miércoles, 28 de febrero de 2007

Puritos, pipas y cigarrotes

Desde tiempos remotos y naturales hasta recientes y artificiales, todo poder, originado por la fuerza bruta o reconocido popularmente, detentado o apoderado, ilegítimo o legitimado, ha tenido que afrontar circunstancias que lo desgastan o debilitan sobremanera. Y es que en toda sociedad, ya agrupada naturalmente, ya organizada forzosamente o políticamente mediante el pacto, la autoridad, de hecho o de derecho, que ejerce el poderío, quiera o no, se consume como un cigarrillo. Evidentemente, son cuantiosos y muy variados los hechos que la van desautorizando y deslegitimando. Los puros que le meten, diría, los que se fuma ella solita o los que trae el viento azaroso, obstruyen tanto sus bronquios que a sus pulmones les va faltando el aire. Es la ley de la política. Por uso, desuso o abuso, la autoridad poderosa o el poder autorizado, caladilla a caladaza, se va quemando y quemando y quemando.

Como el tabaco, el poder, que es un vicio y un placer, dicen las autoridades que puede matar, pero puede “matar” a las autoridades. ¡De cáncer, enfisema y demás enfermedades, sobre todo respiratorias, fallece la autoridad! A ésta, que no termina por dejar a aquél, paradójicamente, le acontece que aquél termina por dejar a ésta. Es entonces cuando sobreviene el mono de poderío, la falta de lo que está en mi mano, ese habano entre los dedos que, llevado para aprisionarlo en los labios, se chupa y se rechupa para inhalar la dosis de nicotina y exhalar un aro de humo blanco por el que tenga que pasar todo cristo. Todo cristo diciendo amén, amén, amén.

El reino de los políticos, entre el murmuro de “¡Ay Jesús, María y José!”, masca que se queda sin coronas. En tanto que al adiós a los ducados, causante del mal sabor de boca, se va oliendo y oliendo y oliendo. Primero es la lengua sedienta, después, una tos seca, más tarde, respiración costosa, al fin, el tumor de quien peca. Y todo por ser fumador: activo, pasivo o empedernido. Activo por pitar diariamente, pasivo por, sin pito entre los carnosos rosáceos, tragarse los malos humos, empedernido por enrollar y humear más de la cuenta. ¡Buena planta de adictiva hoja, con florcitas verdeamarillosas, esta del poder susceptible de ser hostigada por virulentos parásitos y microbios y gusanotes y catástrofes de la madre naturaleza! ¡Así le ocurre al poder, al poder, al poder!

Los riesgos para los fumantes, para quienes ejercitan el mando, son tan diversos como letales para su salud:

Uno de ellos es cambiar la habitual marca de tabaco. Pasar, por ejemplo, de ser de la ultraderecha a ser de derechas, de derechas a ser del centro, del centro a ser de izquierdas y de izquierdas a ser de extrema izquierda. O a la inversa. ¡Que de todo hay en la plantación de la politiquería! Estos politicastros, más que fumar, parece que están fumados. De tener los ojos rojos agarran un blancazo del copón. El aspirante, de esta bocanada de nuevos aires, no saca partido. Todo lo contrario. Se ahoga al perder la credibilidad. Carecer de ésta en política es como tener un pitillo y no tener encendedor. O al contrario. Es como tener encendedor y no tener un pitillo, un pitillo, un pitillo.

A este transfuguismo político, a este dejar de fumar con la diestra para hacerlo con la siniestra o a este dejar de fumar con la siniestra para hacerlo con la diestra, le acompaña la mudanza de doctrina política. De defender, valga la muestra, la tiranía llegar a defender la monarquía absoluta, de la monarquía absoluta a la oligarquía, de la oligarquía a la aristocracia, de ésta a la monarquía constitucional, de la monarquía constitucional a la parlamentaria, de la parlamentaria a la república y de la república a la democracia... Y viceversa. Esta caricatura deliberativa, directa, representativa, etc., ejemplifica este dejar de echar el humo ideológico por la boca para echarlo por la nariz o este dejar de echar el humo ideológico por la nariz para echarlo por la boca. Más, se expulse por donde se expulse, una atmósfera cargada de humosa incredibilidad se ceñirá sobre quien así proceda. Y lo dicho, un político sin crédito personal es como dar con un estanco o máquina expendedora para comprar una cajetilla y no llevar dinero encima o como llevar éste encima y no dar con aquél o aquélla, con aquél o aquélla, con aquél o aquélla.

Junto a esta cambiabilidad del político respecto a su partido e ideario, otra sustancia peligrosa para su popularidad, y, por tanto, para su mantenimiento en el poder, tiene que ver con el hecho de que su actuación pública brille por su sinceridad o se encapote de falsedades. Habrá quien opine, sin duda, que en política, a menudo, ni se puede decir toda la verdad, ni siquiera parte de la misma. Que la mentira, desgraciadamente, acompaña a la labor del hombre público. Que a veces se ha de manifestar lo contrario de lo que se opera y otras se ha de operar lo contrario de lo que se manifiesta. Puede ser. Pero si la ciudadanía o los opositores descubren que el gobernante les dice que fuma tabaco de liar cuando está liando porricos o que les dice que está liando tabaco de liar cuando fuma porricos, tirarán ceniza sobre el personaje. Éste, que antes de fumar era como un filtro albino, después, a semejanza de éste, estará amarronado. Su reputación, cual colilla, acabará por los suelos. Pisoteada. Y es que el político de verdad la dice. Y dice la verdad de político que él es. Porque sabe que la verdad que gana votos no los pierde y la mentira que no gana votos los pierde. A veces, cómo no, creyentes, pues toda regla tiene excepción, se ganara a mentira limpia, pero se perderá cuando se vea que es sucia. Antes o después, la mentira dejará al descubierto al mentiroso. Y caerá. Quizá suavemente como un papelito de fumar que se lleva el viento, pero caerá y caerá y caerá. Por esta razón, el auténtico gobernante, como el tabaquista que sabe que de no fumar a fumar hay un paso y de fumar a no fumar ciento y la madre, no ignora que de la verdad a la mentira hay un salto y de la mentira a la verdad un abismo. ¡Fácilmente se empieza a fumar, cuesta Dios y ayuda dejarlo! ¡Dios y ayuda! ¡Dios y ayuda! ¡Dios y ayuda!

