viernes, 30 de noviembre de 2007

La metábola

Si en algo se asemeja esta sección de “La metábola” a un destape, es en que va dejando a los argumentos sin prendas hasta que quedan al desnudo. De vestidos, diría, pasan a quedar en cueros, que no a la inversa. Vamos, que hacen lo mismo que un stripper: dejar los encantos al descubierto.

Un ex profesional del gremio del despelote, de nombre artístico "Diablo Coody", decía que: “Siempre en un strip-tease la conversación es lo más importante”. Supongo, pero no me imagino, la verdad, al bueno del Diablo con una maroma en pleno espectáculo y con todo al aire hablando sobre la inmortalidad del alma en los empinados diálogos de Platón. Quizás es que no tenga yo demasiada fantasía o quizás se refiriese al descarnado lenguaje corporal. Da igual, el caso es que lo más importante en una conversación es siempre un strip-tease. Porque si en el parlamento no se muestra la cruda realidad, si los parlamentarios no enseñan las cosas como son, de poco vale lo parlamentado. Y es que al hablar como al escribir –otra cosa es que haya que hacerlo en toda ocasión y ante cualquiera– o se deja al corazón en libertad para que palpiten los sentimientos más recónditos o la conferencia y lo escrito resulta una ficción. Todo lo necesaria que quieran, como insinuaba, si no me equivoco, Pascal, para la vida social, pero ficción a todas luces.

Sabido es que no es sencillo, ni deseable, al parecer, poner letra o voz a todo lo que, consciente o inconscientemente, pensamos, pero de vez en cuando es conveniente una manifestación para desahogarse. Es recomendable, de Pascuas a Ramos, una auténtica confesión espiritual. Hasta el más ignorante en salud anímico-mental y corpórea lo aconseja. Todo sea para volver renovado a esa comedia de las convenciones sociales. ¿O no es mejor explotar de vez en cuando que estar siempre reprimido? Bastantes mamporros da de por sí la vida como para que nos auto-flagelemos. ¡No es saludable encerrarse en uno mismo, hay que liberarse! ¡Que ya llegarán los achaques! Pero, ojo, conviene estar al acecho porque, como señala Mariano Álvarez, Psicólogo Clínico: “Hoy se inventan enfermedades para vender fármacos”. ¡Lo que faltaba para volvernos de remate! Que uno quiere cambiar las cosas, receta de tranquilizantes. Que es un revolucionario, Militaretagal a toda pastilla. Que sueña con la libertad, Policivil en sobres. ¿Independenqué? ¡Inyecciones de Lavadodecerebrillo 500! ¡A este paso nos van a tener que atar y todo! Y es que uno ya no sabe si se inventan enfermedades para vender fármacos o si se venden fármacos para inventar enfermedades. El caso es que, ¡Santo Dios!, se ven crucecitas por todas las esquinas. Ya saben, de esas que se encienden y se apagan: las verdes de neón. Entre éstas, las rojizas y las del crucificado, uno se puede morir tranquilo. ¿Qué son mahometanos? Pues hala, una media luna roja y salam alekum, alekum salam o cómo demonios se escriba.

A estas alturas, con tantos matasanos y tantos remedios mágicos, es hasta normal que haya quienes creen en los milagros. Chesterton mismo decía que lo más curioso de los milagros es que ocurren. Y puede ser, oiga, porque algo de milagroso tiene que tal y como están las cosas de mal no pongamos el grito en el cielo para derrocar a los endiosados. O eso o es que estamos en las nubes. En fin, que milagrillos o milagritos, lo más curioso de las ocurrencias es que son milagros. Por no decir que lo más milagroso de las ocurrencias es que son curiosas. O que lo más ocurrente de los milagros es que son curiosos o, bueno, mejor me callo.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Al filo del armisticio

Si el españolismo no se negara a reconocer que por sí mismo, por su defensa de un nacionalismo de Estado –cuyas características son una concepción estatal jacobino-centralista menoscabadora del hecho diferencial, las ideas de unidad nacional indisoluble e indivisibilidad de la patria española, y la soberanía residenciada en un único sujeto político: el pueblo español– el nacionalismo vasco le es un problema político, éste entraría en una fase de resolución. Así ocurriría si, como digo, el nacionalismo español comprendiera que el conflicto político está en sí mismo y no fuera de sí o en el nacionalismo vasco. Así es, el españolismo, más que tener un problema con el nacionalismo vasco, lo tiene consigo mismo. Su problema es interno y voluntario. Y a la inversa, el nacionalismo vasco no tiene un problema para o en sí, sino por o con el nacionalismo español, siendo, en este caso, su problema externo y contra su voluntad.

