jueves, 13 de diciembre de 2007

¡Objeta, Sujeto, objeta!

Uno de los hechos que más llama la atención, tras la elección Iñigo Urkullu como nuevo presidente del EAJ-PNV, es su desacuerdo con el pensamiento de su antecesor en un aspecto fundamental para la política vasca en particular y española en general. Desacuerdo que, bien sea compartido por el conjunto del partido bien una opción personal de su presidencia, tiene que ver con la paz y la normalización política. Dicho brevemente, si para Josu Jon Imaz primero era aquélla y luego ésta, para Iñigo Urkullu ni la paz antecede a la normalización ni la normalización a la paz: ambas, pacificación y normalización, si no guardan una relación de causa-efecto, están de algún modo interrelacionadas. Sea como sea, no conviene olvidar que, a pesar de que son categorías representativas de dos planos desiguales de la realidad, políticamente deben ser tratadas con igualdad. Es decir, aunque la paz no es la normalización política ni a la inversa, sino algo más, la clase política ha de abordarlas con el mismo ímpetu. De modo que la incapacidad para lograr una no debe entrañar el desentendimiento para alcanzar la otra. Es más, solucionar cualquiera de ellas facilitaría la solución entera. Precisamente por su categorización de independencia dependiente o de dependencia independiente. Independencia que al mantener cierta dependencia, o a la inversa, favorecería si no la resolución sincrónica de ambas, sí la diacrónica. Metafóricamente, destensar por un cabo la cuerda sería de gran ayuda para que se destensara por el otro.

Insinuado que se priorice la búsqueda de la paz o de la normalización política el encuentro de una puede traer aparejado el de la otra, y que no es de recibo buscar una sin querer encontrar la otra ni encontrar una sin querer buscar la otra, para Urkullu, lo decía en su primer discurso presidencial: “La paz de todos tiene como premisa y condición la ausencia del miedo, y, como consecuencia y premio, la derrota del terror y la normalidad democrática”. Lo dudo, porque si así fuere, entraría en contradicción consigo mismo, pues la causa de la paz tendría como efecto la normalización política, sería su antecedente. Lo cierto es que la paz y la normalización política comparten la misma premisa: la ausencia de violencia, provenga ésta de ETA o sea su calificativo estatal. Violencia de ETA que niega el primero de los derechos individuales: el derecho a la vida de las personas. Violencia de Estado que rechaza el principal derecho colectivo: el derecho a la existencia de los pueblos. A una existencia libre en que puedan decidir por sí mismos. Ausencia de métodos violentos, pues, es la premisa que tiene que verse premiada con el armisticio y la democracia popular. O la inversa, si es que ello es posible.

Añadía Iñigo Urkullu que: “La paz es un asunto vital para el pueblo vasco”. Tanto como lo es la naturalización política. Las dos, por el sufrimiento que está provocando su ausencia, son necesarias para una convivencia pacífica y democrática en Euzkadi. Más aún, porque el pueblo vasco es un asunto vital para la paz y para la normalización de la vida pública. Este pueblo, el vasco, se ha de implicar activamente en la consecución de principios irrenunciables en sus señas de identidad: el pacifismo y la democracia. No es suficiente la voluntad de los vascos y vascas, es necesaria su participación para el logro de tan preclaras aspiraciones. Más allá de su esperanza, se requiere su determinación. O mejor aún, su esperanza determinada y su determinación esperanzada. En dos palabras: su dilección y su intervención. Ya lo decía Urkullu: “El futuro nos pide compromiso”. Y el compromiso, añado, nos pide futuro. En tanto que el compromiso de hoy lo es con vistas a un mañana que no sea como el ayer.

Esta misma idea de cooperación, de aportación personal para el logro de unos bienes comunes es la que Urkullu, a mi modesto entender, quería enfatizar con el título de su primer discurso como presidente del EBB: “Podemos soñar si permanecemos despiertos”. O de otro modo, si nos mantenemos en vela, no nos van a desvelar. Pero, ojo, porque más allá del no tener los ojos cerrados, más allá de tenerlos abiertos de par en par, hay que estar en el ajo, hay que levantarse, ponerse en pie y provocar el levantamiento del resto. Sin interrumpir el sueño, ni el propio ni el ajeno. Porque podemos despertarnos si permanecemos soñando. El sueño, así es, es la teoría, estar despiertos, la práctica.

