viernes, 21 de diciembre de 2007

La metábola

Decía la escritora chilena nacida en la capital peruana, Isabel Allende, que: “La escritura me ayuda a ordenar la confusión en mi vida. No es una terapia, pero se parece”. Más o menos lo que pretende esta sección de “La metábola”: mostrar las dos caras de los pensamientos o mostrar los pensamientos de las dos caras. Ordenar, de otro modo articulado, la realidad: ésta es la pretensión metabólica. Y es que si a la Iberoamericana le acontece aquello, a un servidor, además, lo contrario. En tanto que la confusión en mi vida me ayuda a ordenar la escritura. Es una terapia, pero no se parece.

Esta forma de imaginar nuevos mundos realizables o esta forma de realizar nuevos mundos imaginables requiere, qué duda cabe, una educación revolucionaria. Una educación que más allá de aprender cosas quiera transformarlas. En este sentido, tiene razón el Catedrático de la Universidad Complutense, César Nombela, cuando afirma que: “No hay futuro sin una educación de calidad”. La cualificada acción educativa, así es, es fundamental para todo proceso de cambio transformador. Acción que debe mostrar no sólo cómo han sido y cómo son las realidades, sino cómo deben ser. A más de mostrar, cómo no, que podían haber sido, que pueden ser y que podrían ser de otro modo. Porque no sólo hay que aprender del pasado para no cometer los mismos errores en el porvenir, sino que también hay que aprender del presente. Lo pretérito y el futuro quedan muy lejos, tanto que aquello ya no es y esto no lo es todavía. El presente, en cambio, es ahora o nunca. Dicho esto, y aquí va la metábola, no hay una educación de calidad sin futuro o no hay educación sin un futuro de calidad. Puesto que una educación no educada o dirigida hacia el mañana precisará de una reeducación. Lo educacional, entendámonos, o sirve para desarrollar desde la hora actual un posteriori humanamente digno o dignamente humano o será sub-educativo.

Esta novísima tarea educacionista ha de empezar por el conocimiento o por la teoría, pero no ha de quedarse en él o en ella, ha de ir más allá: hasta la práctica. Si bien, tan cierto como que para vivir una cultura hay que conocerla es lo que decía el sacerdote José Miguel de Barandiarán: “para conocer una cultura hay que vivirla”. Más aún, porque de lo que se trata es de vivir la realidad para revivirla: de conocerla y vivirla con ánimo de llevar a cabo la resurrección de una vitalidad decadente. Renovarse o morir suele decirse, pero se olvida que a veces es necesaria la muerte de lo degenerante para que acontezca la renovación. Cuando lo gastado y arruinado impide la fortuna de lo revitalizante, ha de desaparecer de nuestras vidas. En resumen, morir para renovarse, aún sabiendas de que toda renovación traerá con el tiempo la muerte: renovarse para morir.

Algo de lo anterior ha de darse para que contados dejen de vivir como reyes y los que no cuentan, el resto mayoritario, abandonen o mejor abandonemos el malvivir. Escribía hace un tiempo Jon Juaristi que: “también los pobres deben beneficiarse del sistema. Para eso se inventó el socialismo, ¿verdad?”. No, que han de obtener beneficio es de cajón, pero ni para eso se inventó el socialismo ni es posible sin una transformación radical del sistema. Es más, hay quienes estamos por pensar que se inventó para lo contrario. A saber: como también el sistema debe beneficiarse de los pobres, para eso se inventó el socialismo, ¿verdad? O, si me permiten otra metábola: También el sistema debe beneficiarse del socialismo de los pobres. Para eso se inventó, ¿verdad? O esta otra: También el sistema debe beneficiarse de los pobres del socialismo. Para eso se inventó, ¿verdad? O: También el socialismo debe beneficiarse de los pobres del sistema. Para eso se inventó, ¿verdad?

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Ene, amigos

Por mucho que el presidente de la República Francesa, Nicolás Sarkozy, afirme que: “Los enemigos de la democracia española son los enemigos de Francia”, o que los ejecutivos de ambos Estados, el franco y el español, rememoren la colaboración antiterrorista y las buenas relaciones entre los dos países, lo cierto es que tanto el uno como el otro no aprueban, por su mala memoria, la asignatura de Historia. En tanto que si algo pone de manifiesto esta disciplina científica es que España y Francia han sido a lo largo de los tiempos tan pronto estrechos aliados como enemigos a muerte. Ejemplo de esto último puede ser que algunas de las dinastías más sofamosas de “España”: la de los Trastámara, a la que pertenecían los Reyes Católicos, la austriaca de los Habsburgo, representada entre otros por los emperadores Carlos I de España y V de Alemania y su hijo Felipe II, y la de los Borbones iniciada con Felipe V, han guerreado contra la Francia de los Valois, la Borbónica, la Revolucionaria y la Imperial. Y, si me apuran, España no hizo buenas migas ni con la Francia Republicana, porque la declaración de neutralidad y luego de no beligerancia del Estado Franquista en la Segunda Guerra Mundial, cuando la Francia de Charles De Gaulle en particular y los aliados en general hacían frente al totalitarismo fascista de Hitler, de Mussolini y de Tojo Hideki más que de Hiro-Hito, es tanto como el lavarse las manos de Poncio Pilatos. O peor, si se tiene en cuenta que en España repostaban los submarinos alemanes o que se vendía al Tercer Reich el Wolframio necesario para la industria armamentística. En fin, que esta amistad recentísima entre los francos y los “postfranquistas” sólo es posible con una buena dosis de amnesia colectiva o tras un enfático perdón.

No se pretende insinuar en el párrafo anterior que la permanente cooperación internacional para acabar con las acciones directas de ETA no sea bienvenida. Lo es, porque para desarmar a quienes luchan con las armas en la mano cualquier medida es positiva siempre que se respeten los derechos humanos que el Estado de Derecho, a menudo, deja en suspenso en los calabozos y en los periodos de incomunicación de los detenidos. La intención de la anterior parrafada era más bien advertir de que, más que inseparables o devotos, el Estado español y el francés son apegados hoy y antagonistas mañana. Antagonistas mañana por no decir a estas horas. Porque, a ver, quién se cree que el ejecutivo de derechas francés vaya a echar un cable a uno de izquierdas español a menos de tres meses de las elecciones generales en España. Ayudar ayudara algo, pero lo justo, oiga. ¿O es que alguien duda de que el inquilino del Eliseo no prefiera a Rajoy antes que a Zapatero en la Moncloa? Porque estamos hablando de política y no de las hermanitas de la caridad ¿no? Más aún, en tanto que el Jefe de Estado galo, puesto a elegir entre dos males, entre que los atentados se cometan en territorio francés o se lleven a cabo en el español, elige, de todas todas, la segunda opción. Como elegiría la alternativa contraria, si fuera el caso, el presidente español. Y es que qué más quiere Francia, sabiendo que los países progresan a costa de otros, que una ETA activa al sur de los Pirineos perjudicando los intereses españoles. Y a la inversa: qué más quiere España que… Dicho esto, no hay que entender que los gobernantes franceses echen una mano a ETA, pero mientras la organización armada no se ha metido en líos en Francia no la han tenido de hierro, si acaso, de aluminio. A Francia, hablemos claro, no le favorece económica, política ni socialmente que en España se solucione el problema político, entre otras razones, porque el conflicto se trasladaría al Estado francés de ipso facto. Teniendo esto en cuenta, y dejando de lado el análisis moral del problema para centrarnos en la cruda política, si en España hubiera hombres de Estado y no de partido, hace tiempo que habrían recogido en la Constitución el derecho de autodeterminación para pasarles la calienturienta patataza y media a los mandatarios galos. No perderían nada y tendrían mucho que ganar. Porque dar cabida en la Carta Magna a tal posibilidad autodeterminista viene a ser algo parecido a dársela, como se le da en la disposición transitoria cuarta, a la posible incorporación de Navarra a la Comunidad Autónoma Vasca: del derecho al hecho hay mucho repecho.