Esta visión equivocada del españolismo, que le hace creer que tiene ante y contra sí un problema y no bajo, con, desde, en, por o sobre su propio ser, está dificultando sobremanera la conclusión del contencioso político. Porque un nacionalismo como el español, al ser insolidario con el resto de nacionalismos presentes en la península ibérica, al negarles su razón de ser y convertirse, por tanto, en un contranacionalismo, es, dígase lo que se diga, un problema sin solución. Sin solución porque el nacionalismo español, mientras sólo cumpla, y mal porque se sirve de la fuerza bruta, uno de los dos deberes intrínsecos a toda ideología nacionalista saludable, no sólo no la tiene, sino que no la puede tener. En tanto que un nacionalismo que atiende, pero sin importarle los medios, a su obligación interior, a la de construir la nación española y constituir el Estado español, y desatiende la exterior, la de colaborar en la tarea de que otras naciones lo sean y adquieran forma estatal, es un mal irresoluble. Más aún, el nacionalismo español, a diferencia de los nacionalismos ejemplares, es el antimodelo de nacionalismo, el espejo en que todo nacionalista de bien, si quiere permanecer integro, justamente no se debe mirar. Puesto que no tiene virtud que aprender de él y sí mucha malignidad en aquél patrón por el cual echarse a perder. Y a la inversa, el nacionalismo español tiene en los nacionalismos modélicos la lección de entereza moral y el cauce por el que enderezarse.

Junto al nacionalismo español negador y renegado, otro que tiene un largo aprendizaje por delante es el nacionalismo radical, el nacionalismo que teniendo por fin ser libre acaba preso de sus medios violentos, el que recargado de móviles para luchar por la patria vasca termina en la disparatada sinrazón. Éste, que en sus aspiraciones se presenta como la antítesis del españolismo, paradójicamente, se emparenta cada vez más a él en los procedimientos. Uno –aunque también ha practicado el terrorismo de Estado (“Incontrolados”, ATE, AAA, Batallón Vasco Español, GAL…)– rechaza despiadadamente la existencia estatal de las naciones que considera enemigas, el otro –que sume la voluntad de la nación vasca al asumir la voluntad de ETA– niega con brutalidad la vida de los ciudadanos en su punto de mira. Así, si el nacionalismo español condena a muerte a la nación sin Estado en nombre de la ciudadanía española, el nacionalismo radical sentencia a la ciudadanía española en nombre de la nación sin Estado. Es lo que tiene la violencia ¡que empareja a los violentos! Y a la inversa.

Estas dos violencias, la que impide la normalización política y la que perturba la paz, son empuñadas, en función de los intereses políticos de la bandería respectiva, con la intención de paralizar la vida política. Así, uno de los pretextos que suelen alegar tanto los asazmente conservadores del Partido Popular como los parcos progresistas del PSOE para no solucionar, en lo que les atañe, el conflictivo problema o el problemático conflicto, es la existencia de esa violencia política que califican de terrorista. Mientras se practique el terrorismo, se dicen, no se puede acometer la tarea normalizadora. A lo cual, un nacionalista vasco como Iñigo Urkullu replicaba hace ya unas jornadas que: la persistencia de la violencia no debe paralizar “la búsqueda de una solución” al “conflicto político” que vive Euskadi. Y así es, más el conflicto político que vive Euskadi no debe paralizar la búsqueda de una solución a la persistencia de la violencia. O de otro modo, ni la violencia debe detener el fin de la anormalidad política ni la anormalidad política el fin de la violencia.

