Retomando esta sección de “La metábola”, una vez más políticos y periodistas, cual pescaduelos avivadores de charcos pacíficos, enredáronse en las hilvanadas mallas metabólicas.
El primero en caer es el Príncipe de Asturias, en caer en las redes de la metábola, entiéndase. El heredero de la Corona, don Felipe, disertaba hace escasos días en el Madrid capitalón para reafirmarse en su compromiso de “dedicar mi vida al servicio de nuestra gran Nación, al servicio de todos los españoles, en el marco de convivencia en democracia y libertad que sustenta nuestra Constitución”. Pasando por alto que lo tomado por gran, democracia y libertad puede ser pequeñito, tiranía y esclavitud como a la inversa, hay ideas tan incuestionables que, insospechadamente, al ser expresadas se vuelven cuestión. Cuestión metabólica, faltaría más. De modo que la metábola quedaría escrita así: Dedicar nuestra “gran Nación”, “todos” los españoles al servicio, al servicio de mi vida… Conste, no vaya a ser que sea llamado sin pretenderlo e injustamente a declarar por el juez Fernando Grande-Marlasca, que no pongo en duda, no, que el Príncipe dedica su vida a la Nación y a los españoles, sino que la metábola, falsa evidentemente, pero metábola literaria sin duda, es que la Nación y los españoles dedican su vida al Príncipe.
En estos tiempos, poco dados a creer en comprometimientos dada la necesidad que hay de puntualizar la disposición a comprometerse, Regina Otaola, la alcaldesa de Lizartza pero sin Lizartza, la del compromisorio más que compromisaria, reiteraba también su compromiso de “seguir trabajando por el pueblo”. ¿Que por qué la reiteración? Por la metábola, por qué si no. Porque el pueblo no reiteraba su compromiso de seguir trabajando por Regina Otaola.
La voz del pueblo, que viene a ser en la política lo que la del Altísimo en la religión porque nadie la puede contravenir, tiene que ir al parlamento como la divina va a misa. Razón esta, la de la preeminencia en los asuntos públicos de la palabra popular mayoritaria sobre cualquier otra, por la cual tanto el Consejero de Interior del Gobierno Vasco como la portavoz de este Ejecutivo, Javier Balza y Miren Azkarate, respectivamente, la recordaban implícitamente. La recordaban porque a pesar de que el pueblo manda sobre cualquiera, a menudo cualquiera manda sobre el pueblo. Indicaba el Consejero del EAJ-PNV refiriéndose a ETA que: “Estamos en presencia de unos fanáticos absolutamente al margen del conjunto de la sociedad vasca y las instituciones”. Y así es, aunque no lo estén respecto de quienes piensan y actúan como ellos. Pero por esto mismo, el énfasis hay que situarlo en la metábola y decir que: “Estamos en presencia del conjunto de la sociedad vasca y las Instituciones absolutamente al margen de unos fanáticos”. Es decir, que tan al margen están los fanatizados de la sociedad como ésta de aquéllos. La portavoz del Gobierno Vasco, por su parte, mencionaba que la violencia de ETA “no va a impedir que seamos una sociedad libre”. Quizás, más hasta el momento lo ha impedido tanto como los Estados español y francés. Y por ello hay que preguntarles metabólicamente a quienes emplean la violencia, ya ilegítima ya legítima: “que seamos una sociedad libre ¿no va a impedir la violencia de ETA?”. La de ETA y la que no es de ETA, sino estatal. Que seamos, que todavía no somos libres.
A cuenta de la Organización bélico-revolucionaria, el socialista Óscar Rodríguez Vaz explicaba que: “ETA y sus satélites jamás han aceptado la oferta de la democracia para la paz en libertad”. ¡Ay, ay, ay! ETA aceptaría una oferta de paz y libertad, una oferta que no se le ha hecho nunca, porque en toda ocasión se le ha ofertado lo que sólo en su mano esta ofertar: la paz, y nunca se le ha ofrecido lo que no está a su alcance: la libertad. La paz nadie más que ETA la puede poner en la mesa, la libertad nadie más que los Estados. Los Estados o una voluntad mayoritaria del pueblo no negada por los mismos. Dicho esto, la metábola sería que “la democracia jamás ha aceptado la oferta para la paz en libertad de ETA y sus satélites”.