Lo curioso de todo este compañerismo entre coleguitas es que, a más de que debe salirle al Estado español por una buena talegada –de balde se murió–, se trata de una relación aséptica. Veamos si me explico. No es tanto un distanciamiento acercado lo que ha tenido lugar entre ambos como un acercamiento distanciado. Un acercamiento entre los dos países sin que ninguno de ellos tome nada política o jurídicamente relevante del otro. Esto es, ni España va a legalizar, a menos que se vea obligado a ello desde Estrasburgo, a Batasuna, ni Francia, así parece al menos, va a ilegalizar a Abertzaleen Batasuna. Vamos, que ni Francia se va a españolizar ni España se va a afrancesar. Que entre lo primero y lo segundo convendría esto último, sin duda, pero en el Estado español lo usual ha sido afrancesarse para tomar el modelo de Estado jacobino o para coronar en 1700 al primer Borbón (Felipe V), casi un siglo antes de que en el país vecino guillotinaran a uno de los últimos Borbones reinantes (Luis XVI). ¡De afrancesarse ya podían haber tomado, aunque fuera a posteriori, la forma estatal republicana en lugar de entronar a una dinastía que los galos estaban a punto de rechazar!

Así como los españoles se afrancesaron no sólo en el siglo XVIII, sino también en el XIX, es dudoso que los franceses se vayan a españolizar en el XXI. Y es que, en un período histórico en el que España ha legislado para alumbrar una ley de Partidos que se asemeja a todas aquellas que tratan de defender la indisoluble unidad estatal, un régimen de libertades recortadas o una democracia de tercera, Francia no puede tomar a España por modelo. ¿Cómo, si el Estado español en el ámbito del derecho se hace el turco y se ha rumanizado?

martes, 18 de diciembre de 2007

Ni libretos ni librotes ni librazos ni librillos: libretas ignotas

Aunque el mundo sea un folio, un folio con demasiados borrones, si así lo quieren, dicen que la vida no cabe entre la encuadernación de un libro: los libros son un libro abierto con numerosas páginas en blanco. No obstante, otro tanto ocurre al revés. Porque no es sólo que la existencia no quepa en los libros, sino que los libros no tienen cabida en la existencia. Ésta, y no otra, es la razón de ser de la escritura literaria o de la literatura escrita: que la vida nos sabe a tan poco, es tan corta, chica y real, que necesitamos imaginar historietas de tinta, personajes de papel y universos de palabras. Requerimos, por decirlo estilísticamente, de cuentos. Cuentos que tienen tanta autenticidad como las autenticidades tienen de cuento. El cuento, así es, es vida. Y la vida, al revés, es cuento.

Estén los libros más allá de la experiencia vital y la experiencia vital más acá de los libros o a la inversa, aquéllos más acá y aquélla más allá, lo cierto es que hay libros –siempre más que escribientes– como para hacer desde la Tierra una escalera a Marte. Peldaño a peldaño tenemos: el libro de la vida, el libro sagrado, el libro canónico, el libro moral, el libro de mano, el libro de cabecera, el libro de bolsillo, el libro de cuentas, el libro talonario, el libro de caja, el libro de acuerdos, el libro blanco, el libro verde y el libro rojo, el libro de familia, el libro de escolaridad, el libro de memoria, el libro diario, el libro de cocina, el libro de coro, el libro de oro, el libro de música, el libro de texto y hasta el libro maestro. Libros, como ven, para dar y leer. Hay incluso libros adorno. Ya saben, de los que no hacen otra cosa que coger polvo en la estantería y cuando se desempolvan aparecen hasta polillas o el rastro de las mismas en las carcomidas hojas. Y es que los libros son multifuncionales. Antaño se utilizaban para castigar a los educandos que, arrodillados y con los brazos extendidos, debían mantenerlos en vilo con las palmas de la mano, cuando no eran empleados para hacer una hoguera de llamaradas totalitarias. Hogaño se pueden ver de sujetapapeles, tal matamoscas, cual taburete al apilar unos cuantos, ahuecados para albergar, al parecer, mayores tesoros que las letras, etc. Los libros, salta a la vista, tienen un sinfín de usos. Tantos como para ahorcar o colgar los libros, cantar a libro abierto o hablar como un libro.

Detrás de cada libro hay siempre, por lo menos, un escritor, y las más de las veces, una editorial y una librería. Las más de las veces porque gracias a las nuevas tecnologías es posible la autopublicación de libros digitales y su distribución a través de la red. Éste es uno de los mayores cambios que ha tenido lugar en el contexto de la escritura desde la invención de la imprenta por Johann Gutenberg entorno al 1450. Cambio que permite hablar de escritores “ecológicos”, para los cuales el texto virtual sustituye al papel obtenido de la tala de árboles. Sus hojas, valga la poética, no deshojan. O de otro modo, son redactores que, teniendo madera de escritor, no deforestan.

No es de los escritores anteriores ni de su compromiso con la naturaleza, sin embargo, de lo que el autor de este escrito quería tratar en estas líneas. Pretendía más bien, antes de irse por las ramas, contraponer a los escritores reconocidos los desconocidos. Frente a aquéllos que llegan a tener entre las manos su obra impresa, frente a quienes la ven en los escaparates de las librerías y en los estantes de las bibliotecas, frente a los afortunados que cuentan con miles y miles de lectores anónimos, quería homenajear a aquellos otros que sólo la ojean en los cuadernos manuscritos o en un A4 recién salido de la impresora particular, aquellos que archivan sus textos en carpetas de las antiguas –las de tapas de cartón–, o en las más modernas e informatizadas, aquéllos, en fin, que cuentan sus lectores con los dedos de la mano y que son de sí mismos sus mejores lectores. Para todos ellos y ellas el mayor de los abrazos. ¡Ánimo y que corra la tinta!

En este último grupo, no obstante, hay un escritor, o escritora que lo mismo da, especial. Me refiero a los escritores nacionalistas vascos. Escritores que, aun a sabiendas de que lo políticamente correcto es que no sean premiados con un Planeta, un Cervantes o un Nadal, escriben hasta el punto final. Escritores que, lo merezcan o no, está escrito de antemano que no figuren en la lista de galardonados. Escritores sin premio y escritores con castigo. Con la pena y condena que implica el atreverse a cuestionar el Estado español, la monarquía borbónica, a Dios o la religión descristianizada, al Ejército de plomo, al capital pecante o a los medios de comunicación banderizados. Poderes que, confabulados, arremeten contra quien osa desafiar su imperio de pega. A estos escritores, que por seguridad personal escriben de su puño y letra pero con seudónimo, o que verán su trabajo publicado cuando reposen allá en la ultratumba, a todos, a todas, ¡Gora Euzkadi Askatuta!

sábado, 15 de diciembre de 2007

De Iberia a Estrasburgo pasando por América

Paradojas de la vida, no suele ser quien habla quién más calla sino quien calla quién más habla. Así es, grandes parlanchines no son los mayores encubridores, grandes encubridores son los mayores parlanchines. No crean, sin embargo, que me estoy refiriendo al presidente de Venezuela, Hugo Chávez, y al Rey de España, don Juan Carlos I. ¡Ja! ¡Qué va! No me refiero, no, al hecho de que en la Cumbre Iberoamericana el monárquico mandara callar –ultraeducado para unos y descortés y antiestéticamente para otros– al republicano, sino al hecho de que a diario, a la vista está, ocurra que el encubridor, el que debiere quedarse callado, mande callar al parlanchín, al que no debiere encubrir. Esto, que es lo que sucede, no debería suceder. Porque no es quien tiene qué decir quién ha de quedarse callado, sino quien tiene qué callar quién ha de quedarse sin decir ni pío.