Un aspecto muy relacionado con la honestidad es el que hace referencia a las promesas políticas. Así, el político, que no debe prometer lo que sabe que no puede cumplir, ha de cumplir lo que va a prometer y “ha de prometer lo que va a cumplir”. Si no, si promete más de lo que cumple o si cumple menos de lo que promete, el paquete, podrá ser duro o blando, pero siempre se le viene encima. La astucia política, por lo tanto, consiste en calcular lo que es “seguro” que se va cumplir y prometer siempre de menos. De esta manera, si algún proyecto queda apagado en el cenicero, habrá margen de maniobra para salir airoso. Y si prende alguno inesperado, unido a los que se guardan en el bolsillo de la camisa, se brillará por partida doble. Extraiga pues, el prometedor, algunos liados de la pitillera y muestre a la ciudadanía el resto o extraiga el resto y muestre a la ciudadanía algunos liados de la pitillera, la pitillera, la pitillera.

Por lo que llevamos visto hasta el momento, el ser y la apariencia de los seres gubernativos representan un papel vital de cara a la conservación o no del poder. El fondo y la forma de los gobernantes o los sujetos y las imágenes que proyectan marcan la diferencia. Ambos aspectos, contenido y continente se han de cuidar al máximo. Pero, como aquél es ese algo interno que no siempre está a la vista y éste, por su exterioridad, está a los ojos de todos, conviene, tal vez, centrarse, sin perder de vista lo de dentro porque lo de fuera depende mucho de él, en lo externo. No en lo que el político es, que también, sino en lo que aparenta ser. Y es que, así como un buen aspecto no garantiza una buena esencia, una buena esencia no garantiza un buen aspecto. Éste, sin embargo, no sólo es a primera vista sentido, sino que es el blanco de los ataques del adversario político. Es el aspecto, la imagen, lo que se trata, por su fragilidad y facilidad, de dañar. Cambiar una esencia cuesta sudor y lágrimas, una imagen es cortar y pegar. No obstante, el político, político, ha de mirar a su interior. Porque con la imagen ocurre como con la mentira, visto el engaño, quien queda descapullado es el manipulador de imágenes. Sucede tal que con un Montecristo que sabe a gloria, pero que no está bien liado o prensado y con otro que está bien liado o prensado pero que no sabe a gloria, sino a mil demonios. Evidentemente, al principio, sin encenderlos, por el aspecto infernal del primero y paradisíaco del segundo, la mayoría optará por éste. Mientras que al final, saboreados ambos, por el sabor paradisíaco del primero e infernal del segundo, la mayoría optará por aquél. Moraleja: ¡Lo que es no siempre se percibe! ¡Lo que se percibe no siempre es, no siempre es, no siempre es!

Otro apuro que, a más de inflamable, se puede volver infumable para quienes juegan con el fuego del poder es el relativo a los intereses que defienden desde su fumadero. Porque no es lo mismo, no, proteger los intereses de las pocas y grandes tabacaleras que a los muchos y pequeños ciudadanos que quieren espacios sin humo o buenos aires. El poderoso, lo sea por sus propios medios, lo sea porque median los mandamases o lo sea por los más sin mando, debería, si quiere curarse en salud, cuidarse de acatarrar a los más a costa de ser saludable a los menos. Al final, si no, lo acaba pagando. En tanto que el pueblo se planta ante tanta mala hierba. Entonces no importa que la lucha entre unos y otros sea desigual. Da igual que los menos tengan más medios a su alcance y los más tengan menos medios al suyo, porque, más que una batalla de medios, el cara a cara es de fines. Y como los menos son poderosos en aquellos y débiles en éstos y los menos son poderosos en los fines y débiles en los medios, aunque cueste, la victoria caerá del lado de estos últimos. El triunfo será lento, pero será. Habrá que escoger los semilleros y roturar la tierra, sembrar y regar las semillas, trasplantar, al de un par de meses, las plantulitas al campo, podar las flores para que las hojas crezcan con fuerza y, una vez maduradas, proceder a la recolección. Llegados a este punto, la victoria es coser y cantar. Empieza el curado, que consiste en secar, al aire libre, con fogatas, con calor o al sol, las hojas. Ya está. A decidir si se quieren elaborar cigarrillos o puros o tabaco de pipa para fumar o rapé para esnifar. ¿Decididos? ¡Que sean ellos los, oh, decientes, los, oh, decientes, los, oh, decientes!