Para lograr ambos fines, para conformar una sociedad pacíficamente normalizada y normalmente pacífica, el diálogo político entre los agentes principales de la sociedad es la herramienta que se ha revelado más valiosa para lograr un desenlace satisfactorio de conflictos desoladores. Razón por la cual la tiene Jokin Bildarratz, Alcalde de Tolosa y Presidente de Eudel, al sostener que “el diálogo es el mejor recurso que tenemos para gobernar en paz”. El diálogo, al facilitar la participación y el acercamiento de las partes enfrentadas, permite, a diferencia de las soluciones de partido impuestas, alcanzar propuestas de solución compartidas y departidas. Incluso más, porque sin comunicación no es posible gobernar en paz. Negar la conversación aviva la ingobernabilidad y el enfrentamiento, en tanto que a quien desea ser escuchado y escuchar no se le deja más remedio que, sea en el lenguaje que sea, hacerse oír. Diálogo, pues, y paz. Paz porque la paz es el mejor recurso que tenemos para gobernar con diálogo. La paz o mejor el armisticio. Porque si aquella implica una situación en la que los contendientes no están en guerra, éste hace referencia a la suspensión pactada de las hostilidades entre los pueblos. Un pacto por el que las enemistades se convierten, si no en amistades, en un trato igualitario y respetuoso entre quienes vivían con animadversión.

El diálogo y el armisticio, que son la misma cara de la moneda, deben ir acompañadas de un elemento fundamental en toda comunidad sociopolítica. Porque más allá de lo que apunta el presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, al afirmar que “el código genético de la democracia es el diálogo", la verdad es que el código genético del diálogo es la democracia. Sin democracia la "paz" y el diálogo peligran. Es el vivir en un marco democrático lo que permite a los pueblos no romper aquélla y no cortar aquél. O de otra manera, la antidemocracia es esa moneda que manteniendo a los ciudadanos de canto les lleva a que conozcan la cruz de la guerra y de la incomunicación.

El logro de esa tríada, del diálogo, el armisticio y la democracia, debe ser, a tenor de lo dicho, la labor fundamental de todos los hombres y mujeres, sean públicos o no. Porque lograr un ordenamiento jurídico-político consensuado, en el que reine el parlamento y el pacto y gobierne la voluntad popular, es tanto o más que un derecho de la ciudadanía una obligación para ella. Porque si cierto es que la polis política hace la ciudadanía, más aún que ésta debe construir aquella. En la misma, en esa “Ciudad-Estado”, nadie debe quedar excluido, todos y todas han de ser iguales en valor y participar de las mismas posibilidades para materializar los legítimos ideales. La justicia democrática así lo reclama. Por ello tiene parte de razón Ramón Jauregui cuando nos recuerda que: “Una Euskadi no habitable por quienes no se sienten nacionalistas no puede serlo para los nacionalistas”. Parte porque una Euzkadi no habitable para quienes se sienten nacionalistas no puede serlo para los no nacionalistas. En Euzkadi, a más de necesarios, somos imprescindibles. No sobra nadie, pero ¿cuántos y cuántas faltan? Cuántos y cuántas han tenido, a lo largo de la historia, que abandonar por una de las dos violencias la patria que les acogió al nacer. Euzkadi les requiere. Como requiere un sistema político en el que la voluntad del pueblo, expresada pacífica y democráticamente, sea respetada y realizada. ¡Ése es el quehacer! ¡En él nos va el armisticio, en él la democracia!

lunes, 26 de noviembre de 2007

La metábola

Al igual que cuando uno lleva hablando un buen rato tiene ganas de guardar silencio, cuando se pasa tiempo en sigilo el deseo de meter baza se vuelve incontenible. En mi caso, que he permanecido impasible y distantemente a la escucha de lo que se dice por aquí y por allá, el ánimo de intervenir se ha presentado de súbito. Tanto, que aquí me encuentro de nuevo, en este papel avanzando al punto desde la primera línea, tras un paréntesis en la retaguardia.