El logro de una sociedad pacífica y libre, que es lo que más echamos en falta, debería ser el primer objetivo a alcanzar de toda la clase política. Y siendo esto así, sorprende que Nerea Llanos, concejala popular en Galdakao, comentara irresponsablemente ante la prensa que: “aquí se habla mucho de normalización”, pero “es hora de que también se haga lo propio con las banderas”. ¡Con las banderas! ¡Por favor! Aquí se habla mucho de banderas pero es hora de que también se haga lo propio con la normalización. Con la normalización que, aunque haya quien así lo desee, no puede ondear a media asta.
Para alcanzar la normalización, cuyas bases son precisamente la paz y la libertad porque lo anormal es la ausencia de ambas, todo parece indicar que va a ser imprescindible una consulta popular o referéndum. Que no lo sería si quienes empuñan las armas o quienes enarbolan la violencia del no porque no renunciaran a estas maléficas “artes”. Sobre esta cuestión de preguntar al pueblo cuál es su opinión hay opiniones tantas como opinantes. Así, Aralar acaba de presentar un documento con un título tan significativo y relevante como el siguiente: “Acuerdo para la consulta o consulta para el acuerdo”. Significativo porque para llegar a la consulta primero hay que lograr el acuerdo, y para que éste de verdad lo sea ha de ser ratificado por el pueblo. No obstante, tal y como está la cosa política casi se podría decir metabólicamente que: “Acuerdo para el acuerdo o consulta para la consulta”. Acuerdo para el acuerdo porque del acuerdo político, del acuerdo entre los partidos se ha de transitar al acuerdo social, al acuerdo ratificado. Y consulta para la consulta porque no se trata de consultar una vez y se acabó, sino que la consulta siempre ha de estar abierta a nuevas consultas.
Antonio Elorza, catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid a más de historiador y colaborador habitual en “El Correo Español”, escribía hoy mismo sobre esta cuestión que: “la pretensión de Ibarretxe y su tripartito de llegar por una u otra vía a una autodeterminación contraria al ordenamiento constitucional”. Dicho españolamente que la autodeterminación, con la Carta magna en la mano, es ilegal. Y lo es, pero ello no implica que no sea de justicia. ¿No es extraño que un derecho como el de autodeterminación sea ilegal cuando es justo? ¡Piensen, piensen! Porque a la ley no siempre le acompaña la justicia y a la justicia no siempre le acompaña la ley. Mientras se lo piensan… escrita va la metáfora: “La pretensión del ordenamiento constitucional de no llegar por una u otra vía a la pretensión de Ibarretxe y su tripartito: a una autodeterminación, ¡contraria!”.
Añadía Antonio Elorza en su escritacho que: “La trampa es que no propone un referéndum de autodeterminación por la independencia, cuya incompatibilidad con el orden constitucional es palmaria (…)”. Incompatible porque se quiere la incompatibilidad, como se quiso, y Antonio esto lo sabe de sobra, la de los Fueros con la unidad constitucional de la monarquía, aunque mejor dicho no eran los Fueros los incompatibles con la unidad constitucional, sino ésta con aquéllos. Como lo mismo sucede con el referéndum de autodeterminación se puede decir metabólicamente que: “La trampa es que propone la dependencia, un orden (in)constitucional, cuya incompatibilidad con el referéndum de autodeterminación es palmaria”. El tramposo es el Estado español al proponer el orden que impuso o al imponer el orden que propuso.