Entre las muchas cosas que no nos cuentan, aunque estén todos los días contándonos cuentos españoles, es que en la Cumbre Iberoamericana –que no sólo por la cantidad sino por la calidad de los países participantes de uno y otro lado del Atlántico más adecuado sería llamarla cumbre Américo-ibérica– el único Estado monárquico, el único Reino, es el español. Ni Argentina ni Bolivia ni Brasil ni Chile ni Colombia ni Costa Rica ni Cuba ni Ecuador ni El Salvador ni Guatemala ni Honduras ni México ni Nicaragua ni Panamá ni Perú ni Paraguay ni Portugal ni la República Dominicana ni Uruguay ni Venezuela ni Andorra (esta última es un Principado parlamentario) son monarquías, sino repúblicas, ya democráticas, ya federales, ya constitucionales, pero repúblicas de abajo arriba. La única monarquía, vestigio de pasados imperiales, es la española. ¡Como para ir dando lecciones de educación democrática por el Nuevo Mundo! Aquéllas repúblicas, que mira tú por dónde todas –excepto Brasil que se independizó de Portugal, la República Dominicana que de Haití, Uruguay que de Brasil, y Andorra que de los españoles y francos– se independizaron de la España imperial, poco tienen que aprender de la antigua metrópoli. Más bien es al revés. Porque no son las repúblicas las que deben imitar a las monarquías, sino las monarquías a las repúblicas. ¡Lo contrario es hacer el indio, que es, seamos justos, 1492 veces mejor que hacer el conquistador! ¡Vaya uno con la espada del Cid o vaya con la Cruz de Santiago!

La cruz, lo que se dice la cruz, o mejor la equis, es la que le ha caído al grupo de sabios de la UE con el nombramiento –que es tan buena noticia para el Estado español como indecorosa para la nación vasca– del ex presidente del gobierno Felipe González. Y es que por mucho que se le cante la gala a Felipe, en España, en Europa o en donde sea, lo que habría que darle es la nota de los GAL. De lo contrario, van dar pie a que se piense que son un grupo de sabios que se hacen los ignorantes, aunque, todo hay que decirlo, ya hay quien piensa que son un grupo de ignorantes que se hacen los sabios. Sean unos sabios o sean unos sabiondos, esta camarilla va a ser la encargada de reflexionar sobre la Europa de 2020-2030. ¡Y es que quién mejor para mirar al futuro que quienes no quieren ver el pasado!

En este teatro europeo, la obra que mayor expectación político-mediática ha levantado es la que se va a representar en el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo. En el escenario estrasburgués los farsantes capitales del Estado Español y los representantes de la izquierda abertzale se juegan, aquéllos, más el abucheo que las palmas, y éstos, más el aplauso que la censura. El guión, aunque probablemente ya esté escrito de antemano, que haya ido a parar a la Corte europea es como para que a los estadistas españoles se les caiga la máscara de vergüenza. Y es que a pesar de que el alto tribunal no de la razón a los demandantes nacionalistas –que han presentado un recurso contra la sentencia que ilegalizó a Herri Batasuna, a Batasuna y a Herritarren Zerrenda, por entender que con la misma se vulneran, entre otros, los derechos de libertad de expresión, asociación y reunión–, que haya fundamento jurídico para aceptar lo recurrido –que lo hay político cuando el nacionalismo vasco en su conjunto y la mayoría de la sociedad vasca están en contra de ilegalizar partidos no admite segundos juicios– es de juzgado de guardia. Veremos de qué parte se pronuncian los magistrados encargados de velar por los derechos humanos, pero hay casos que para analizarlos imparcialmente y con justedad necesitarían de un jurado compuesto por personas independientes. En tanto que, no nos pongamos la venda de los “balanceros” decantados, la ley es la del más fuerte, la justicia es de los débiles.

jueves, 13 de diciembre de 2007

¡Objeta, Sujeto, objeta!

Uno de los hechos que más llama la atención, tras la elección Iñigo Urkullu como nuevo presidente del EAJ-PNV, es su desacuerdo con el pensamiento de su antecesor en un aspecto fundamental para la política vasca en particular y española en general. Desacuerdo que, bien sea compartido por el conjunto del partido bien una opción personal de su presidencia, tiene que ver con la paz y la normalización política. Dicho brevemente, si para Josu Jon Imaz primero era aquélla y luego ésta, para Iñigo Urkullu ni la paz antecede a la normalización ni la normalización a la paz: ambas, pacificación y normalización, si no guardan una relación de causa-efecto, están de algún modo interrelacionadas. Sea como sea, no conviene olvidar que, a pesar de que son categorías representativas de dos planos desiguales de la realidad, políticamente deben ser tratadas con igualdad. Es decir, aunque la paz no es la normalización política ni a la inversa, sino algo más, la clase política ha de abordarlas con el mismo ímpetu. De modo que la incapacidad para lograr una no debe entrañar el desentendimiento para alcanzar la otra. Es más, solucionar cualquiera de ellas facilitaría la solución entera. Precisamente por su categorización de independencia dependiente o de dependencia independiente. Independencia que al mantener cierta dependencia, o a la inversa, favorecería si no la resolución sincrónica de ambas, sí la diacrónica. Metafóricamente, destensar por un cabo la cuerda sería de gran ayuda para que se destensara por el otro.

Insinuado que se priorice la búsqueda de la paz o de la normalización política el encuentro de una puede traer aparejado el de la otra, y que no es de recibo buscar una sin querer encontrar la otra ni encontrar una sin querer buscar la otra, para Urkullu, lo decía en su primer discurso presidencial: “La paz de todos tiene como premisa y condición la ausencia del miedo, y, como consecuencia y premio, la derrota del terror y la normalidad democrática”. Lo dudo, porque si así fuere, entraría en contradicción consigo mismo, pues la causa de la paz tendría como efecto la normalización política, sería su antecedente. Lo cierto es que la paz y la normalización política comparten la misma premisa: la ausencia de violencia, provenga ésta de ETA o sea su calificativo estatal. Violencia de ETA que niega el primero de los derechos individuales: el derecho a la vida de las personas. Violencia de Estado que rechaza el principal derecho colectivo: el derecho a la existencia de los pueblos. A una existencia libre en que puedan decidir por sí mismos. Ausencia de métodos violentos, pues, es la premisa que tiene que verse premiada con el armisticio y la democracia popular. O la inversa, si es que ello es posible.

Añadía Iñigo Urkullu que: “La paz es un asunto vital para el pueblo vasco”. Tanto como lo es la naturalización política. Las dos, por el sufrimiento que está provocando su ausencia, son necesarias para una convivencia pacífica y democrática en Euzkadi. Más aún, porque el pueblo vasco es un asunto vital para la paz y para la normalización de la vida pública. Este pueblo, el vasco, se ha de implicar activamente en la consecución de principios irrenunciables en sus señas de identidad: el pacifismo y la democracia. No es suficiente la voluntad de los vascos y vascas, es necesaria su participación para el logro de tan preclaras aspiraciones. Más allá de su esperanza, se requiere su determinación. O mejor aún, su esperanza determinada y su determinación esperanzada. En dos palabras: su dilección y su intervención. Ya lo decía Urkullu: “El futuro nos pide compromiso”. Y el compromiso, añado, nos pide futuro. En tanto que el compromiso de hoy lo es con vistas a un mañana que no sea como el ayer.