Ligado a este aspecto de favorecer mucho a unos pocos y poco a unos muchos está el hecho, cuando el poder proviene del pueblo, de si el representante representa al representado. Referido no sólo a que si lleva a la práctica las políticas y proyectos que quiere la ciudadanía, representa la voluntad general, sino a que el representante político que quiera gozar del aprecio del pueblo, que, al fin y al cabo, es lo que le mantiene en el poder, tiene que asemejarse lo más posible a la mano que le da de fumar. Al hablar ha de ser la voz del pueblo. Su lenguaje cuanto más llano sea, mejor. Los problemas que le causen quebraderos de cabeza no deben ser los particulares, sino los comunes a la muchedumbre. No puede ser millonario si el pueblo es mileurista, puede no ser mileurista si el pueblo es millonario. Que no tenga palacetes que linden con chabolas, que no tenga chabolas que linden con palacetes. Está obligado a luchar porque no haya éstos ni aquéllas. Que viva como el pueblo. Por, con y para éste. No ría, si aquél llora, no llore, si aquél ríe. Llore, ría... con él. Porque no tiene ni es más que el pueblo, no tiene ni es más que el pueblo, no tiene ni es más que el pueblo. ¡El pueblo, el pueblo, el pueblo!

La apropiación excesiva de los frutos del trabajo de los mandados o serviles – ¡Menuda inversión del lenguaje la palabrita! – en comunidades en que quienes mandan son unos mandones o lo hacen por el derecho del más fuerte y la gestión correcta o no del dinero público en aquellas en que el poder lo elige el pueblo son otras de las temáticas que pueden hacer que la llama de los todopoderosos se apague como una cerilla. En las primeras, si los pudientes se apropian de más de lo que necesitan y dejan a los necesitados con menos de lo necesario para subsistir o para subsistir malamente, los ánimos de unos pocos de éstos, al encenderse como un mechero de gasolina, conseguirán que se propague, de boquilla en boquilla, por la mayoría de los explotados y despojados el deseo ardiente de derrocar a los despojantes para acabar con la injusticia. En las segundas, en las sociedades democráticas, si de la hacienda resultante de la contribución a la que está obligada la ciudadanía para sostener el gasto público se hace un uso incorrecto, de modo que se gasta donde no es necesario y donde es necesario no se gasta, a la población se le irá llenando el colillero de la paciencia o puede, incluso, que retire su confianza a los gestores políticos. Si a esto se añade la malversación de los caudales públicos o si esta apropiación indebida se da en solitario, la ciudadanía, al montar en cólera y fumar en pipa, exigirá las “cabezas” de estos ladrones de guante blanco para emplearlas como fumarada en sus pipones, pipones, pipones.
Los prepotentes políticos, y ya se acaba la materia enrollable, tienen que desempeñar, con cuidado, otro papel en el que se les puede liar la manta a la cabeza. Porque el mando, que exige algo que no todo quisqui sabe, saber mandar y dar las órdenes precisas, requiere, a su vez, mano de mina a veces, mano de cirujano otras. Es un error emplear la de mina cuando se requiere la de cirujano y la de cirujano cuando se requiere la de mina. Ignorar esto, en política, es no saber hacer la o con un canuto. De buenas a primeras hay que enseñar la de cirujano, a malas, la de mina. Ahora bien, el empleo de ésta, de la violencia legítima, debe ser proporcional al daño que se pretende evitar y ha de sufrirla el causante del mal. Ni hay que intentar romper la crisma a quien está por vociferar, ni hay que intentar vociferar a quien está por romper la crisma. La fuerza y las azotainas, que enganchan, con cuentagotas y a la herida. De lo contrario, la buena estima en que tiene la población a los gobernantes se esfuma, se esfuma, se esfuma.

domingo, 25 de febrero de 2007

Avecillas

A la orden de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, como viene siendo habitual últimamente, se ha vuelto a manifestar una retraída muchedumbre por las callejudas de la capital del reino de España. En esta ocasión, el motivo no ha sido otro que rendir un homenaje a las víctimas del terrorismo y exigir al Gobierno socialista que el activista de ETA en huelga de hambre, Iñaki de Juana Chaos, cumpla íntegramente la condena de tres años de prisión que le imponía el Tribunal Supremo por escribir dos, para unos amenazantes y para otros no, artículos de opinión. Eso es, al menos, lo que se nos ha dicho con el pico pequeño, porque a nadie se le escapa que la marchilla, además, ha supuesto una crítica de impresión a la resolución judicial que rebajaba la pena de esta enjaulada pluma a la que le han cortado las alas de plomo.

La cosa, como se habrán dado cuenta quienes están a la chita callando y al loro, ha ido, pues, de pájaros. De perdigones y de correcaminos. O para que lo cacen al vuelo, de un perdigón, que es la cría de la mareada perdiz o el pollo. Y de correcaminos a los que acompañan en la formación unos pocos alcaudones y demasiadas gaviotas y avetoros. Los alcaudones son quienes, desde su sufrido y muchas veces olvidado nido, cantan sus sinceros dolores por la pérdida de un ser querido. Mientras que los populares, o si lo prefieren, las gaviotas, son los cucos que están esperando que les llegue la hora para, a la voz de cucú, cucú, poner orden en el gallinero. En esto se parecen a los buitres carroñeros que rondando a la presa, en este caso el pájaro carpintero, aguardan su caída del árbol para abalanzarse sin piedad sobre ella. Los avetoros, por último, tienen tanto de ave cesar como de tarde de luz y sombra.