Uno de los aspectos más débiles del discurso de Urkullu fue y es el referido al derecho a decidir. Según el presidente nacionalista: “Estamos decidiendo y queremos seguir haciéndolo. Cuando los vascos de los tres Territorios de la Comunidad Autónoma del País Vasco nos abstuvimos mayoritariamente en el referéndum constitucional, cuando refrendamos el Estatuto de Gernika, cuando se sometió a votación la incorporación a la OTAN, cuando ratificamos el Tratado de la Unión Europea, cuando elección tras elección hemos conformado Ayuntamientos, Diputaciones, Gobierno Vasco, elegido parlamentarios… hemos decidido, pero también hemos de denunciar que no todos los vascos y vascas han podido decidir como es el caso de los navarros y navarras en cuestiones básicas como la Ley del Amejoramiento del Fuero Navarro por no referirnos a la imposibilidad, hasta la fecha, que los vascos y vascas de Iparralde sufren de un pronunciamiento institucional”. Este derecho a decidir, este estamos decidiendo –lo siento si alguien se molesta– más que nacionalista, es socialista. Es un decidir que no tiene nada que ver con el derecho a decidir que defiende Ibarretxe, por ejemplo. Nada que ver porque si estamos decidiendo el presente, por qué se nos impide decidir el futuro. Este derecho a decidir, ya lo he comentado en alguna otra ocasión, es decidir el poder no es el poder decidir. Es más, de qué nos ha servido estar decidiendo si nuestra abstención y el rechazo vasco al texto constitucional no se tienen en cuenta, de qué nos ha servido aprobar un Estatuto que luego otros deciden qué competencias se pueden transferir y cuáles no, de qué nos ha servido a los vascos y vascas decir no a la OTAN, si luego formamos parte de esta Organización, de qué nos ha servido afirmar una Europa de los Estados que en el fondo negamos al desear una Europa de los pueblos, de qué nos ha servido tomar parte en las Instituciones vascas cuando no sólo hay a quienes se les niega participar en las mismas sino que muchas de las reformas que se aprueban en ellas no se pueden llevar a la práctica. ¿De qué? ¿Estamos decidiendo o están decidiendo por nosotros?

Este derecho a decidir, según Urkullu: “es, una vez más, un derecho restringido y autolimitado. No se trata del Derecho a la secesión sino al modo y manera en que se establece la relación entre Euzkadi, y de Euzkadi con España y Europa dentro del Estado español y Europa”. ¡Para nada! El derecho a decidir no tiene más restricción que la voluntad del pueblo. No es una restricción a priori como pueden serlo los límites constitucionales, es la restricción que el sujeto político establece al expresarse. O lo que es igual, el derecho a decidir no es un derecho autolimitado más que por el pueblo mismo. Ahora bien, como las limitaciones legales no son las populares, el derecho puede estar, contra nuestra voluntad, limitado por la legalidad, pero autolimitado sólo puede estarlo por nuestra voluntad o por la legitimidad. Y como nuestra voluntad no ha sido consultada, no se puede afirmar a priori que nuestro derecho a decidir sea un derecho autolimitado. Podrá serlo limitado, pero un derecho limitado, más que un derecho, es una obligación.

Este derecho a decidir que defiende Urkullu, que no trata del derecho a la secesión, más que una decisión del pueblo vasco, es una indecisión del mismo. Una indecisión en tanto que falta la decisión, falta porque aunque decidamos separarnos debemos estar unidos. Es decir, no hay derecho a la secesión, hay obligación de unidad. Obligación de unidad que entraña renunciar a nuestros poderes constituyentes para asumir unos poderes delegados, unas competencias. Luego no es tanto el poder establecer la relación con el Estado español y la Unión Europea como el asumida la relación obligatoria disponer de más o menos facultades legislativas, ejecutivas y judiciales. Y esto, desde luego, se podrá llamar autonomía, pero jamás soberanía. Porque no es derecho a decidir lo que queramos, sino derecho a lo decidido por otros.

“Queremos el derecho a decidir desde un sujeto político vasco reconocido. Un sujeto político, y dirijo este mensaje al Presidente Rodríguez Zapatero, un sujeto político vasco que entendemos tiene cabida en la interpretación leal de la Disposición Adicional de la Constitución. No queremos decidir para dividir sino para sumar (…)”: decía Urkullu. Puede ser que se quiera un sujeto político vasco reconocido, pero puede ser también que se quiera reconocido el derecho a decidir. Porque el problema no es tanto el no reconocimiento de ese Pueblo vasco o Euskal Herria, como el no reconocimiento de su derecho a decidir. En la Constitución española se reconoce un sujeto político vasco autónomo, pero se niega un sujeto político vasco autodeterminista o soberano. Aquél, el autónomo, no es sólo que tenga cabida en la Carta Magna, sino que es sujeto político por ella; el otro, el autodeterminista, ni cabe en ni lo es por aquélla. Más claro, los derechos históricos de los territorios forales lo son de un sujeto soberano o cosoberano tras el pacto con la corona, mientras que los derechos históricos que la disposición adicional primera de la Constitución dice amparar y respetar lo son de un sujeto in-soberano o, si se prefiere, de un objeto político, no de un sujeto. En conclusión, que
si un sujeto político se puede convertir en objeto, por qué un objeto político no se puede convertir en sujeto.

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