Esta misma idea de cooperación, de aportación personal para el logro de unos bienes comunes es la que Urkullu, a mi modesto entender, quería enfatizar con el título de su primer discurso como presidente del EBB: “Podemos soñar si permanecemos despiertos”. O de otro modo, si nos mantenemos en vela, no nos van a desvelar. Pero, ojo, porque más allá del no tener los ojos cerrados, más allá de tenerlos abiertos de par en par, hay que estar en el ajo, hay que levantarse, ponerse en pie y provocar el levantamiento del resto. Sin interrumpir el sueño, ni el propio ni el ajeno. Porque podemos despertarnos si permanecemos soñando. El sueño, así es, es la teoría, estar despiertos, la práctica.

Uno de los aspectos más débiles del discurso de Urkullu fue y es el referido al derecho a decidir. Según el presidente nacionalista: “Estamos decidiendo y queremos seguir haciéndolo. Cuando los vascos de los tres Territorios de la Comunidad Autónoma del País Vasco nos abstuvimos mayoritariamente en el referéndum constitucional, cuando refrendamos el Estatuto de Gernika, cuando se sometió a votación la incorporación a la OTAN, cuando ratificamos el Tratado de la Unión Europea, cuando elección tras elección hemos conformado Ayuntamientos, Diputaciones, Gobierno Vasco, elegido parlamentarios… hemos decidido, pero también hemos de denunciar que no todos los vascos y vascas han podido decidir como es el caso de los navarros y navarras en cuestiones básicas como la Ley del Amejoramiento del Fuero Navarro por no referirnos a la imposibilidad, hasta la fecha, que los vascos y vascas de Iparralde sufren de un pronunciamiento institucional”. Este derecho a decidir, este estamos decidiendo –lo siento si alguien se molesta– más que nacionalista, es socialista. Es un decidir que no tiene nada que ver con el derecho a decidir que defiende Ibarretxe, por ejemplo. Nada que ver porque si estamos decidiendo el presente, por qué se nos impide decidir el futuro. Este derecho a decidir, ya lo he comentado en alguna otra ocasión, es decidir el poder no es el poder decidir. Es más, de qué nos ha servido estar decidiendo si nuestra abstención y el rechazo vasco al texto constitucional no se tienen en cuenta, de qué nos ha servido aprobar un Estatuto que luego otros deciden qué competencias se pueden transferir y cuáles no, de qué nos ha servido a los vascos y vascas decir no a la OTAN, si luego formamos parte de esta Organización, de qué nos ha servido afirmar una Europa de los Estados que en el fondo negamos al desear una Europa de los pueblos, de qué nos ha servido tomar parte en las Instituciones vascas cuando no sólo hay a quienes se les niega participar en las mismas sino que muchas de las reformas que se aprueban en ellas no se pueden llevar a la práctica. ¿De qué? ¿Estamos decidiendo o están decidiendo por nosotros?

Este derecho a decidir, según Urkullu: “es, una vez más, un derecho restringido y autolimitado. No se trata del Derecho a la secesión sino al modo y manera en que se establece la relación entre Euzkadi, y de Euzkadi con España y Europa dentro del Estado español y Europa”. ¡Para nada! El derecho a decidir no tiene más restricción que la voluntad del pueblo. No es una restricción a priori como pueden serlo los límites constitucionales, es la restricción que el sujeto político establece al expresarse. O lo que es igual, el derecho a decidir no es un derecho autolimitado más que por el pueblo mismo. Ahora bien, como las limitaciones legales no son las populares, el derecho puede estar, contra nuestra voluntad, limitado por la legalidad, pero autolimitado sólo puede estarlo por nuestra voluntad o por la legitimidad. Y como nuestra voluntad no ha sido consultada, no se puede afirmar a priori que nuestro derecho a decidir sea un derecho autolimitado. Podrá serlo limitado, pero un derecho limitado, más que un derecho, es una obligación.

Este derecho a decidir que defiende Urkullu, que no trata del derecho a la secesión, más que una decisión del pueblo vasco, es una indecisión del mismo. Una indecisión en tanto que falta la decisión, falta porque aunque decidamos separarnos debemos estar unidos. Es decir, no hay derecho a la secesión, hay obligación de unidad. Obligación de unidad que entraña renunciar a nuestros poderes constituyentes para asumir unos poderes delegados, unas competencias. Luego no es tanto el poder establecer la relación con el Estado español y la Unión Europea como el asumida la relación obligatoria disponer de más o menos facultades legislativas, ejecutivas y judiciales. Y esto, desde luego, se podrá llamar autonomía, pero jamás soberanía. Porque no es derecho a decidir lo que queramos, sino derecho a lo decidido por otros.

“Queremos el derecho a decidir desde un sujeto político vasco reconocido. Un sujeto político, y dirijo este mensaje al Presidente Rodríguez Zapatero, un sujeto político vasco que entendemos tiene cabida en la interpretación leal de la Disposición Adicional de la Constitución. No queremos decidir para dividir sino para sumar (…)”: decía Urkullu. Puede ser que se quiera un sujeto político vasco reconocido, pero puede ser también que se quiera reconocido el derecho a decidir. Porque el problema no es tanto el no reconocimiento de ese Pueblo vasco o Euskal Herria, como el no reconocimiento de su derecho a decidir. En la Constitución española se reconoce un sujeto político vasco autónomo, pero se niega un sujeto político vasco autodeterminista o soberano. Aquél, el autónomo, no es sólo que tenga cabida en la Carta Magna, sino que es sujeto político por ella; el otro, el autodeterminista, ni cabe en ni lo es por aquélla. Más claro, los derechos históricos de los territorios forales lo son de un sujeto soberano o cosoberano tras el pacto con la corona, mientras que los derechos históricos que la disposición adicional primera de la Constitución dice amparar y respetar lo son de un sujeto in-soberano o, si se prefiere, de un objeto político, no de un sujeto. En conclusión, que
si un sujeto político se puede convertir en objeto, por qué un objeto político no se puede convertir en sujeto.