A la vista, y no hay que tenerla de águila para caer en la cuenta de ello, esta bandada de pajaricos y pajarracos, que agitaban sus emplumados alones a ras de las calzadas madrileñas, rompía, qué duda cabe, la ya de por sí rota calma con sus píos y piadas. Amén de algún que otro graznido lanzado al aire para oponerse a que el diálogo político ponga el huevo de oro del que debiera nacer, tras descascarillarlo, la paloma inmaculada. Y es que estos pavos reales, practicantes de la política del avestruz, no quieren ver que solamente la conversación y el acuerdo entre diferentes van a traer camadas de paz. Pero, claro, con estas cabezas de chorlito y rapaces... las paces como que no. Que no porque, a tenor de lo que torcaces mensajeras, como Zaplana o Astarloa, dicen, no hay, ni por asomo, campanario en que anide la pacificación: “No cabe la más mínima negociación y diálogo con los terroristas”. Y ya me dirán si no cabe, tal apunta el PP, con ETA o si no cabe, tal apunta ésta, con el PP. Para que cupiera, desde luego, sería necesario defender lo contrario de lo que manifestaba, hace ya, Zaplana: “El Estado de derecho no puede estar permanentemente sometido a negociación.” Es, como digo, al revés: La negociación no puede estar permanentemente sometida al Estado de derecho.

¿Y con el PSOE? ¿Cabe o no cabe? Difícilmente, en tanto que únicamente con cantos de sirena no se va a escuchar del canto del cisne de ETA. Hace falta algo más. Empezando por desplumarse, porque los socialistas quieren pasar por cándidas cigüeñas cuando son unos gallos de pelea, hasta poner el gorrión en el asador. El socialismo español, de otro modo, ha de demostrar que si es verdad lo que decía la vicepresidenta, Maria Teresa Fernández de la Vega: “ETA sólo tiene un camino, el fin de la violencia”, es mentira lo contrario: El fin de ETA sólo tiene un camino: la violencia. ¿El fin de ETA – la autodeterminación, la independencia, etc. – tiene camino a través de la política? ¿Sí o no? Más aún. ¿Tiene, para el socialismo español, el socialismo recorrido a través de la acción pública? ¿Sí o no? Porque el socialismo de los socialistas es tan de postal como los socialistas del socialismo. Así de crudo. Que al igual que los socialistas dejaron de ser marxistas han dejado de ser socialistas. Ya oigo al otro eso de: esperemos, cuando menos, que los marxistas no dejen de ser socialistas. ¡Ni marxistas! ¡Faltaría más! Pues, cuantas más aves de corral haya, mejor.

¿Sí o no? Esta es la simple pregunta de complicada respuesta. ¿O es una complicada pregunta de simple respuesta? Decía Zapatero, si no me falla la memoria tras el atentado de Barajas, transcribiendo literalmente las palabras que Aznar pronunciara tras la ruptura de la tregua anterior, la de 1998 y posterior a la declaración de Lizarra, que: “El Gobierno ha hecho, hace y hará todo lo posible por buscar los caminos que conduzcan a una paz definitiva”. ¿De verdad? ¿No es al contrario? El gobierno hará una paz definitiva si ha hecho y hace por buscar los caminos que conduzcan a todo lo posible. Porque lo de que ha hecho, hace y hará todo lo posible... se puede poner entrecomillado, pero lo de que si ha hecho y hace por buscar los caminos que conduzcan a todo lo posible hará la paz se puede dejar tal que así. Sin comillas. ¡Los caminos que conduzcan a todo lo posible! ¡A todo lo posible! Por que si todo es posible, lo es hasta la paz, pero si hasta la paz es posible, ¿lo es todo? ¡Todo! ¿Sí o no?

Si o no, como ven, es, al mismo tiempo, la respuesta a decidir y el mayor cuestionamiento de la democracia española y del Estado de derecho. Porque el hecho de tener que plantear la cuestión de si todo o no, todo lo que es moralmente aceptable, se entiende, se puede materializar mediante la política es de juzgado de guardia. En tanto que ese todo o no interroga sobre si la voluntad del pueblo, en nuestro caso el vasco, puede cambiar la realidad, sea jurídica, política, económica, social, cultural, etc. ¿O no se entiende que si estas realidades pueden cambiar la voluntad popular, ésta puede cambiar aquéllas? ¿Por qué no se acepta, no sólo que las cosas sean como son, sino que sean como deberían ser? ¿Cuándo les va a entrar a los requeteespañoles en la sesera que toda relación, ya entre ciudadanos, municipios, territorios, comunidades, estados... se tiene que basar en la igualdad, libertad, fraternidad, independencia, y consentimiento y no en la diferencia, sometimiento, enemistad, dependencia y fuerza? ¡Cuándo! Porque el problema, y permítanme jugar con las palabras y con su sentido, no es como expresaba, refiriéndose a los populares y a la alternancia política, la vicepresidenta socialista: “El problema es que todavía no han digerido el cambio”. Éste es el problema español. Que no digieren, ni los conservadores ni los, aparentemente, progresistas, el cambio. A más, de que el cambio es que todavía no han digerido el problema. No sólo han de aceptar el cambio para dar salida al problema, han de aceptar el problema para dar salida al cambio.

