Desde tiempos remotos y naturales hasta recientes y artificiales, todo poder, originado por la fuerza bruta o reconocido popularmente, detentado o apoderado, ilegítimo o legitimado, ha tenido que afrontar circunstancias que lo desgastan o debilitan sobremanera. Y es que en toda sociedad, ya agrupada naturalmente, ya organizada forzosamente o políticamente mediante el pacto, la autoridad, de hecho o de derecho, que ejerce el poderío, quiera o no, se consume como un cigarrillo. Evidentemente, son cuantiosos y muy variados los hechos que la van desautorizando y deslegitimando. Los puros que le meten, diría, los que se fuma ella solita o los que trae el viento azaroso, obstruyen tanto sus bronquios que a sus pulmones les va faltando el aire. Es la ley de la política. Por uso, desuso o abuso, la autoridad poderosa o el poder autorizado, caladilla a caladaza, se va quemando y quemando y quemando.Como el tabaco, el poder, que es un vicio y un placer, dicen las autoridades que puede matar, pero puede “matar” a las autoridades. ¡De cáncer, enfisema y demás enfermedades, sobre todo respiratorias, fallece la autoridad! A ésta, que no termina por dejar a aquél, paradójicamente, le acontece que aquél termina por dejar a ésta. Es entonces cuando sobreviene el mono de poderío, la falta de lo que está en mi mano, ese habano entre los dedos que, llevado para aprisionarlo en los labios, se chupa y se rechupa para inhalar la dosis de nicotina y exhalar un aro de humo blanco por el que tenga que pasar todo cristo. Todo cristo diciendo amén, amén, amén.
El reino de los políticos, entre el murmuro de “¡Ay Jesús, María y José!”, masca que se queda sin coronas. En tanto que al adiós a los ducados, causante del mal sabor de boca, se va oliendo y oliendo y oliendo. Primero es la lengua sedienta, después, una tos seca, más tarde, respiración costosa, al fin, el tumor de quien peca. Y todo por ser fumador: activo, pasivo o empedernido. Activo por pitar diariamente, pasivo por, sin pito entre los carnosos rosáceos, tragarse los malos humos, empedernido por enrollar y humear más de la cuenta. ¡Buena planta de adictiva hoja, con florcitas verdeamarillosas, esta del poder susceptible de ser hostigada por virulentos parásitos y microbios y gusanotes y catástrofes de la madre naturaleza! ¡Así le ocurre al poder, al poder, al poder!
Los riesgos para los fumantes, para quienes ejercitan el mando, son tan diversos como letales para su salud:
Uno de ellos es cambiar la habitual marca de tabaco. Pasar, por ejemplo, de ser de la ultraderecha a ser de derechas, de derechas a ser del centro, del centro a ser de izquierdas y de izquierdas a ser de extrema izquierda. O a la inversa. ¡Que de todo hay en la plantación de la politiquería! Estos politicastros, más que fumar, parece que están fumados. De tener los ojos rojos agarran un blancazo del copón. El aspirante, de esta bocanada de nuevos aires, no saca partido. Todo lo contrario. Se ahoga al perder la credibilidad. Carecer de ésta en política es como tener un pitillo y no tener encendedor. O al contrario. Es como tener encendedor y no tener un pitillo, un pitillo, un pitillo.
A este transfuguismo político, a este dejar de fumar con la diestra para hacerlo con la siniestra o a este dejar de fumar con la siniestra para hacerlo con la diestra, le acompaña la mudanza de doctrina política. De defender, valga la muestra, la tiranía llegar a defender la monarquía absoluta, de la monarquía absoluta a la oligarquía, de la oligarquía a la aristocracia, de ésta a la monarquía constitucional, de la monarquía constitucional a la parlamentaria, de la parlamentaria a la república y de la república a la democracia... Y viceversa. Esta caricatura deliberativa, directa, representativa, etc., ejemplifica este dejar de echar el humo ideológico por la boca para echarlo por la nariz o este dejar de echar el humo ideológico por la nariz para echarlo por la boca. Más, se expulse por donde se expulse, una atmósfera cargada de humosa incredibilidad se ceñirá sobre quien así proceda. Y lo dicho, un político sin crédito personal es como dar con un estanco o máquina expendedora para comprar una cajetilla y no llevar dinero encima o como llevar éste encima y no dar con aquél o aquélla, con aquél o aquélla, con aquél o aquélla.