El primero en caer es el Príncipe de Asturias, en caer en las redes de la metábola, entiéndase. El heredero de la Corona, don Felipe, disertaba hace escasos días en el Madrid capitalón para reafirmarse en su compromiso de “dedicar mi vida al servicio de nuestra gran Nación, al servicio de todos los españoles, en el marco de convivencia en democracia y libertad que sustenta nuestra Constitución”. Pasando por alto que lo tomado por gran, democracia y libertad puede ser pequeñito, tiranía y esclavitud como a la inversa, hay ideas tan incuestionables que, insospechadamente, al ser expresadas se vuelven cuestión. Cuestión metabólica, faltaría más. De modo que la metábola quedaría escrita así: Dedicar nuestra “gran Nación”, “todos” los españoles al servicio, al servicio de mi vida… Conste, no vaya a ser que sea llamado sin pretenderlo e injustamente a declarar por el juez Fernando Grande-Marlasca, que no pongo en duda, no, que el Príncipe dedica su vida a la Nación y a los españoles, sino que la metábola, falsa evidentemente, pero metábola literaria sin duda, es que la Nación y los españoles dedican su vida al Príncipe.
En estos tiempos, poco dados a creer en comprometimientos dada la necesidad que hay de puntualizar la disposición a comprometerse, Regina Otaola, la alcaldesa de Lizartza pero sin Lizartza, la del compromisorio más que compromisaria, reiteraba también su compromiso de “seguir trabajando por el pueblo”. ¿Que por qué la reiteración? Por la metábola, por qué si no. Porque el pueblo no reiteraba su compromiso de seguir trabajando por Regina Otaola.
La voz del pueblo, que viene a ser en la política lo que la del Altísimo en la religión porque nadie la puede contravenir, tiene que ir al parlamento como la divina va a misa. Razón esta, la de la preeminencia en los asuntos públicos de la palabra popular mayoritaria sobre cualquier otra, por la cual tanto el Consejero de Interior del Gobierno Vasco como la portavoz de este Ejecutivo, Javier Balza y Miren Azkarate, respectivamente, la recordaban implícitamente. La recordaban porque a pesar de que el pueblo manda sobre cualquiera, a menudo cualquiera manda sobre el pueblo. Indicaba el Consejero del EAJ-PNV refiriéndose a ETA que: “Estamos en presencia de unos fanáticos absolutamente al margen del conjunto de la sociedad vasca y las instituciones”. Y así es, aunque no lo estén respecto de quienes piensan y actúan como ellos. Pero por esto mismo, el énfasis hay que situarlo en la metábola y decir que: “Estamos en presencia del conjunto de la sociedad vasca y las Instituciones absolutamente al margen de unos fanáticos”. Es decir, que tan al margen están los fanatizados de la sociedad como ésta de aquéllos. La portavoz del Gobierno Vasco, por su parte, mencionaba que la violencia de ETA “no va a impedir que seamos una sociedad libre”. Quizás, más hasta el momento lo ha impedido tanto como los Estados español y francés. Y por ello hay que preguntarles metabólicamente a quienes emplean la violencia, ya ilegítima ya legítima: “que seamos una sociedad libre ¿no va a impedir la violencia de ETA?”. La de ETA y la que no es de ETA, sino estatal. Que seamos, que todavía no somos libres.
A cuenta de la Organización bélico-revolucionaria, el socialista Óscar Rodríguez Vaz explicaba que: “ETA y sus satélites jamás han aceptado la oferta de la democracia para la paz en libertad”. ¡Ay, ay, ay! ETA aceptaría una oferta de paz y libertad, una oferta que no se le ha hecho nunca, porque en toda ocasión se le ha ofertado lo que sólo en su mano esta ofertar: la paz, y nunca se le ha ofrecido lo que no está a su alcance: la libertad. La paz nadie más que ETA la puede poner en la mesa, la libertad nadie más que los Estados. Los Estados o una voluntad mayoritaria del pueblo no negada por los mismos. Dicho esto, la metábola sería que “la democracia jamás ha aceptado la oferta para la paz en libertad de ETA y sus satélites”.
El logro de una sociedad pacífica y libre, que es lo que más echamos en falta, debería ser el primer objetivo a alcanzar de toda la clase política. Y siendo esto así, sorprende que Nerea Llanos, concejala popular en Galdakao, comentara irresponsablemente ante la prensa que: “aquí se habla mucho de normalización”, pero “es hora de que también se haga lo propio con las banderas”. ¡Con las banderas! ¡Por favor! Aquí se habla mucho de banderas pero es hora de que también se haga lo propio con la normalización. Con la normalización que, aunque haya quien así lo desee, no puede ondear a media asta.