Así las cosas, este clima guerracivilista, esta atmósfera política de lucha enconada por alcanzar el poder cueste lo que cueste no facilita el solucionar, en paz, los problemas políticos. Porque más cierto, que lo que decía la hermana de una víctima de la violencia, Teresa Jiménez Becerril: “No ha habido un Gobierno que haya despreciado tanto a las víctimas como el de Rodríguez Zapatero”, es que no ha habido unas “víctimas” que hayan despreciado tanto a un Gobierno como el de Rodríguez Zapatero. Un Gobierno que más que despreciar a las víctimas ha despreciado una oportunidad para que no haya más víctimas. Porque esto es lo importante, no si el Estado español se rompe o no, sino que no se rompa el corazón de ninguna persona, de ninguna. Pues España no vale un latido humano. Razón por la cual hay que oponerse a declaraciones como las del liderzuelo del PP, Mariano Rajoy: “Nunca creeré en la buena fe de la política a la que le estorben las víctimas". Porque no es cierto que a la política de dialogar o al dialogar de política – que es lo que defiende el nacionalismo vasco – le estorben las víctimas, sino que las tienen tan presentes que quieren que las víctimas sean la tragedia del pasado y no la del futuro. Hecho que explica las siguientes afirmaciones: Nunca creeré en las víctimas a las que les estorbe la buena fe de la política o nunca creeré en la buena fe de las víctimas a las que les estorbe la política. Política que comprende que haya víctimas que en la manifestación de ayer portaran carteles con el lema: “Por la libertad exigimos justicia”. ¿Pero se entiende que los vascos y vascas por justicia exigimos la libertad?

viernes, 23 de febrero de 2007

¡Eh! ¡Qué bocado!

