otro tanto con el autonomismo e independentismo. Soy autonomista si se puede ser independiente y soy independiente si se puede ser autonomista. Porque al igual que un pragmatismo que no puede ser radical es teoría y un radicalismo que no puede ser pragmático, utopía, un autonomismo que no puede llegar a la independencia y un independentismo que no, a la autonomía es una tiranía, un abuso de poder.Un autonomismo en el que no es posible alcanzar la independencia es lo que de hecho y de derecho ofrece el Estado español al Pueblo Vasco. Estado español que no es democrático porque la igualdad, la igualdad de oportunidades, estriba en que las mismas ha de tener cada una de las “partes” para ser un todo como un todo para ser cada una de las partes. Para que un Estado sea democrático, por lo tanto, se ha cumplir lo siguiente: que si un cuerpo estatal aparte es cada uno de sus miembros, cada uno de sus miembros es un cuerpo estatal aparte. En ello radica lo igualitario. Mientras que la libertad es la facultad de cada miembro para formar, por sí mismo o conjuntamente con otros, un todo o cuerpo estatal.
La democracia, para que de verdad lo sea, ha de llevar aquéllas dos ideas en sí misma: la libertad y la igualdad. Libertad e igualdad que jamás son absolutas. Porque el límite actual de ambas es la ley y el límite en potencia, la voluntad popular. Acto y potencia, pues, o ley y voluntad popular, son los límites tanto de la libertad como de la igualdad. Ahora bien, como no es el acto quien determina la potencia, sino que es la potencia quien determina el acto, la ley no puede delimitar la voluntad popular, sino que la voluntad popular puede delimitar la ley. Lo constituido, que no es sino la ley, no es quien para ser la cortapisa de lo constituyente, que es la voluntad popular. A la inversa: es lo constituyente quien para ser la cortapisa de lo constituido.
Esta tensión entre el objeto y los sujetos o entre la criatura y los creadores, se resuelve en el Estado español no sólo haciendo prevalecer al primer elemento del binomio sobre el segundo, sino diluyendo, una vez constituido el Estado –constitución que sólo es legítima con el consentimiento o voluntad expresa de cada sujeto–, esa potestad de cada sujeto o creador en un único sujeto. Así, de ser cada cual soberano se acaba en un ser soberano de cada cual. Sólo un sujeto, que paradójicamente lo es –o debería serlo– por la voluntad de cada uno de ellos, es finalmente soberano: el español. O de otro modo, quien al principio no era soberano detenta al final la soberanía y quien al principio lo era al final no la detenta. Y a la inversa: Quien al inicio no detenta la soberanía es al concluir soberano y quien detentaba la soberanía en la conclusión no es soberano.
Es esta contradicción entre la máquina estatal española y los maquinistas de cada pueblo la que ha de ser resuelta. Porque no es de demócratas ni de republicanos auténticos, por no decir que es de que falte algún tornillo, que la máquina a la que a aprietan las tuercas los maquinistas acabe por apretárselas a éstos. Antítesis cuya resolución se halla en una profundización democrática o en una democratización profunda: en una libertad e igualdad reales entre el Estado español y los pueblos que, con su consentimiento o sin él, forman parte del mismo. De modo que lo primero es consultar a estos si están por la unidad o por la separación y darles, decidan lo que decidan, la posibilidad de cambiar de opinión: si se unen se han de poder separar, si separan se han de poder unir. ¿O no es una locura de matrimonio aquel en el que el divorcio es ilegal porque lo que ha unido Dios (el Estado) no lo puede separar el hombre (los pueblos)? ¡Vaya que sí! Tanto como que uno sea lo que tiene ser (español) cuando uno tiene que ser lo que sea (vasco, catalán, gallego…).
Igual de importante que la viabilidad de la opción unionista, independentista, autonomista, federal, confederal o la que sea, es el hecho de que dándose la primera, la libre y consciente unión de un pueblo a un Estado, aquél, que no debe perder su soberanía, y éste, que tampoco, han de pactar, libremente y de igual a igual, los límites de las mismas o quién decide qué. Claro que, como quien se puede unir voluntariamente, el unible, lo hace porque espera obtener de la unión mayor ventaja que de su separación, será aquel que se une, el unionista o unimismado, quien deba de ceder más que el unidor, que el unificador o que el ente al que se une. De otro modo, en las cuestiones en que el objeto a decidir sea estatal la decisión corresponderá al Estado; en las comunes a los unidos son estos mismos en común quienes han de decidir; en las particulares, en las de un unido y nadie más, ha de ser éste el decisor, decisorio o decisivo. De este modo se asegura la unilateralidad en aquellas materias que corresponden a cada cual en exclusiva y la bilateralidad o multilateralidad en aquellas que, al no ser propias de nadie sino comunes a todos o a varios, son compartidas.
Mejor o peor aclarado, más o menos explicado, algo de lo insinuado hasta aquí hay en el hecho de que me caracterice el pragmatismo radical, el radicalismo pragmático, el autonomismo independiente y el independentismo autónomo. Y es que soy, dicho de otro modo y sintéticamente, no sólo un vasco por voluntad propia que acepta que se pueda ser sólo español, sino un español por ley ajena que acepta que se pueda ser sólo vasco. Esto es, demócratas, la democracia: libertad para ser iguales, igualdad para ser libres.
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