“La metábola”, esta sección que pretende ordenar las ideas desordenadas o desordenar las ordenadas, es en el lenguaje lo que una revolución a la política. Porque ¿qué es una revolución si no ir más allá de una ordenación y una ordenación de ir más allá? Más allá, no como acá que no pasamos nunca del amago y del conato. Últimamente, el no va más de los aprendices de revolucionario es, al parecer, o hacer caricaturas de los príncipes o quemar imágenes de los reyes. ¡Como si la revolución consistiese en desfigurar lo representado y no en cambiar lo representante! Ahora bien, hasta la parodia de la auténtica insurrección es, para los reaccionarios, intolerable. Es como ¿pasarse cuatro pueblos? Así, comentaba en el ultramonárquico ABC Antonio Burgos que: “Un indeseable independentista quema el retrato del Rey y No Passsa Nada”. Y pasa, sí, claro que pasa. Como mínimo, si están de humor, te multan: he aquí la pena. Y la desigualdad, porque la verdad es que quema el Rey el “indeseable” retrato de un independentista y no pasa nada. Nada de nada. Este la derecha en el poder o este la izquierda todo sigue igual, igual, igual. Tal vez por esta razón Txema Landa y Patxi Azparren, miembros de Euskara Fundazioa, comentaban que: “el PSOE ha demostrado la ya famosa frase que reza que lo más parecido a un español de derechas es un español que se dice de izquierdas”. Ahora bien, también el PP ha demostrado ya que lo más parecido a un español de izquierdas es un español que se dice de derechas.

En Euzkadi, al contrario que en España, a todas horas acontece algo que da color, aun cuando sea en blanco y negro, a la grisácea monotonía. Cuando no es un concepto nuevo es una novedad conceptual. Y es que Euzkadi, aún cuando no esté a la última, siempre está de moda. Podía ser al revés, que aún cuando no estuviere a la moda, siempre estuviere a la última, pero qué le vamos a hacer si nos los impiden si no insistir. De un tiempo a esta parte, la transversalidad o el alcanzar un pacto no excluyente y la consulta no vinculante o, a lo mejor, el referéndum que se va a proponer en el Parlamento Vasco está de actualidad. Tan es así, que hay quienes como Ametzazurra escriben en Izaronews que: “Parece que ya nadie duda de que los próximos meses, o años –dependiendo de la obcecación de los implicados–, podemos llegar a ver algo así como un acuerdo “transversal” en Euskadi que traiga por fin la estabilidad política que tanto deseamos”. Siendo optimistas, pudiera ser que lo veamos en los próximos meses. Siendo pesimistas, ni en años. Pero haciendo de metabólicos podemos llegar a ver algo así como la estabilidad política en Euskadi que traiga por fin un acuerdo transversal que tanto deseamos. Sea como fuere, sea el acuerdo entre distintas sensibilidades el que traiga la estabilidad política o sea ésta la que traiga aquél, lo cierto es que el actual pacto estatutario dejó fuera tanto a Herri Batasuna como a Alianza Popular, quienes propugnaron el no en el referéndum, y a MC-EMK y LKI que optaron por la abstención. Otro tanto ocurría con el pacto constitucional que recibió el voto en contra de Euzkadiko Ezkerra, parte de los de Alianza popular, la abstención del EAJ-PNV y el rechazo extraparlamentario más rotundo de EAE-ANV, HASI, ESB o LAIA.

Ante semejante atolladero en que está estancada la política vasca, la consulta, o en su caso, el referéndum que plantea el Gobierno del Lehendakari Juan José Ibarretxe puede ser, sin duda, la iniciativa que ponga la primera piedra de la pacificación como de la normalización política. Puede serlo aun cuando se alcen voces tan gratuitas como la de Juan José Azurmendi, Presidente de SEA-Empresarios Alaveses y militante del PNV: “Mi opinión personal es que la consulta de Ibarretxe no favorecerá la inversión”. Gratuita porque es tanto como decir que la no consulta, el enfrentamiento en suma, la favorecerá. Hecho éste que hasta el más pobre economista sabe que no es cierto. Ahora bien, la opinión de este militantillo peneuvista es sintomática de que la clase empresarial y la oligarquía no dan un duro por la consulta. Con lo cual, allá va la metábola, mi opinión personal es que la inversión no favorecerá la consulta de Ibarretxe. Por muy crudo que suene así es. Y mientras no lo hagan, mientras los sectores capitalistas no inviertan en ese bien tan preciado que es la paz estamos condenados a vivir con la incertidumbre a cuestas y a cargar con la problemática política sobre nuestras espaldas.