Uno, dos, tres y cuatro. Cuatro Estatutos de autonomía, ni uno más, pero sí uno menos, han sido aprobados, desde que se iniciara esta legislatura bajo mandato socialista, en las Cortes Generales del Estado Español. Ni uno más. En tanto que las reformas estatutarias: de Aragón, Canarias, Castilla y León y Castilla-La Mancha, se encuentran, tras haber sido aprobadas en los respectivos parlamentos autonómicos, en fase de tramitación en las susodichas Cortezuelas. Uno menos. Porque el “nuevo” Estatuto político de la Comunidad de Euskadi que llegara – con anterioridad a los ya ratificados y superando en ingredientes políticos a la paella del valenciano, con más tomate que el Pa amb tomáquet catalán, mejor harinado que los pescaditos del andaluz y tan blanqueado como la ensaimada del balear – a las Cámaras alta y baja: Senado y Congreso de Diputados, se atragantaba en las gargantas de este último cuerpo legislativo. Y es que hay que afirmar tan metafórica como sonoramente, ya que así nadie se despista, que cualquier estatuto, pero más aún si es vasco, catalán o gallego, puede tener que hacer frente, durante y después de su confección política, a las hincadas y cortes que con la cubertería le asestan los congresistas y senadores, a más, claro, de a los mastiques del gobierno y a las digestiones judicantes. O lo que es lo mismo, a la voracidad de los tres poderes: legislativo, ejecutivo y judicial.
Con relación al legislativo, el plato de la norma institucional básica de las comunidades autónomas se suele preparar, sazonar y digerir mejor en las asambleas autonómicas que en las estatales. En estas últimas, los comensales, para evitar el riesgo de que el alimento obstruya la traquea del Estado y éste se ahogue, siempre le quitan el nervio nacional y el hueso competencial a la carne del Estatuto. Porque el filete estatutario, que ni mata ni engorda, no puede, según estos españolísimos, dejar esquelética la musculatura de los poderes estatales. Entre un Estado fuerte y unas Comunidades autónomas débiles o éstas fuertes y aquél débil optan, sin pensárselo dos veces, por lo primero. Hecho debido a que en su cocorotilla hay dos fijaciones: Estado de las autonomías y las autonomías de Estado. Les tortura cavilar que unas autonomías puedan pensar en sí mismas y no en el Estado. Al tiempo que ven como lo más normal del mundo que éste piense en sí mismo y no en aquéllas. No llegan a entender que al igual que hay Estados que se creen una nación, hay naciones que se creen un Estado. ¿O es que si aquellos pueden ser aquélla, esas no pueden ser éste?
Tan cierto, por otro lado, como la primacía que la mayoría de quienes se sientan en las bancadas congresuales y senatoriales otorgan al Estado sobre las autonomías, es la supremacía de éstos, de los representantes políticos sobre los representados. Y es que no es sólo que los apoderados del pueblo voten antes que éste en los procedimientos de reforma estatutaria, sino que si aquellos votan porque el pueblo les votó, éste puede no votar porque aquellos votaron en contra de la propuesta reformista. Basta que en cualquiera de aquellas cámaras una mayoría política se oponga a cualquier cambio en el Estatuto, para que toda la ciudadanía de una comunidad se quede sin referéndum sobre el mismo. Basta que un nutrido grupo de mandatarios opinen en contra para que el pueblo, aún cuando comparta lo opinado, se quede sin la posibilidad de compartirlo o de llevarles la contraria al opinar a favor. Lo cual no es recibo. Porque si lo es que la clase política se pronuncie porque la ciudadanía le concedió tal posibilidad, no lo es que la ciudadanía no se pronuncie porque la clase política no se la concede. Visualmente. Ésta siempre se sienta a la mesa de los Estatutos, aquélla puede no ser invitada a los postres o al café.
En lo que al poder ejecutivo hace referencia, echa humo el hecho de que una vez el Estatuto está vigente, no es el gobierno de la comunidad respectiva quien tiene la sartén por el mango, sino el gobierno del Estado. Y es que éste, a la hora de que el gobierno autonómico desarrolla la norma fundamental de la comunidad autónoma, tiene numerosas recetas para obstaculizar el normal desenvolvimiento del Estatuto. Desde la negativa a transferir competencias o los medios a la comunidad hasta esgrimir que las transferidas o lo legislado o ejecutado sobre las mismas suponen un perjuicio a lo que dispone la Constitución o la legislación estatal sobre tales materias. En suma, que tanto las competencias exclusivas de la Comunidad autónoma como las competencias de ésta para el desarrollo legislativo y la ejecución de la legislación básica del Estado sobre otros asuntos están sujetas a la cata del gobierno español. Gráficamente: Da igual lo que ponga en la carta del menú, lo importante es lo que se cocina y lo que se sirve.
Si esto sucede en la comida, si el manjar parecía que estaba caliente, pero luego resulta que frío, no crean que entre fogones el pucherazo tiene mejor pinta. Y es que el criterio del ejecutivo, por lo menos del último socialista, a la hora de reformar los Estatutos de autonomía oler, huele bien, pero sabe a demonios. Ya no vale la mayoría del parlamento autonómico para que las Cortes españolas den el visto bueno a una reforma estatutaria. Ahora, o viene ésta avalada por un consenso de las fuerzas políticas de la comunidad o nos quedamos todos en ayunas. La medida cuantitativa, de aritmética política, al parecer, se ha sustituido por la balanza cualitativa. Evidentemente, el consenso político para normas de tanta importancia como el Estatuto es deseable. Deseable, más no siempre alcanzable. Además, ¿qué es lo cualitativo? ¿Qué se pongan los partidos políticos de acuerdo o que el pueblo esté de acuerdo? ¿Es más cualitativo un estatuto, como el andaluz, que bajo en sal ha contado con el apoyo de los partidos mayoritarios, PP y PSOE, y una participación popular del 36´2% o una propuesta de Estatuto de la Comunidad autónoma de Euskadi que, aún sin contar con el apoyo de populares y socialistas, obtuvo mayoría absoluta en el Parlamento vasco y hubiera gozado de una participación más elevada – y probablemente también de más apoyo – de la ciudadanía vasca? ¿Qué es lo que otorga la legitimidad a las iniciativas políticas? ¿El respaldo de los partidos políticos o el respaldo del pueblo? El paladar fundamental es el de la ciudadanía. Porque la opinión de los representantes no tiene por qué coincidir con la de los representados, ni la de los representados, con la de los representantes. Si la de éstos es dulce, la de aquellos puede ser agria y a la inversa. ¿A quién representa el representante cuando su parecer no se parece al de los representados? ¿A quién?
¡Y el plato fuerte, señorías, el plato fuerte! ¡El poder judicial! Este poder, que no prueba bocado hasta que la norma estatutaria está sobre el mantel, una vez en él se pone las botas. Basta que se presente, porque el contenido, etc., del Estatuto es supuestamente contrario al corpus legal de la Carta magna, un recurso de inconstitucionalidad ante el Tribunal Constitucional y que éste así lo establezca como verdad judicial para que toda la mesilla autonómica se quede coja. ¿Quiénes son unos cuantos togados, que no los elige el pueblo, para que a golpe de martillo pongan en desorden el orden que aprueba la ciudadanía? Esto mismo es lo que venía a decir el líder de CIU, Artur Más, al ser preguntado sobre si no es paradójico que el Estatut, que tanto costó cerrar, dependa ahora de la composición de un tribunal. Decía: “Es preocupante, descorazonador, y bastante lamentable. Es casi tercermundista que el autogobierno de un pueblo como Cataluña dependa de si hay un magistrado o no en un tribunal.”. En otras palabras, para elaborar el estatuto, criterio cualitativo, para desarrollarlo o no, cuantitativo. Unos jueces conservadores que se impongan sobre unos progresistas o unos de éstos que se impongan sobre aquellos basta para avinagrar lo que el pueblo masca en la boca. La magistratura, como las uvas, de una en una y para el final.
¡Y la copa para el brindis, colegas, la copa para el brindis! ¿Se han dado cuenta de que los recursos siempre son de inconstitucionalidad? Que no hay recursos, como los contrafueros, antiestatutarios. Por ley “no” los puede haber. Si el Estatuto puede ser anticonstitucional, la Constitución no puede ser contraestatutaria. Ahora bien, la Constitución puede ser anticonstitucional. O mejor, las legislaciones que se aprueban en las Cortes, las políticas que practica el ejecutivo y las resoluciones judiciales pueden ir contra las leyes orgánicas que son los Estatutos y, por tanto, contra la Ley de leyes. No obstante, no se les haga la boca agua que esta botella siempre está vacía. Vamos, que lo vulgar es que el presidente de la Junta de Extremadura, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, anuncie que va a recurrir el nuevo Estatuto de Andalucía, porque invade competencias exclusivas del Estado y no que alguien presente un recurso porque el Estado invade competencias de una Comunidad autónoma, no las transfiere, etc.
En fin, que el Estado español ni se reforma ni se deforma, sigue con su tenedor, cuchillón y cucharita. ¡Que les aprovechen las migajas! Eso sí, que no son les caigan los pantalones, aunque continúen en el estado de inanición. ¡Salud!

lunes, 19 de febrero de 2007

Campaña

¡Campañeros, campañeras! ¡Estamos en campaña! ¿A qué otra cosa si no a hacer campaña es a lo que ha venido el campañero Zapatero a Vitoria? A Vitoria, sí, a Vitoria, que el presidente español no ha venido a Gasteiz. Ha venido a Vitoria a por Gasteiz. ¿O ha venido a Gasteiz a por Vitoria? ¡A por Vitoria! ¡A por Vitoria! No gastéis neuronas en pensar que a por Gasteiz. La verdad es que ha venido y, ¡oh!, no ha dicho nada. Nada. ¿O es que ha venido y no ha dicho la verdad? Tampoco ha dicho la verdad. Porque la verdad es una revelación, y de revelación nada de nada. Nada porque hace ya que lo dicho estaba revelado. Y si lo dicho estaba ya revelado, cómo va a haber revelación. La verdad hubiera sido, a más de “revelativa”, una revolución. Y de revolución, como de revelación, cero patatero. Pero fíjense, porque si nada ha sido revelado, todo lo ha sido. Y es que lo que antes ya estaba velado se ha vuelto a revelar. Se ha vuelto a cubrir o a ocultar a medias. Por esto más conveniente que el hecho de que el mandamás socialista venga y no diga sería que diga y no venga. ¡Pero hombre! ¡Pero mujer! ¡Que se le tiene que ver! ¡Que hay que vender la moto aunque no arranque como el proceso! ¡Que es mejor que le veamos y no veamos a que veamos y no le veamos! ¿Ven?

