Supongo que habrán escuchado o leído, si no hablado o escrito en alguna ocasión, algo sobre ese adalid del vasco-independentismo socialista que se parece cada vez más, a pesar de que lo compararan con el líder del Sinn Fein, Gerry Adams, al luchador contra la segregación racial en Sudáfrica, Nelson Mandela. Me refiero, no podía ser a otro, al político que, si siendo libre es noticia en toda mesa de redacción, actualidad en los platós de televisión y última hora en los estudios de radio, estando preso entra con un pie en el cajón del olvido y sale con el otro del baúl de los recuerdos: Arnaldo Otegi. El de Elgoibar, que se asemeja al norirlandés y al sudafricano no sólo en que ha sufrido persecución jurídico-policial y apartheid político, sino encarcelamiento por flirtear con la lucha resistente y armada, y que ha tratado de lograr, tal el de Irlanda del Norte, un acuerdo como el de Belfast o Viernes Santo para Euskal Herria y, cual el de África del Sur, la democratización y pacificación de Euzkadi sin aspirar al Premio Nobel de la Paz, está, aunque tenga otros procesos judiciales abiertos por pertenencia a banda armada o por injurias a la Corona, cumpliendo una condena de quince meses en la prisión de Martutene por el delito de apología del terrorismo. ¡La bomba en pleno proceso de paz, la bomba! No tan “amonalizada” ni sanguinolenta como la otra, como la que casi hunde el aeropuerto, ciertamente, pero tanto o más malevolesca, premeditada e impertinente. La bomba porque, aunque la pérdida de la libertad sea, junto al más caro de entregar la propia vida, uno de los precios que están dispuestos a pagar quienes luchan por liberarse de la opresión, este mandar a prisión a un hombre de paz –así lo llamarón también– es propio, a la par que de tiempos de guerra o de enfrentamiento violento entre ETA y los Estados, de temporadas políticas que tienen tanto de batallita de general condecorado como de, a buenas, no avanzar un palmo de terreno porque están todos atrincherados y, a malas, no poder replegarse porque está la retirada cortada. Y es que meter en la carcelona, a quién y, a un “comandante” como Otegi fue, ¡cierre los ojos quien no quiera ver la herida!, un golpe bajo a nuestras ilusiones democrático-pacíficas. Un golpe, si no mortal, sangrante, que dado por un “hombre” de armas tomar en unos tiempos de paz nos deja sin un “hombre de paz” como Otegi en unos tiempos de armas tomar. ¡Toda una pérdida! No sólo porque un hombre así, pacífico, sea el más valioso en unos tiempos como estos, si no bélicos, ante bélicos, sino en tanto que el hombre de paz, a diferencia del de armas tomar, no hace la guerra para imponer la “paz” sino que “impone” la paz para no hacer la guerra o hace la paz para no imponer la guerra. Impone, en el sentido de enseñar, y practica la paz. ¡Que por algo tiene el hombre de guerra su despacho en el campo de batalla y el de paz su campo de batalla en el despacho. Porque éste pone fin a lo que comenzara aquél y porque aquél, el beligerante, da comienzo a lo que finalizara éste.
Llegados ya a este clima de alerta máxima en que el teléfono rojo sigue sonando, el manos libres no se enciende, el inalámbrico y el listín hacen de las suyas, la máquina no traga la moneda y a la de tres puede saltar el contestador, es cuando las entrevistas a Otegi, en la cabina y sin monedas, pueden contener mensajes cortos de largo alcance. Así, con la vista puesta en la que este fin de semana publicaba el diario Gara, un servidor, “libre” pero con el discurso preso, opina que Otegi, preso pero con el discurso “libre”, no ha desaprovechado, como gran comunicador político que es, la llamada a cobro revertido que le realizaba este diario. En el mismo venía a decir, desde el calabozo, que al proceso de paz y… “de normalización política ya hablaremos” le han dado calabazas: los populares por tener los ojos puestos en Madrid, los socialistas porque sin perder de vista la villa capitalina y mirando de reojo al PP siguen sin tener altura de miras, el PNV porque se ha puesto las gafas de cristal oscuro del PSOE y la izquierda abertzale, que a lo que se ve la tiene de lince pero no ve que es la única especie “protegida”, porque sigue yendo al oculista del “o lentes o lentillas o no hay operación”. Así, ya por las dioptrías de unos, ya por la miopía de otros, aquellas previsiones de alcanzar entre los partidos políticos un acuerdo que garantice para el pueblo vasco un marco democrático en el que por medios pacíficos sea posible llevar cualquier teoría sociopolítica a la práctica merecen una revisión. Una revisión porque es un espejismo creer, se mire como se mire, que se pueda firmar la paz con la pluma que declara la guerra o que vayamos a contemplar el fin de la violencia sin admirar el principio del derecho a decidir. Y lo mismo a la inversa: a contemplar el principio de éste sin admirar el final de aquélla. ¡Las cosas como son! Ahora bien, estén como estén, hay que seguir ojeando el horizonte. ¿O hay, acaso, otra perspectiva?