Junto a esta cambiabilidad del político respecto a su partido e ideario, otra sustancia peligrosa para su popularidad, y, por tanto, para su mantenimiento en el poder, tiene que ver con el hecho de que su actuación pública brille por su sinceridad o se encapote de falsedades. Habrá quien opine, sin duda, que en política, a menudo, ni se puede decir toda la verdad, ni siquiera parte de la misma. Que la mentira, desgraciadamente, acompaña a la labor del hombre público. Que a veces se ha de manifestar lo contrario de lo que se opera y otras se ha de operar lo contrario de lo que se manifiesta. Puede ser. Pero si la ciudadanía o los opositores descubren que el gobernante les dice que fuma tabaco de liar cuando está liando porricos o que les dice que está liando tabaco de liar cuando fuma porricos, tirarán ceniza sobre el personaje. Éste, que antes de fumar era como un filtro albino, después, a semejanza de éste, estará amarronado. Su reputación, cual colilla, acabará por los suelos. Pisoteada. Y es que el político de verdad la dice. Y dice la verdad de político que él es. Porque sabe que la verdad que gana votos no los pierde y la mentira que no gana votos los pierde. A veces, cómo no, creyentes, pues toda regla tiene excepción, se ganara a mentira limpia, pero se perderá cuando se vea que es sucia. Antes o después, la mentira dejará al descubierto al mentiroso. Y caerá. Quizá suavemente como un papelito de fumar que se lleva el viento, pero caerá y caerá y caerá. Por esta razón, el auténtico gobernante, como el tabaquista que sabe que de no fumar a fumar hay un paso y de fumar a no fumar ciento y la madre, no ignora que de la verdad a la mentira hay un salto y de la mentira a la verdad un abismo. ¡Fácilmente se empieza a fumar, cuesta Dios y ayuda dejarlo! ¡Dios y ayuda! ¡Dios y ayuda! ¡Dios y ayuda!
Un aspecto muy relacionado con la honestidad es el que hace referencia a las promesas políticas. Así, el político, que no debe prometer lo que sabe que no puede cumplir, ha de cumplir lo que va a prometer y “ha de prometer lo que va a cumplir”. Si no, si promete más de lo que cumple o si cumple menos de lo que promete, el paquete, podrá ser duro o blando, pero siempre se le viene encima. La astucia política, por lo tanto, consiste en calcular lo que es “seguro” que se va cumplir y prometer siempre de menos. De esta manera, si algún proyecto queda apagado en el cenicero, habrá margen de maniobra para salir airoso. Y si prende alguno inesperado, unido a los que se guardan en el bolsillo de la camisa, se brillará por partida doble. Extraiga pues, el prometedor, algunos liados de la pitillera y muestre a la ciudadanía el resto o extraiga el resto y muestre a la ciudadanía algunos liados de la pitillera, la pitillera, la pitillera.
Por lo que llevamos visto hasta el momento, el ser y la apariencia de los seres gubernativos representan un papel vital de cara a la conservación o no del poder. El fondo y la forma de los gobernantes o los sujetos y las imágenes que proyectan marcan la diferencia. Ambos aspectos, contenido y continente se han de cuidar al máximo. Pero, como aquél es ese algo interno que no siempre está a la vista y éste, por su exterioridad, está a los ojos de todos, conviene, tal vez, centrarse, sin perder de vista lo de dentro porque lo de fuera depende mucho de él, en lo externo. No en lo que el político es, que también, sino en lo que aparenta ser. Y es que, así como un buen aspecto no garantiza una buena esencia, una buena esencia no garantiza un buen aspecto. Éste, sin embargo, no sólo es a primera vista sentido, sino que es el blanco de los ataques del adversario político. Es el aspecto, la imagen, lo que se trata, por su fragilidad y facilidad, de dañar. Cambiar una esencia cuesta sudor y lágrimas, una imagen es cortar y pegar. No obstante, el político, político, ha de mirar a su interior. Porque con la imagen ocurre como con la mentira, visto el engaño, quien queda descapullado es el manipulador de imágenes. Sucede tal que con un Montecristo que sabe a gloria, pero que no está bien liado o prensado y con otro que está bien liado o prensado pero que no sabe a gloria, sino a mil demonios. Evidentemente, al principio, sin encenderlos, por el aspecto infernal del primero y paradisíaco del segundo, la mayoría optará por éste. Mientras que al final, saboreados ambos, por el sabor paradisíaco del primero e infernal del segundo, la mayoría optará por aquél. Moraleja: ¡Lo que es no siempre se percibe! ¡Lo que se percibe no siempre es, no siempre es, no siempre es!