Que hay corrientes de opinión que se aferran a esta política retensada como los moluscos a las rocas no es agua pasada, como no lo es que hay quienes nos quieren hacer creer que ondea la bandera roja donde está la mar en calma y a la inversa. Así, el presidente de los populares, Mariano Rajoy, en un pleno de control al Gobierno en el Congreso lanzaba el salvavidas donde no hay ni siquiera naufragio con la siguiente pregunta: “¿Cómo piensa hacer frente el Gobierno a los crecientes desafíos que sufre la legalidad en algunas comunidades autónomas?” Al revés, Mariano, al revés. ¿Cómo piensan hacer frente algunas comunidades autónomas a los crecientes desafíos que sufre la legalidad en el Gobierno? Porque no es el Ejecutivo español el que se está ahogando, sino las Autonomías.

Otro que sufre espejismos como Rajoy, cuando no aviesas intenciones, es M. Martín Ferrand, que en el ABC escribía lo siguiente: “(…) un Estado que apenas tiene competencias después de habérselas transferido a las Autonomías”. Al revés, Martin, al revés. Las Autonomías que apenas tienen competencias después de habérselas transferido a un Estado. Porque no son las Autonomías quienes están desestatalizando al Estado, sino el Estado quien esta desautonomizando a las Autonomías. Razón por la cual, se equivoca en el mismo medio de comunicación su director, José Antonio Zarzalejos, al apuntar que “los separatismos de los nacionalismos vasco y catalán se han desatado en una espiral que pretende desguazar el Estado”. Mirando las cosas de cerca, Zarzalejos, la verdad es que el Estado se ha desatado en una espiral que pretende desguazar los nacionalismos vasco y catalán.

Detrás de estas formas contrapuestas de mirar la realidad, evidentemente, hay dos sentimientos divergentes. El del ex presidente del Gobierno y requetenacionalista español, José María Aznar, que ya en 1994 señalaba: “Creo en España (...) por eso no soy nacionalista”, y el que puede mantener este sencillo escritor: No creo en España por eso soy nacionalista. Nacionalista Vasco que cree que nuestra patria es Euzkadi.

domingo, 25 de noviembre de 2007

La metábola

Porque el que calla otorga y porque el que otorga calla el escritor de este blog, que lleva un tiempo callado sin otorgar, ha decidido recuperar, tras este cese temporal de la convivencia con quienes leen estos escritos, la sección de la metábola.

Bastante antes de que el Rey, Zapatero, Moratinos y toda la tropa de lugartenientes se fueran a la Cumbre Iberoamericana a hacer las Américas para el empresariado de Estado y para el Estado empresarial, comentaba el Secretario General de ERC, Joan Puigcercós, al hilo de las quemaduras que han sufrido numerosas fotografías de los monarcas españoles, que: “Se puede ser republicano y no ir quemando fotos”. Y así es, ahora bien, como también se puede ir quemando fotos y no ser republicano, de elegir entre padecer una piromanía real o ser partidario de la república… ¿qué me dicen? ¿Se callan? ¿Les callan? ¿O es que además de tener a bien la piromanía están por la República Vasca? ¡Como ustedes quieran!

J. Gabriel de Mariscal, que tiene nombre de santo y apellido de santo y seña, escribía en un medio de comunicación que: “una gran mayoría de los nacionalistas periféricos somos republicanos”. Pues claro, tanto como que una gran mayoría de los republicanos periféricos somos nacionalistas. Eso sí, lo nuestro es un nacionalismo republicano o un republicanismo nacionalista, pero vasco, nada de español.

Ese carácter nuestro, que tanto en la forma de Estado como en la opción política antepone el bien común al bien propio, o mejor aún, que cree que no es moral éste sin aquél y a la inversa, es lo que repatea a quienes anteponen la bonanza privada a la pública. Éstos, que entienden el “ande yo caliente y ríase la gente” y desconocen el “ande la gente caliente y ríame yo”, son quienes tras el anonimato editorial escriben frases de corte insano como la siguiente: “la figura del Rey es un obstáculo que se interpone ante cualquier pretensión que desborde el marco constitucional”. Puede que así sea, y más ahora que al Rey le sale de sus fueros una expresión tan autoritaria como el “¡Por qué no te callas!” para desautorizar a Hugo Chávez. A un Chávez que legítimamente acusaba a la clase empresarial española y al ex presidente del Gobierno, Jose María Aznar, de apoyar actos tan fascistas como el fallido golpe de Estado en Venezuela del 2002. ¿Qué diría el Rey si la clase empresarial y el ex presidente de la Nación liberada de la esclavitud española por don Simón Bolivar apoyaran un golpe de Estado en España? ¿Por qué no te callas? ¿Qué? ¿Qué el marco constitucional es un obstáculo que se interpone ante cualquier pretensión que desborde la figura del Rey?