lunes, 10 de diciembre de 2007

ETB

En el mundo del siglo XXI, tan sometido al poderío de lo visual, cada vez vemos más cosas, cada vez miramos menos. Nuestros ojos, adoctrinados por las imágenes transmitidas y retransmitidas a través de la pequeña pantalla, no sólo adquieren una tele-visión, una visión distanciada y mediática de los hechos reales, sino que pierden la mirada. Como órganos oculares sin mirador más que tal mirador sin órganos oculares. A lo que se ve, no estamos ciegos, pero somos cegados sin contemplaciones. Tanto, que nos quieren televidentes que se comen la parrilla con los ojos. Televidentes que ojeen el menú de programación y disfruten degustando algún producto a la sazón o enlatado. O a la carta, que ahora, ilusos, también los hay a la carta. Cualquier cosa para que no cambiemos de cadena. Cualquiera para que si lo hacemos caigamos en otra cadena. ¡Para qué tantas cadenas! ¡Cadenas, cadenas y más cadenas! ¡Y antenas y satélites y mandos a distancia! Ya por no echar no te echan ni un cable, lo que toca es la fibra óptica y la televisión ultraplana. Ultraplana y digital, que lo analógico como que va contra la lógica de los tiempos. Y con muchas pulgadas, cuántas más, mejor. Para ver a todo color y más grande la película que nos van a contar. El peliculón que como haya muchos anuncios se queda al final sin los créditos. Pero ¿quién tiene interés en los créditos? ¿Acaso perdemos con los créditos? ¡Ah, que hay que ir a publicidad, Control, a publicidad que es lo que da dinerico! Esto es lo capital: un buen montaje y al talego.
- ¿Pero no era la que echaban sin cortes y en versión original?
- ¿Sin cortes? ¿En, di, versión qué? Pero que esto es la televisión, chaval. ¡Cuántos telediarios te has perdido! ¡Aquí te la meten doblada! ¡Doblada al español! ¡O con subtítulos! ¡Para que mientras lees no veas y mientras ves no leas! ¡La de hoy, además, era de cine mudo! ¡Qué! ¿Te has quedado sin habla?
- ¿Pero no era la caja tonta?
- ¿Tonta? Y un huevo, ni tontilla, fíjate como será que la sobremesa y todo te la tragas con patatas. Hasta para que no te atragantes con las uvas te tienen que tocar las campanas. Eso, después de haber visto a tres o cuatro Jesucristos, la misa de los domingos, al Rey viejo con su discurso de año nuevo y a toda la tropa, el día de la hispanidad, en el desfile militar.
- ¡Corcholis! ¿No me dirás que está la España oficial en la telebasura? Por que no estará la España basura en la tele oficial ¿no? ¿Ambas cosas? ¿Se hacen los tontos para salir en la caja lista? ¿Los listos para salir en la tonta? ¿Qué me dices?
- No olvides que el mismo sucesor de Franco, el rey don Juan Carlos I, decía haber pasado años bajo el franquismo, son palabras suyas: “haciéndome el tonto en este país”.
- ¡Joder con el tonto! Este de tonto no tiene un pelo. Si ya me parecía a mí que era un listo. Llego a saber y yo también me hago el tonto para hacerme el rey. Porque al contrario, desde luego, se lo dejo a otros.
- Listo no, el más listo entre los listos. Además da igual que lo seas o que te lo hagas, si eres Rey, puedes estar como Juana la loca que lo de Rey no te lo quita ni Dios. A menos que…
- ¿Que con el Rey de España se hiciera como en Inglaterra y Francia con Carlos I y Luis XVI?
- Oye, tú más que un televidente vas a resultar un vidente, un visionario que mastica lo visionado para ver más allá del subjetivismo del teleobjetivo.
- Yo lo que estoy es harto de ver imágenes y de no imaginar. Harto de tener las pupilas amaestradas al golpe de vista y de tomar luceros televisuales por préstamo. Harto de creer todo lo que veo y de no ver todo lo que creo. Harto de las noticias bomba y harto de las noticias que no anotician. Harto de la Primera, de la Segunda, de Antena 3, de Cuatro, de Telecinco, de la Sexta y demás cadenas.
- Pues ya sabes, pon la Euskal.
- ¿Telebista?
- Sí.
-
Eso haré, poner la autonómica que es la única que quiere ser independiente.

domingo, 9 de diciembre de 2007

Los francos y los franquistas

En la escritura, al igual que en otras muchas facetas de la vida, hay quien escribe y llega a una conclusión, y quien llega a una conclusión y escribe. Aquéllos, al no partir de una predeterminación, gozan de libertad. Los otros, al no gozar de ésta, parten de aquélla. Ejemplo de esto último, de quien escribe preso de sus prejuicios, de quien esclaviza la libertina escritura por sus apriorismos, es el artículo titulado “Estrategia integrada contra ETA” que en su sección de opinión publica hoy El Correo Español. Su autor, Andrés Gómez Montero, al no llegar a la tesis tras haber pasado por la hipótesis, le guste o no, no tiene otra cosa que darnos ésta creyendo que nos da aquélla. Lo suyo no es una tesis sino una pretesis. Dice Andrés: “Ha habido momentos a lo largo de nuestra democracia en donde la estrategia ha sido contactar con ETA y entablar conversaciones para encontrar una vía de desmantelamiento. En todas esas ocasiones de diálogo, ETA ha salido reforzada. Otra estrategia ha sido aplicar toda la presión del Estado sobre las distintas dimensiones que configuran a ETA, desde sus comandos asesinos pasando por sus siglas políticas, siguiendo por las empresas pantalla, sus finanzas o su comunicación. De esta estrategia, ETA habitualmente ha salido más o menos debilitada dependiendo de las coyunturas en cada uno de sus períodos históricos. En resumen, la estrategia de diálogo siempre ha fracasado y la estrategia de represión todavía no ha obtenido todos los frutos potenciales que podría conseguir.” Podía haber empezado por el resumen, que en el fondo es lo que ha hecho, y nos hubiéramos ahorrado el enunciaduelo. Además, es tal la endeblez argumentativa de Montero –dialogar les hace fuertes, la represión les debilita– que sólo con darle la vuelta al argumento –dialogar les debilita, la represión les hace fuertes– el desmonte o desmontaje del mismo viene por sí sólo. O lo que es igual, Montero, la estrategia de represión siempre ha fracasado y la estrategia de diálogo todavía no ha obtenido todos los frutos potenciales que podría conseguir. No los ha obtenido porque las conversaciones de Argel, de Zurich y de la enigmática “ciudad europea” que decía el documento “Proceso de Negociación” de Gara, a más de un diálogo de sordos, lo han realizado sordos de diálogo: quienes querían sólo la paz (el Gobierno español) y quienes querían sólo la autodeterminación y la territorialidad y luego, pero sólo luego, la paz (ETA). Vamos, que más que un diálogo entre dos han sido, entre el de uno y el de los otros, dos monólogos. ¡De comedia!

Andrés Gómez Montero empezaba el párrafo citado tal que así: “La política antiterrorista ha de estar basada en el desmantelamiento de ETA”. Se equivoca. Desmantelar la organización armada, desarticular sus comandos, infraestructuras, etc., es una tarea jurídico-policial. La política tiene que ir más allá, debe erradicar no a ETA, sino las causas que llevan a que una minúscula parte de la ciudadanía vasca practique el activismo armado. Hacer lo contrario no es sino que el político se ponga el uniforme de policía y la toga del juez, y que el policía y el juez suban a la tribuna política. Como de hecho así ocurre en el Estado español, la política antiterrorista más que de políticos, parece obra de mandos policiales y del poder judicial. Por este motivo, Andrés, el desmantelamiento antiterrorista de ETA ha de estar basado en la política.

Contra esta ETA que ha actuado disparando hasta la muerte a dos Guardias civiles en el Estado francés, éste, que ya antes abandonara su política de ofrecer el estatuto de refugiado político a algunos, que no a todos, de los miembros de la organización armada, parece dispuesto a operar hasta las últimas consecuencias. Así lo va a hacer tras verle las orejas a la bestia en Capbretón o tras creerse al pie de la letra lo que metafóricamente escribía Florencio Dominguez en El Correo Español: “De momento ya sabemos que cuando se tira del cabo de una cereza del norte aparecen enganchadas otras cerezas del sur”. Se ha convencido de esto o de que de cuando se tira del cabo de una cereza del sur aparecen enganchadas otras cerezas del norte. El mismo presidente galo y gaullista, Nicolás Sarkozy, lo dejaba claro ayer desde la capital lusa: “Los enemigos de la democracia española son los enemigos de Francia”. Pasando por alto lo de la democracia y por bajo que ETA ha podido decidir atentar más duramente en el Estado franco que en el “franquista” porque no tiene en el primero el coste político para la izquierda abertzale que tiene en el segundo, lo que debería pensar Sarkozy es si los enemigos de la democracia francesa son los enemigos de España, no vaya a ser que cuando el Estado españolista lo pasa mal pida la ayuda francesa y cuando el necesitado de ayuda sea el Estado jacobino España se haga la sueca.