Para alcanzar la normalización, cuyas bases son precisamente la paz y la libertad porque lo anormal es la ausencia de ambas, todo parece indicar que va a ser imprescindible una consulta popular o referéndum. Que no lo sería si quienes empuñan las armas o quienes enarbolan la violencia del no porque no renunciaran a estas maléficas “artes”. Sobre esta cuestión de preguntar al pueblo cuál es su opinión hay opiniones tantas como opinantes. Así, Aralar acaba de presentar un documento con un título tan significativo y relevante como el siguiente: “Acuerdo para la consulta o consulta para el acuerdo”. Significativo porque para llegar a la consulta primero hay que lograr el acuerdo, y para que éste de verdad lo sea ha de ser ratificado por el pueblo. No obstante, tal y como está la cosa política casi se podría decir metabólicamente que: “Acuerdo para el acuerdo o consulta para la consulta”. Acuerdo para el acuerdo porque del acuerdo político, del acuerdo entre los partidos se ha de transitar al acuerdo social, al acuerdo ratificado. Y consulta para la consulta porque no se trata de consultar una vez y se acabó, sino que la consulta siempre ha de estar abierta a nuevas consultas.
Antonio Elorza, catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid a más de historiador y colaborador habitual en “El Correo Español”, escribía hoy mismo sobre esta cuestión que: “la pretensión de Ibarretxe y su tripartito de llegar por una u otra vía a una autodeterminación contraria al ordenamiento constitucional”. Dicho españolamente que la autodeterminación, con la Carta magna en la mano, es ilegal. Y lo es, pero ello no implica que no sea de justicia. ¿No es extraño que un derecho como el de autodeterminación sea ilegal cuando es justo? ¡Piensen, piensen! Porque a la ley no siempre le acompaña la justicia y a la justicia no siempre le acompaña la ley. Mientras se lo piensan… escrita va la metáfora: “La pretensión del ordenamiento constitucional de no llegar por una u otra vía a la pretensión de Ibarretxe y su tripartito: a una autodeterminación, ¡contraria!”.
Añadía Antonio Elorza en su escritacho que: “La trampa es que no propone un referéndum de autodeterminación por la independencia, cuya incompatibilidad con el orden constitucional es palmaria (…)”. Incompatible porque se quiere la incompatibilidad, como se quiso, y Antonio esto lo sabe de sobra, la de los Fueros con la unidad constitucional de la monarquía, aunque mejor dicho no eran los Fueros los incompatibles con la unidad constitucional, sino ésta con aquéllos. Como lo mismo sucede con el referéndum de autodeterminación se puede decir metabólicamente que: “La trampa es que propone la dependencia, un orden (in)constitucional, cuya incompatibilidad con el referéndum de autodeterminación es palmaria”. El tramposo es el Estado español al proponer el orden que impuso o al imponer el orden que propuso.
Pero no soltaba aquí la pluma Antonio Elorza, sino que dejaba correr la tinta para poner sobre el papel que: “Ibarretxe fracasó en la presentación de su plan en Madrid, ante el Congreso de los Diputados”. ¡Se equivoca! Porque el fracasado no fue Ibarretxe, ni lo que Elorza malintencionadamente llama plan cuando era una reforma del Estatuto de Autonomía aprobada por mayoría absoluta en el Parlamento de Vitoria. De modo que la metábola es que: “El Congreso de los Diputados, Madrid, fracasó ante Ibarretxe en la presentación de su plan”. España ganó una votación, Euskadi perdió la oportunidad de expresarse en referéndum. España ganó fracasando, Euskadi fracasó ganando. ¿El triunfo? Un problema sin solución cuando se presentó la oportunidad de tener una solución sin problema. ¡Oiga quien no quiere escuchar! ¡Escuche quien no quiere oír!
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