Otro apuro que, a más de inflamable, se puede volver infumable para quienes juegan con el fuego del poder es el relativo a los intereses que defienden desde su fumadero. Porque no es lo mismo, no, proteger los intereses de las pocas y grandes tabacaleras que a los muchos y pequeños ciudadanos que quieren espacios sin humo o buenos aires. El poderoso, lo sea por sus propios medios, lo sea porque median los mandamases o lo sea por los más sin mando, debería, si quiere curarse en salud, cuidarse de acatarrar a los más a costa de ser saludable a los menos. Al final, si no, lo acaba pagando. En tanto que el pueblo se planta ante tanta mala hierba. Entonces no importa que la lucha entre unos y otros sea desigual. Da igual que los menos tengan más medios a su alcance y los más tengan menos medios al suyo, porque, más que una batalla de medios, el cara a cara es de fines. Y como los menos son poderosos en aquellos y débiles en éstos y los menos son poderosos en los fines y débiles en los medios, aunque cueste, la victoria caerá del lado de estos últimos. El triunfo será lento, pero será. Habrá que escoger los semilleros y roturar la tierra, sembrar y regar las semillas, trasplantar, al de un par de meses, las plantulitas al campo, podar las flores para que las hojas crezcan con fuerza y, una vez maduradas, proceder a la recolección. Llegados a este punto, la victoria es coser y cantar. Empieza el curado, que consiste en secar, al aire libre, con fogatas, con calor o al sol, las hojas. Ya está. A decidir si se quieren elaborar cigarrillos o puros o tabaco de pipa para fumar o rapé para esnifar. ¿Decididos? ¡Que sean ellos los, oh, decientes, los, oh, decientes, los, oh, decientes!
Ligado a este aspecto de favorecer mucho a unos pocos y poco a unos muchos está el hecho, cuando el poder proviene del pueblo, de si el representante representa al representado. Referido no sólo a que si lleva a la práctica las políticas y proyectos que quiere la ciudadanía, representa la voluntad general, sino a que el representante político que quiera gozar del aprecio del pueblo, que, al fin y al cabo, es lo que le mantiene en el poder, tiene que asemejarse lo más posible a la mano que le da de fumar. Al hablar ha de ser la voz del pueblo. Su lenguaje cuanto más llano sea, mejor. Los problemas que le causen quebraderos de cabeza no deben ser los particulares, sino los comunes a la muchedumbre. No puede ser millonario si el pueblo es mileurista, puede no ser mileurista si el pueblo es millonario. Que no tenga palacetes que linden con chabolas, que no tenga chabolas que linden con palacetes. Está obligado a luchar porque no haya éstos ni aquéllas. Que viva como el pueblo. Por, con y para éste. No ría, si aquél llora, no llore, si aquél ríe. Llore, ría... con él. Porque no tiene ni es más que el pueblo, no tiene ni es más que el pueblo, no tiene ni es más que el pueblo. ¡El pueblo, el pueblo, el pueblo!
La apropiación excesiva de los frutos del trabajo de los mandados o serviles – ¡Menuda inversión del lenguaje la palabrita! – en comunidades en que quienes mandan son unos mandones o lo hacen por el derecho del más fuerte y la gestión correcta o no del dinero público en aquellas en que el poder lo elige el pueblo son otras de las temáticas que pueden hacer que la llama de los todopoderosos se apague como una cerilla. En las primeras, si los pudientes se apropian de más de lo que necesitan y dejan a los necesitados con menos de lo necesario para subsistir o para subsistir malamente, los ánimos de unos pocos de éstos, al encenderse como un mechero de gasolina, conseguirán que se propague, de boquilla en boquilla, por la mayoría de los explotados y despojados el deseo ardiente de derrocar a los despojantes para acabar con la injusticia. En las segundas, en las sociedades democráticas, si de la hacienda resultante de la contribución a la que está obligada la ciudadanía para sostener el gasto público se hace un uso incorrecto, de modo que se gasta donde no es necesario y donde es necesario no se gasta, a la población se le irá llenando el colillero de la paciencia o puede, incluso, que retire su confianza a los gestores políticos. Si a esto se añade la malversación de los caudales públicos o si esta apropiación indebida se da en solitario, la ciudadanía, al montar en cólera y fumar en pipa, exigirá las “cabezas” de estos ladrones de guante blanco para emplearlas como fumarada en sus pipones, pipones, pipones.
Los prepotentes políticos, y ya se acaba la materia enrollable, tienen que desempeñar, con cuidado, otro papel en el que se les puede liar la manta a la cabeza. Porque el mando, que exige algo que no todo quisqui sabe, saber mandar y dar las órdenes precisas, requiere, a su vez, mano de mina a veces, mano de cirujano otras. Es un error emplear la de mina cuando se requiere la de cirujano y la de cirujano cuando se requiere la de mina. Ignorar esto, en política, es no saber hacer la o con un canuto. De buenas a primeras hay que enseñar la de cirujano, a malas, la de mina. Ahora bien, el empleo de ésta, de la violencia legítima, debe ser proporcional al daño que se pretende evitar y ha de sufrirla el causante del mal. Ni hay que intentar romper la crisma a quien está por vociferar, ni hay que intentar vociferar a quien está por romper la crisma. La fuerza y las azotainas, que enganchan, con cuentagotas y a la herida. De lo contrario, la buena estima en que tiene la población a los gobernantes se esfuma, se esfuma, se esfuma.