En lo pasado por alto hace un momento, en la democracia, se encuentra la solución al conflicto político-militar. Gaspar Llamazares, el mismo que voto no al proyecto de Reforma política del Estatuto de autonomía vasco, lo decía tras el asesinato de Raúl Centeno y Fernando Trapero en Capbretón: “La única lógica que acabará con el terrorismo es la lógica de la democracia, no la de los excesos ni la de los atajos”. Y añadía que hay que “dar respuestas políticas” al terrorismo. Completamente de acuerdo. Lástima que los comunistas no tengan el poder de los socialistas o a la inversa. Pero ojo, porque lo contrario no es verdadero. No es verdad que la única lógica que acabará con la democracia es la lógica del terrorismo. La democracia se la están cargando, además, los autoproclamados demócratas: la derecha que sueña con Franco y se despierta acaudillada, la izquierda que se despierta republicana y se acuesta monarquizada, la judicatura que se sabe el derecho de pe a pa y se olvida de la justicia, los medios de comunicación que gastan tinta con mentiras y se dejan la verdad en el tintero, la iglesia que cree que estamos en la Edad Media cuando estamos diciendo adiós a la contemporánea, etc., etc., etc.

La verdad es que con estas actitudes tan farisaicas ante ETA se puede hasta dudar de que realmente quieran derrotarla. Porque que en el propio ABC, que demonizan día tras día al presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, por haber intentado tibiamente dialogar, se escriban cosas como la siguiente clama al celestillo. Ponía por escrito Ignacio Camacho: “Zapatero no va a ganar (las elecciones generales) si deja que ETA presente una candidatura. Y aunque sólo fuera por eso, más vale que vaya dando ya los pasos para evitarlo. Hasta para ponerse de rodillas es menester haber estado antes de pie en algún momento”. ¡Pero si están deseando que Zapatero se vaya al garete! Para ellos es un traidor a la Patria española que tiene que ir al Valle de los Caídos, arrodillarse y pedir perdón por tener la osadía de hacer lo mismo que Aznar. ¡No cambiarán jamás! ¡Nosotros, los vascos y vascas, tampoco hasta que alcancemos la libertad! Precisamente porque
sabemos de sobra que hasta para ponerse de pie es menester haber estado antes de rodillas en algún momento.

sábado, 8 de diciembre de 2007

Partido apartidista

En el primer discurso tras su investidura como presidente del EAJ-PNV, Iñigo Urkullu manifestaba cuál es el mayor tesoro de esta organización política: “la opinión y crítica libremente expresada de las mujeres y hombres que conforman el Partido. Democracia interna, libertad de pensamiento y lealtad en los acuerdos y en las decisiones tomadas entre todos”. Aspectos, todos ellos, que, junto al diálogo, la no violencia, el pacto y la democracia externa, deberían escribirse no con tinta simpática sino comunicativa en el contrato sociopolítico de toda comunidad.

La opinión y la crítica –en esto, entiéndase, soy más “presidencialista” que el presidente– es indispensable en toda Organización política. Opinión que no tiene porqué ser crítica y crítica que no tiene porqué ser opinión. Vamos, que hay opiniones acríticas como críticas, y críticas “inopinables” cual opinables. Más tengan el adjetivo que tengan, la opinión y la crítica son sustantivas en sí mismas: son un bien no sólo a resguardar sino a soportar y provocar. Porque los partidos no dejan de existir por opinantes o criticismos, sino que empiezan a agonizar cuando las voces se quedan sin voz y cuando los “sin voz” se quedan sin voces. O de otro modo, en el momento en que la opinión es que no haya opiniones y la censura se censura las formaciones políticas inician su decadencia.

A pesar de lo apuntado, se ha de tener en consideración que tan cierto como que hay opiniones verdaderas y falsas es que hay criticas justas e injustas. Hecho que obliga a analizar la franqueza de las opiniones y la justicia de las críticas. Es entonces, y sólo entonces, cuando corresponde criticar justamente la opinión falsa y opinar verdaderamente ante la crítica injusta. Opinar verdaderamente que equivale a criticar con razón la sinrazón de la crítica. Luego opinión y crítica sí, pero con los límites que establecen la sinceridad y la equidad.

Seguramente, no faltará quien estime que, en política, categorías tales la autenticidad y la imparcialidad se vuelven relativas ante el absolutismo del partido. ¡Yerra quien así lo crea! ¡Yerra! Porque el partido es siempre una herramienta. En el caso del EAJ-PNV, un instrumento para la Nación Vasca y no a la inversa. Circunstancia ésta, la de ser el partido no para sí, sino para la Patria, que lo convierte en relativo. En otras palabras, al no estar el bien supremo del partido en sí mismo, sino fuera de sí, lo absoluto se encuentra en su exterior y lo relativo en su seno. Razón por la cual son la verdad y la justicia quienes deben predominar sobre el partido y no a la inversa. El medio, créanlo, no puede ser un fin ni el fin un medio. O más claro, lo absoluto no se somete a lo relativo, sino lo relativo a lo absoluto. Por ello, ante intentos de absolutizar lo relativo o relativizar lo absoluto hay que rebelarse, sea lo que se pretenda absolutizar una persona, un partido, una patria o un estado. Las absolutizaciones, para ser legítimas, o lo son democráticamente o son relatividades.

Pensar de otra manera, estar convencido de que el partido es algo así como el Ser Supremo no sólo es incorrecto, sino que tal convención lleva al partidismo. A anteponer los intereses partidarios a los generales. A posponer, en suma, el todo a la parte. No es sencillo, por supuesto que no, definir qué es todo y qué es parte, pero, en este caso, la propia naturaleza del partido, la misma palabra, lo deja claro. Realidad distinta es que, en no pocas ocasiones, se nos quiera hacer pasar so la parte la totalidad y so la totalidad la parte. Aquí también, no queda otra que opinar a la contra, criticar y luchar porque la verdad reluzca y la justicia titile.

jueves, 6 de diciembre de 2007

Relevista

Cuando se produce un relevo en la alta dirección de un partido político, normalmente la mayor preocupación que se le presenta a la afiliación y simpatizantes del mismo tiene que ver con las dudas en torno a si se habrá elegido a la persona adecuada para el desempeño de tan alta responsabilidad o si, por el contrario, no se habrá cometido un error de consecuencias fatales. En el caso del partido de ámbito vasco con mayores responsabilidades de gobierno, del EAJ-PNV, que recientemente acaba de culminar el proceso de elección de su nuevo presidente al designar a Iñigo Urkullu en sustitución de Josu Jon Imaz, los temores se acrecientan. En tanto que esta organización política, con vocación de convertirse en el eje central de la sociedad vasca, es mucho lo que se juega en semejantes decisiones. Tan es así, que ya hay quienes se están preguntando si el antecesor dejará pequeño al sucesor o si no será éste quien aquello a aquél. Hay incluso: una minoría que opina que el grande hará pequeño al mediano; otra que por llevar la contraria afirma que será al revés; una tercera piensa que el mediano hará grande al pequeño; la cuarta que a la inversa; la quinta que el pequeño hará mediano al grande; y la última es del parecer contrario a este último. Más aún, porque por haber hay hasta quienes vaticinan que serán iguales, ya consista su igualdad en grandeza, medianía o pequeñez.

