martes, 18 de diciembre de 2007

Ni libretos ni librotes ni librazos ni librillos: libretas ignotas

Aunque el mundo sea un folio, un folio con demasiados borrones, si así lo quieren, dicen que la vida no cabe entre la encuadernación de un libro: los libros son un libro abierto con numerosas páginas en blanco. No obstante, otro tanto ocurre al revés. Porque no es sólo que la existencia no quepa en los libros, sino que los libros no tienen cabida en la existencia. Ésta, y no otra, es la razón de ser de la escritura literaria o de la literatura escrita: que la vida nos sabe a tan poco, es tan corta, chica y real, que necesitamos imaginar historietas de tinta, personajes de papel y universos de palabras. Requerimos, por decirlo estilísticamente, de cuentos. Cuentos que tienen tanta autenticidad como las autenticidades tienen de cuento. El cuento, así es, es vida. Y la vida, al revés, es cuento.

Estén los libros más allá de la experiencia vital y la experiencia vital más acá de los libros o a la inversa, aquéllos más acá y aquélla más allá, lo cierto es que hay libros –siempre más que escribientes– como para hacer desde la Tierra una escalera a Marte. Peldaño a peldaño tenemos: el libro de la vida, el libro sagrado, el libro canónico, el libro moral, el libro de mano, el libro de cabecera, el libro de bolsillo, el libro de cuentas, el libro talonario, el libro de caja, el libro de acuerdos, el libro blanco, el libro verde y el libro rojo, el libro de familia, el libro de escolaridad, el libro de memoria, el libro diario, el libro de cocina, el libro de coro, el libro de oro, el libro de música, el libro de texto y hasta el libro maestro. Libros, como ven, para dar y leer. Hay incluso libros adorno. Ya saben, de los que no hacen otra cosa que coger polvo en la estantería y cuando se desempolvan aparecen hasta polillas o el rastro de las mismas en las carcomidas hojas. Y es que los libros son multifuncionales. Antaño se utilizaban para castigar a los educandos que, arrodillados y con los brazos extendidos, debían mantenerlos en vilo con las palmas de la mano, cuando no eran empleados para hacer una hoguera de llamaradas totalitarias. Hogaño se pueden ver de sujetapapeles, tal matamoscas, cual taburete al apilar unos cuantos, ahuecados para albergar, al parecer, mayores tesoros que las letras, etc. Los libros, salta a la vista, tienen un sinfín de usos. Tantos como para ahorcar o colgar los libros, cantar a libro abierto o hablar como un libro.

Detrás de cada libro hay siempre, por lo menos, un escritor, y las más de las veces, una editorial y una librería. Las más de las veces porque gracias a las nuevas tecnologías es posible la autopublicación de libros digitales y su distribución a través de la red. Éste es uno de los mayores cambios que ha tenido lugar en el contexto de la escritura desde la invención de la imprenta por Johann Gutenberg entorno al 1450. Cambio que permite hablar de escritores “ecológicos”, para los cuales el texto virtual sustituye al papel obtenido de la tala de árboles. Sus hojas, valga la poética, no deshojan. O de otro modo, son redactores que, teniendo madera de escritor, no deforestan.

No es de los escritores anteriores ni de su compromiso con la naturaleza, sin embargo, de lo que el autor de este escrito quería tratar en estas líneas. Pretendía más bien, antes de irse por las ramas, contraponer a los escritores reconocidos los desconocidos. Frente a aquéllos que llegan a tener entre las manos su obra impresa, frente a quienes la ven en los escaparates de las librerías y en los estantes de las bibliotecas, frente a los afortunados que cuentan con miles y miles de lectores anónimos, quería homenajear a aquellos otros que sólo la ojean en los cuadernos manuscritos o en un A4 recién salido de la impresora particular, aquellos que archivan sus textos en carpetas de las antiguas –las de tapas de cartón–, o en las más modernas e informatizadas, aquéllos, en fin, que cuentan sus lectores con los dedos de la mano y que son de sí mismos sus mejores lectores. Para todos ellos y ellas el mayor de los abrazos. ¡Ánimo y que corra la tinta!

En este último grupo, no obstante, hay un escritor, o escritora que lo mismo da, especial. Me refiero a los escritores nacionalistas vascos. Escritores que, aun a sabiendas de que lo políticamente correcto es que no sean premiados con un Planeta, un Cervantes o un Nadal, escriben hasta el punto final. Escritores que, lo merezcan o no, está escrito de antemano que no figuren en la lista de galardonados. Escritores sin premio y escritores con castigo. Con la pena y condena que implica el atreverse a cuestionar el Estado español, la monarquía borbónica, a Dios o la religión descristianizada, al Ejército de plomo, al capital pecante o a los medios de comunicación banderizados. Poderes que, confabulados, arremeten contra quien osa desafiar su imperio de pega. A estos escritores, que por seguridad personal escriben de su puño y letra pero con seudónimo, o que verán su trabajo publicado cuando reposen allá en la ultratumba, a todos, a todas, ¡Gora Euzkadi Askatuta!

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