A juicio de Otegi, no. No la hay porque las vías represivas, de enfrentamiento o del autonomismo constitucional están agotadas. Y lo están, adoptemos la óptica que adoptemos. Porque ni la Constitución ni el Estatuto ni la lucha armada consiguen lo que pretenden: la paz social la primera, al imponer la de los vencedores; el reconocimiento de la personalidad vasca (de su ser, haber y estar) en el Estado español la segunda, al impedir éste, no ya el ejercicio actualizado de los derechos históricos o decidir el futuro político, siquiera cumplir la letra de la norma estatutaria refrendada; la democracia la tercera, al querer ETA la libertad aunque sea a tiros. Así, imponiendo e impidiendo, que son violencia en estado bruto, no se logra más que el alargamiento de un conflicto que no debió comenzar y que ha de terminar. De terminar a través del diálogo, la negociación, el acuerdo y el referéndum. ¡No hay otra! Porque policial y judicialmente, aunque se pudiera, y mucho poder es, acabar con ETA, sólo se acabaría con ella. Nos quedaría un conflicto como el océano pacífico, en erupción tal la chimenea de un volcán sin sueño e imprevisible cuán una ráfaga de viento. Conflicto de llama baja, conflicto de chispas vivas.
Conflicto, no obstante, que puede entrar, así se lo parece a Otegi, en una fase de resolución y decisoria, si se retoma la vía, que ha permitido avances aunque no dar con la solución, del diálogo y la negociación. Diálogo y negociación que han de ser, independientemente de las circunstancias puntuales, permanentes. Y han de serlo, pero algo más permanentes que la tregua y que el largo, duro y difícil porque si no, va a ser cosa de un santiamén. Ahora bien, es precisamente en ese mantener pase lo que pase los canales de comunicación abiertos con ETA donde el pensamiento de Arnaldo Otegi choca, como lo hace en otros aspectos, con el del presidente del EAJ-PNV, Josu Jon Imaz, o con el del mismísimo presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero. Razón, entre otras, de que no se entiendan. Porque aquél no acepta nada que no venga de un escenario democrático y estos, nada que no, de un escenario de paz. Aquél quiere a priori lo que estos a posteriori y, a posteriori lo que, a priori. ¡Normal, pues, que no se avengan! ¿Cómo, si no es antes, ni después, sino durante? ¡Entremedias! Y es que siendo cierto lo que dice Otegi, que en el proceso no debe haber victoriosos ni derrotados porque es para bien de todas las partes, la mejor manera de lograr algo así es construyendo una democracia pacífica y una paz democrática. Es la vía, si no fuera porque en los ánimos hay, junto a la rabia, tanta ignavia…
Vía que, a más de un Estado español en el que cada poder, medios de comunicación incluido, no haga la guerra por su cuenta, sino la paz por la de todos, requiere, de las partes implicadas en poner punto y final a un contencioso perjudicial para todas ellas, mucha labor pedagógica y, del resto, más movilización popular. Así es, aunque ello sea obra de Cyranos, Apóstoles o levantamasas como Ghandi. De Cyranos porque es de tales lograr que el Estado español esté unido y con voluntad de llegar a un arreglo en la cuestión vasca, es tanto como cautivarle el corazón a una España sin rompérselo a la otra. De Apóstoles pues de los mismos es darle la cara al pueblo para educarle en la fe a unos principios fundamentales, es como decirle: ¡mira, la cruz! La cruz porque algo de crucifixión tiene, cuando hay quien opina que es la primera para ser libres y la última para estar presos, decir que la lucha armada es la última vía para ser libres y la primera para estar presos. Aquélla opinión es la cruz, ésta, la resurrección. Ahora bien, algo de crucero ha, a su vez, transmitirle, a quien cree que ni pasando por la cruz tienen derecho los vascos al más allá, que lo tienen apartados del pecado. Y es que la conversión del pensamiento español que afirma que “para el vasco sólo hay infierno” en el de “han cielo tras el purgatorio” es tanto como enviar a aquél, al malpensado españolista, ¡hostias!, al confesionario a por un Padre nuestro y tres Aves Marías. ¡Amén! De Ghandis no sólo porque a la violencia del no haya que oponer el no a la violencia, sino en razón de que hay que serlo para proclamar que no es con la fuerza como se consigue la unión del pueblo a una razón, sino que es con la unión del pueblo a una razón como se consigue la fuerza. ¡Don Juanes a la francesa, pues, los doce y hacer como, que no el indio!
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