Independientemente de que sea prematuro aventurarse en semejantes augurios, lo que es evidente es que la generosidad del presidente saliente, al decantarse por el autorretiro de la política para asentar y apuntalar la unidad del Partido Nacionalista Vasco, es digna de encomio y a la vez ejemplo de sacrificio personal para todo amante de la política de verdad. Vaya pues, en primer lugar, el franco ensalzamiento. Dicho lo cual, lo que sería conveniente analizar es si con esta inmolación se ha conseguido lo que se pretendía o no. No vaya a ser que por coronar una dama haya caído el rey en jaque mate. Y es que
si se ha conseguido la unidad, nada hay que objetar. Pero en caso contrario, habrá que decirlo claramente: se ha apartado quien tenía que haber continuado, continúan quienes se tenían que haber apartado. ¡Ustedes dirán!

Que en la vida política tras una despedida hay siempre, antes o después, una bienvenida lo sabe hasta el más zoquete del parlamento. Más no siempre el más espabilado cae en la cuenta de que hay despedidas con sabor a bienvenida y bienvenidas con regusto a despedida. Vamos, que hay quien se marcha para reaparecer y quien aparece para marcharse. Aquél podría ser el caso, salvando las distancias y con matices, de… Felipe V, éste el de…Luis I. ¿Que cuál es el de Imaz? Pues, aunque haya desalojado la quinta planta de Sabin Etxea, parece que está más cerca del Quinto que del Primero. Parece porque aún no había partido y ya había quienes, tal Azkuna, Anasagasti, etc., estaban esperándole con los brazos abiertos en la casa del maestro. ¿El de Urkullu? Quién sabe, más como todavía no ha “abdicado” ni hecho votos de no retornar con la boca pequeña, desde luego, no puede ser el del primer Borbón. ¡Dentro de cuatro años, si el Eterno quiere, la Asamblea nacional del EAJ-PNV será quién nos saque de dudas!

Mucho tiene llover hasta entonces y buenas caladas se anuncian, más desde la despedida del ex presidente nacionalista la gota que está llenando muchas cabezas es la de que hay que saber estar como no estar en el partido. Imaz mismo ha asegurado, yendo más allá, que:
“Se puede estar sin mandar”. Y cierto es, más como también se puede mandar sin estar, tal vez no lo sea menos que las ordenes vayan a provenir desde los Estados Unidos. Del John F. Kennedy Scholl of Goverment, instituto dependiente de la Universidad de Harvard, para ser más exactos, al que se traslada Imaz para ejercer de profesor, dar conferencias, investigar y, a lo mejor, hasta tantear la posibilidad de que el Gobierno estadounidense medie en el conflicto político que padecemos. ¡Buena sería! ¡Que vaya hasta América a dar clases magistrales y que nos diera aquí una lección! Tomen nota, además, de que los ex presidentes del EAJ-PNV, si no mandar, deberían tener un papel como consejeros del partido. ¡Quién mejor que ellos conoce los tejemanejes y gatuperios de la política reciente! ¡Quién!

martes, 4 de diciembre de 2007

El lenguaje de la Polis

A pesar de que otros animales poseen sus propios lenguajes (sonoros, de rastros químicos, gestuales…), el de los seres humanos, el que se vale de las cuerdas vocales para emitir palabras, y de los signos para ponerlas por escrito, se ha revelado tan expresivo que es una de las causas que convierten a nuestra especie en la dominante del planeta. Gracias a esa constelación de palabras titilantes que alberga el universo del lenguaje la comunicación de la humanidad brilla con luz propia. Al cosmos del habla y de la escritura –en el que incluso asistimos a ocasos como a nacimientos de vocablos– debemos en buena medida nuestro dominio y poderío. No sólo porque nuestras transmisiones de información contengan una mayor variedad y complejidad de pensamientos y emociones, sino porque nuestro lenguaje, a más de comunicativo y creativo, es recreativo. Es útil para regenerar el idioma como para generar nuevos lenguajes.

Uno de los lenguajes más complicados, en lo que a su aprendizaje como expresión y comprensión se refiere, es, sin duda, el lenguaje de la política. Dificultad en tanto que la tarea comunicacional de los hombres y mujeres con responsabilidades públicas exige, a más de sencillez, claridad y brevedad en los mensajes, saber administrar los silencios. Y es que la lengua de la clase política más que de grandes declaraciones se compone desde mayores reservas. De aquí proviene su carácter peliagudo: de que
el político no es tanto el comunicador, que también, como el sujeto reservativo por excelencia. Lo propio del mismo no es tanto deslumbrar al auditorio como hacer mutis por el foro. Su hilaridad va acompañada de elipsis. Destaca por lo que dice, pero pasa desapercibido por lo que calla. Es un personaje público, más tiene vida privada. Plantea muchas preguntas, por respuesta da las calladas. Habla por los codos, sabe morderse la lengua. Llama la atención por su verbo, es el príncipe del disimulo. Su corte es de peroratas, su reino de ocultaciones. En fin, que si en el parlamento se ciñe la corona, su majestuosa capa vela el secreto.

Entendido entre líneas que el hombre y la mujer de Estado más que publicitar lo privado privatizan lo público, y que callan cuando hablan, y que también hablan cuando callan –pues la palabra silenciada es tan expresiva o más que la pronunciada: el silencio de la expresión conlleva la expresión del silencio–, comentaba el especialista en comunicación, Antonio Nuñez
, que: “El político que comunica bien no puede ser un charlatán”. El político, así es, habla lo justo. Ni más ni menos de lo que conviene. Razón por la cual ni puede quedarse mudo cuando tiene que alzar la voz, ni puede alzar la voz cuando tiene que quedarse mudo. El político, de otro modo, siempre no puede ser lenguaraz, siempre no puede no decir ni pío. Entre ambos términos, entre ser lenguatón y que le muerda la lengua el gato, se halla la expresión político-comunicativa. Dicho lo cual, no menos cierto es que el charlatán que comunica bien no puede ser un político. Porque la charlatanería, ese hablar insustancial, indiscreto y sobrepasado, le puede valer al vendedor ambulante para engatusar a incautos compradores, pero carece de valor en el mercado político. El charloteo tiene su peso en oro cuando hay un interés privado de por medio, no vale un duro, en cambio, si el fin es la defensa del bien común. En tanto que al pueblo más que las palabras le convencen los hechos. Razón por la cual es importantísimo no que aquéllas vayan más allá de éstos, sino que los hechos vayan más allá de las palabras. Porque son las políticas quienes justifican los discursos y no a la inversa. Al tiempo que la legitimación de las directrices públicas radica en las realizaciones.

Según este venezolano asesor en comunicación,
Antonio Nuñez: “El político que seduce es el que no niega sus emociones”. Y en parte tiene razón. En parte porque en numerosas circunstancias el político, a más de reprimir las ideas, contiene los sentimientos. En estos casos, al igual que en otros no da rienda suelta a la imaginación, domina los afectos. En tanto que si aquélla puede delatar, cuando no interesa que lo haga, lo que piensa, éstos lo que siente. Otra cosa es que la valía política de los pensamientos radique en que son persuasivos y la de las emociones en que son emotivas. Aquéllos, así es, convencen con razones, aquéllas vencen con pasiones. Unos nos llenan la cabeza de razonamientos, las otras nos dan un vuelco al latiente. Razón por la cual el político debe reconocer ante que oyentes se encuentra para dirigir mensajes más racionales que emocionales o a la inversa. No vaya a ser que emocione cuando debe persuadir o que persuada cuando debe emocionar. Su quehacer, que consiste en ganar voluntades, depende en buena medida de que sepa estimular las neuronas como tocar las fibras sensibles. Por ello con frecuencia es su razón emocional y su emoción racional: porque es tan sumamente atractiva la razón cargada de emotividades como la emotividad cargada de razones. En el fondo, la pretensión del político no es otra que lograr que la mente y el corazón de la parroquia vayan de la mano. No que una piense lo que no siente el otro o a la inversa, sino que palpiten al unísono. Porque sólo cuando se corresponden, el ánimo o la volición de las masas es inquebrantable. Éste es su objetivo: predisponer para disponer del favor popular.