Juan Manuel de Prada, articulista de varios medios, escribía a fines, creo que a principios no, de un mes pasado que: “Tampoco contribuyó a mitigar los efectos de ese veneno el debate demagógico y zascandil sobre la prevalencia del varón en la línea sucesoria de la Corona; en aquel intento de «democratizar» la monarquía subyacía, bajo los disfraces zalameros de la corrección política, un propósito avieso de rebajarla en la consideración ciudadana y ponerla en entredicho”. ¿De veras? ¿Se intentó democratizar la monarquía o más bien monarquizar la democracia?

En este Estado, que si la ciudadanía se llevara las manos a la cabeza se daría cuenta de lo que le aprieta la coronilla, Mariano Rajoy, que no se sabe muy bien si quiere ganar las elecciones para ganar a los españoles o ganar a los españoles para ganar las elecciones, defendía la víspera del día de la Fiesta Nacional para unos, sofiesta para otros y fiestucha para quienes ni es fiesta ni nacional, que los ciudadanos “se sientan orgullosos de ser españoles”. ¡Allá él y quienes le dicen amén! Pero también se puede defender que los españoles se sientan orgullosos de ser ciudadanos. ¡Porque es la ciudadanía la esencia, la españolidad un accidente!

La presidenta del Partido Popular en Euskadi, María San Gil, que sólo ve la corona de los hechos porque le ciegan las espinas de los mismos, decía sobre el Lehendakari, Juan José Ibarretxe, que: “El máximo representante de los vascos, en lugar de dar ejemplo y cumplir la ley, planta cara al Estado de Derecho”. Tal vez, porque en este Estado todo lo que no sea hacer genuflexión y estar arrodillado es blasfemia contra él. Da igual que seas cristianísimo o cristianísima, terminas en la hoguera. No te digo nada como te dé por ir de gladiador, con el pulgar señalando a la arena te mandan a los leones. Razón por la cual, más exacto es decir, señora San Gil, que el Estado, lugar de la ley al máximo, planta cara de Derecho al representante de los vascos en cumplir y dar ejemplo. Cara de derecho o la cruz del mismo, mejor.

Esta forma tan antinatural de ser que el Estado adopta permite llevar la contraria a la Vicepresidenta del Gobierno español, María Teresa Fernández De la Vega, cuando afirmaba, no recuerdo si ante la detención de toda la cúpula de Batasuna, que la operación policial es la prueba de que “el Estado de Derecho funciona”. ¡En la operación puede funcionar, no digo yo que no, pero en uno de los lugares en los que el Estado suele perder el derecho es en los torturantes calabozos y mal tratantes comisarias! ¡Las garantías judiciales y los derechos y libertades más fundamentales de las personas quedan en entredicho si hay a quienes se les va la mano! Y es que, Vicepresidenta, ya podía usted tener un interrogatorio con los mandos policiales para despejar las certeras dudas que Organismos tan imparciales como Amnistía Internacional cobijan, no vaya a ser que la operación de derecho sea la prueba de que el Estado policial funciona.

Esta violencia estatal, tan deleznable e ilegítima en todo caso, es junto a la violencia política uno de los argumentos que cuestionan seriamente la calidad democrática del Estado español. Estado que está cumpliendo a rajatabla lo que el socialista Ramón Jáuregui Atondo comentaba a los medios: “Ahora toca mantenerse firmes, reclamar unidad democrática y lealtad institucional, al PP y al Gobierno vasco, respectivamente. Y aplicar la ley bajo el principio democrático de que la represión del entramado de la violencia incluye sus estructuras políticas porque hace ya algún tiempo que dijimos que con violencia no cabe la política en nuestra democracia”. Puede, pero si la política es para que no haya violencia desde luego que tiene razón de ser. Por ello desde el nacionalismo democrático hace ya que dijimos que con democracia no cabe la violencia en nuestra política. Y es que el problema es que vivimos con violencia, sí, pero a la vez sin democracia.