Sí, compatriotas, sí, porque para poner en claro lo que no hay que hacer, mejor hacer lo que no hay que poner en claro. ¿Que qué ha “aclarado”? Pues miren. En los principios estábamos ante el final y al final estamos ante los principios. No hemos ido de los principios al final, no, qué va, hemos ido del final a los principios. Cinco. Cinco principios nada menos son los que ha impuesto Zapatero. ¿Los vemos?

Uno: “Para hablar de paz hay que olvidar completamente y para siempre la violencia en el País Vasco y en el conjunto de España.” ¡Corcholis! ¡Pero bueno!¡Habrase visto! ¡No lo había escuchado en la vida! Pues escuchen. Porque la estrategia del socialismo español, al igual que anteriormente la de la derecha española, es una metábola de la anterior. Ahí va: Para olvidar completamente y para siempre la paz y el País Vasco hay que hablar de violencia en y en el conjunto de España. Violencia por aquí, violencia por allá. ¿O no se han dado cuenta de que desde la desgraciada muerte de los dos inmigrantes ecuatorianos no se habla de otra cosa? ¡Pero si en estos meses son los únicos inmigrantes que han muerto! Ya por no morir no mueren ni los que se juegan la vida en la frontera sur de Europa. A los que mueren en pateras de mala muerte les ha pasado lo que a las vacas locas. ¡Oye! ¡Que no se sepa que hay que seguir vendiendo carnaza! Y es que según la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía, que señala que de cada tres cayucos uno no llega a su destino, pueden ser en torno a 7000 las personas inmigrantes fallecidas en 2006. 19, inmigrante más, inmigrante menos, al día de media aunque no salgan en los media. 19 al día hasta que una maldita bomba de ETA segara la vida de los dos citados. Desde entonces ¿cuántos? ¿Cuántas noticias han leído en la prensa escrita, han escuchado en la radio o han visto en televisión? A montones, a que sí. ¡Ya!

Dos: “Para concurrir a las elecciones hay que respetar las leyes, todas las leyes, y, por tanto, la ley de partidos". ¿No es cierto también lo contrario? ¿Qué para respetar las leyes, todas las leyes, y por tanto, la ley de partidos hay que concurrir a las elecciones? O sea, que si quien respeta, concurre, quien concurre, respeta. Lo que ocurre es que la política de los españolistas, sean progresistas o conservadores, es la de alterar los términos. No se demuestra que Batasuna no respeta la ley y después se decide que no concurra. Es al revés. Se decide que no concurra y después se demuestra que no respeta la ley. La fórmula no es: ¿Respeta la ley Batasuna? No. Luego, no concurre. La fórmula es la siguiente: Batasuna no concurre. Luego, no respeta la ley. Y si no, se hace una ley para que no concurra y punto. No hay más que hablar.

Tres: “El futuro de Euskadi pasa por un acuerdo plural entre partidos decidido por los ciudadanos en el marco de la Constitución y de las leyes.” ¡Mentira! Porque en la mentalidad españolista lo primero son la Constitución y las leyes, luego, los partidos y por “último”, los ciudadanos. Por esta razón, para los españolazos el futuro de Euskadi pasa en el marco de la Constitución, de las leyes, por un acuerdo plural entre partidos y decidido por los ciudadanos. Lean si no la Carta Magna o el Estatuto y verán que para cambiar el marco jurídico, político o institucional, que para cambiar el Estatuto de autonomía lo “último” es el referéndum. O sea, que se haga lo que se haga, lo primero o lo último es que sea constitucional, después han de ponerse de acuerdo los partidos políticos, luego aprobarlo el Parlamento Vasco, más tarde, las Cortes Generales del Estado español – que ni se citan en este punto tres y son el meollo de todo este asunto –, y por último, al fin, si es que se llega hasta aquí, aprobarlo en consulta popular la ciudadanía vasca. Y, aún aprobado, puede que un recurso de anticonstitucionalidad desapruebe lo aprobado. En otras palabras, para la españolada el futuro de Euskadi pasa por España y no a la inversa. Porque si el futuro de Euskadi pasara por Euskadi, no serían los ciudadanos vascos quienes tendrían que aprobar lo que deciden las Cortes españolas, sino que las Cortes españolas tendrían que aprobar lo que deciden los ciudadanos vascos. Luego, la opinión de los diputados y senadores españoles – y también la del Tribunal Constitucional – es más importante que la de la ciudadanía vasca. La de aquellos precede a la de éstos, no la de éstos a la de aquellos. Por tanto, ¿qué cuento chino – y perdón para este gran pueblo – nos están contando?