Ganarse a la gente con la palabra y con el comportamiento político, aunque parezca mentira, sólo es posible con la verdad. Porque aunque parezca verdad que sólo es posible con la mentira esta ganancia dura lo que el engaño. Descubierto éste, cuando el desengaño hace acto de presencia, el político está perdido. Quizás irremediablemente porque nada es más costoso de recobrar la credibilidad. Por eso la autenticidad ha de estar presente tanto en el dicho como en el hecho de los políticos. Porque, se crea lo que se crea y aunque en ocasiones ocurra al contrario, una verdad vale más que mil mentiras. Ésta es la regla, aquello la excepción. Es más, el político de verdad tiene un fuerte convencimiento para ser claramente sincero: el que le dice que las repúblicas democráticas se asientan sobre realidades, no como las dictaduras y las monarquías que se entronan sobre… ¿Apariencias?

sábado, 1 de diciembre de 2007

Que en paz descanse

Tras conocer tanto los televisados arrestos como las desorbitadas penas que se les han impuesto a buena parte de quienes están procesados en ese fantasmagórico sumario conocido como dieciocho barra noventa y ocho –que considera a organizaciones tales “Kas-Ekin”, estructuras como “Xaki”, diarios cual Egin o fundaciones a modo de “Joxemi Zumalabe”, respectivamente, el frente político y de masas, el aparato internacional, el frente cultural y el instrumento de desobediencia civil de ETA, y a sus miembros, integrantes o colaboradores de la organización armada– no había quien no intuyese que tarde o temprano, desgraciadamente, iba a ocurrir lo que ha ocurrido en el País Vasco continental: un guardia civil fallecido y otro en estado crítico.

Una vez más esa organización, que se cree la vanguardia de la revolución socialista e independentista cuando no es la punta de lanza de nada que no sea el horror y que no va a lograr a punta de pistola el cambio político que demanda el pueblo vasco a través de la palabra, ha vuelto a cometer una acción macabra. Esta vez el qué no ha sorprendido a nadie, el dónde a casi todos. Y es que ETA no nos tenía acostumbrados, no así el GAL, a tirar a matar al otro lado de la frontera. Ya sea por no comulgar con la idea de profanar el “santuario” con la lucha armada, ya por no despertar la cólera de la laica República francesa, el caso es que actuar mortíferamente en el territorio galo –con pequeñas salvedades y descontando las escasas acciones de Iparretarrak (IK)– era tabú. Habrá que ver de ahora en adelante, aunque, vista la estrecha colaboración entre ambos Estados, tampoco se puede descartar a priori que lo extraordinario se convierta en ordinario.

Como siempre tras una acción mortal, y está bien que así sea, se han vuelto a escuchar condolencias –que hago propias– y palabras de condena y solidaridad con las víctimas, a más de las optimistas frases de que se va a derrotar a ETA y las más realistas de que los culpables acabarán entre rejas. Las hemos escuchado infinidad de veces, pero el eco que siempre queda es el de que la política de la derrota ni derrota ni trae la paz ni la normalización política. Sabemos, otra cosa es que no interese atender a los hechos históricos, que sólo por la vía policial y judicial no se va a acabar con ETA. Lo sé yo, lo sabes tú y lo sabe el de más allá. Lo sabe hasta quien defiende que debe haber vencedores y vencidos pero, por más que se insista en la idea de la solución dialogada al problema político, no hay manera de que se apeen de la ilusión de la mano dura y abracen la idea de la tregua, de la negociación política y de la consulta a la ciudadanía.

A estas alturas de la historia es claro que ni ETA va a conseguir que los Estados den el brazo a torcer ni éstos que aquélla se arrodille. Se han equivocado, se equivocan y se volverán a equivocar, los tres: los de la acción-reacción y los de la represión hasta la victoria. No obstante, si algo debe saber cualquiera con responsabilidades públicas es que toda política para ser práctica ha de establecer unos plazos, ya sean a corto, a medio o a largo, para obtener unos resultados, máxima que no se cumple con la política de la derrota. Se promete esta, mas no se fijan los tiempos que permitan evaluar la eficacia o ineficacia de la política misma. Y, seamos sinceros, lo que desde 1968, cuando menos, no ha resultado efectivo no lo va a ser ahora. Esa política in-emplazada, carente de emplazamiento alguno, será todo lo mesiánica o profética que se quiera, pero es impolítica sin duda. La política es otra cosa: es hacer un buen diagnóstico, aplicar unos remedios y si no funcionan, pensar en otros. No es, desde luego, empeñar la palabra, empeñar la palabra y empeñar la palabra en que se va a derrotar a ETA. Es palabra y es empeño, por supuesto, es prometer y comprometerse, pero si lo prometido no se cumple y sólo queda el compromiso, hay que rectificar.

Desgraciadamente hay hechos, como el de hoy, que no tienen vuelta atrás. Nada ni nadie va a devolver la vida al agente de la Guardia Civil, Raúl Centeno. Ojalá su compañero, en estado comatoso, logre salvar la suya. Hay que confiar en ello y en que está en buenas manos. Mejores, sin duda, que aquellas en las que caído los procesados en el sumario 18/98. Al hilo de este proceso judicial, familiares y personas imputadas en la causa condenaban la “estrategia de guerra del PSOE y PNV” para “destruir a Euskal Herria”. ¿De guerra? ¿El PNV? Que hay un conflicto político y que la estrategia no es lo que se dice de paz es indudable, pero ¿de guerra? ¿El PNV? Por favor. Alguien debería reflexionar profundamente en lo siguiente. Hasta hace pocos años cuando ETA mataba estaba muy extendido el “algo habrá hecho”. Hoy es al revés: cuando detienen a toda la cúpula de Batasuna, cuando se cierran periódicos y emisoras, cuando se encarcela argumentando que todo es ETA… se piensa en “algo habrán hecho”. Quizá no hayan hecho nada, pero se piensa. Esto debería dar que pensar. Debería dar que pensar qué cambios socio-políticos han acontecido para que una organización armada que en el Franquismo reunía sobre sí simpatías –y no sólo de la sociedad vasca, sino del movimiento antifranquista en su conjunto e incluso allende de las fronteras franco-españolas–, en el periodo “democrático”, en la democracia, todo lo imperfecta que se quiera, genere un rechazo total en el Estado español y mayoritario en la sociedad vasca.

Hoy, un día más, hay que insistir como hace Batasuna en que la salida negociada al conflicto político es posible, pero hoy, como ayer, como mañana y como pasado, los nacionalistas vasco-democráticos volvemos a insistir en que ETA debe abandonar la práctica de lucha armada y hacer política con mayúsculas. Porque no es la resolución del problema de naturaleza política lo que va a traer la disolución de ETA, sino a la inversa. Habrá que negociar la situación de los presos, quizás haya que habilitar una amnistía, sin duda habrá que profundizar en la democracia. Habrá quien a esto le llame rendición, habrá quien poner precio a la paz, habrá, incluso, quien diga que ésta no tiene precio, pero no olviden que el que se está cobrando un conflicto sin solución es altísimo.