Cuatro: “El PSOE no dará un paso adelante mientras subsista la violencia o la amenaza de violencia”. Si, la verdad es que a la mayoría nos gustaría que se pusiera fin a la violencia. Pero si se pone fin a la violencia, para qué hace falta un proceso para el final dialogado de la violencia. ¿Hace falta un proceso para el final dialogado de la violencia o hace falta el final de la violencia para un proceso dialogado? Para el PSOE, sólo esto último, para quienes saben de qué va el cuento, además aquello primero. Ambas cosas y al mismo tiempo son el camino de la solución: proceso de diálogo y fin de la violencia. Por lo demás, un estadista de verdad, de los que marca el paso y no sigue el que marcan otros, hubiera dicho: “Subsista o no la violencia o la amenaza de violencia el PSOE dará un paso adelante”. Pero, claro, al igual que se puede ser estadista y no ser presidente del gobierno, se puede ser presidente del gobierno y no ser estadista. Este último es el caso de Zapatero, que más que por dar pasos para llegar al fin de la violencia está por llegar al fin de la violencia para dar pasos. Y pasos, que no es hacer lo que quieran las pistolas, tendría que dar. Porque un gobernante con altura de miras no puede estar a lo que hagan los demás, tiene que tomar la iniciativa y no quitársela de encima. Más en este momento en que el socialismo dice: si hay violencia no hay dialogo, y en que ETA responde: si no hay diálogo hay violencia. Porque así no hay resolución posible. Y no sólo al PSOE, también a ETA habría que exigirle que diga: haya o no diálogo ETA dará un paso adelante. Paso que al declarar la tregua daba, pero al continuar la kale borroka, robo de armas y demás lo daba hacia atrás.

Cinco: “Mantengo intacta mi determinación por alcanzar la paz, por ver el fin de la violencia (...)”.¡Vaya! Es que sería la leche que hubiera dicho lo contrario. Algo así como: “Mantengo intacta mi determinación por ver el fin de la paz, por alcanzar la violencia.” Bromas aparte, la verdad es que como declaración de intenciones está bien, pero que no se quede en unas intenciones de declaración. Porque, a más de decir cinco principios, qué va a hacer el presidente español para lograr la paz y el acuerdo político. Qué va a hacer, sí, qué va a hacer. ¿Va a pasar de fijar en el campo de juego político el mojón al remojón? A darse una mojada, vamos, porque dar un mojón no es una mojadura, ni mucho menos, un remojón. Pues eso, que una vez pronunciado el mojón real debe aparecer por arte de magia el remojón majestuoso.
Por lo dicho ya está todo claro. Zapatero es encantador. ¡Encantador de serpientes! Lo que ocurre es que no le suena la flauta. Y ahí sigue, sopla que te sopla. Mejor haría en soplarnos algo. O en soplar, pero de la botella. Así, al menos, no andaríamos en política haciendo eses y el presidente, que es corto de vista política, vería doble. Ahora bien, si Zapatero no encanta a la serpiente, tampoco vayan a pensar que la serpiente encanta a Zapatero. ¡No, no! Ni éste encanta a aquélla, ni ésta a aquél. Normal, porque el flautista está ciego y las serpenteantes son sordas. Además, el musicastro, como sabe que el venenoso reptil pica, quiere retorcerle el pescuezo y éste, como sabe que el musicastro quiere retorcerle el pescuezo, pica. Total, un culebrón con la misma música de siempre. ¡Tararira, tararí!

sábado, 17 de febrero de 2007

Contra Vasconia

Hace ya unos cuantos días terminé de leer el libro “Vasconia”, que para algunos es la Biblia de ETA, de Federico Krutwig. Y me ha impresionado, la verdad. Tanto, que he me he ha llevado hacer este resumen comentado o comentario resumido del mismo.

La estructura de esta obra consta de siete partes: Ethnica, Oeconomica, Dynamica, Histórica, Política, Bellica y Dialéctica. A más, en este caso, de un prólogo y una introducción. En aquél, el autor, que daba a conocer en 1963 su trabajo bajo el pseudónimo de Fernando Sarrailh de Ihartza, apunta las claves de su contenido. Así comienza: “Después de largos años de silencio e inactividad por parte del nacionalismo oficial parecía que iba a llegar la muerte al sentimiento vasco. Nada sucedía, nada se hacía. (...) La noche oscura del nacionalismo era la clara divisoria entre dos generaciones, entre dos concepciones mentales que nunca podrían llegar a entenderse. Los hombres que hicieron la guerra del 36 en Vasconia quedaron estancados en tal fecha. Fueron al exilio, pero en el exilio no aprendieron nada, se hispanizaron; de ser vascos pasaron a ser antifranquistas. (...) Por otra parte, en la Euzkadi peninsular se estaba llevando a cabo igualmente una revolución mental. (...) una pujante planta del nacionalismo vasco afloraba de nuevo (...)”. Diríamos que frente al nacionalismo aranista centrado en la raza, en la religión, en el argumento histórico-fuerista para reivindicar la independencia y con un apoyo social de las clases medias y de la pequeña burguesía de centro-derecha, el autor iba a caracterizar un nuevo nacionalismo centrado en la etnia, en la lengua nacional, en el comunismo libertario, en la aconfesionalidad y con el apoyo no sólo de los naturales progresistas del país, sino abierto a la integración de los trabajadores inmigrantes. Frente al nacionalismo de la teoría esbozaba el nacionalismo de la acción. De la acción incluso armada. Ahora bien, las criticas no van tanto dirigidas al nacionalismo del maestro, que también, como al de sus discípulos en la posguerra. Dirigiéndose a éstos, y sobre todo al segundo Lehendakari de la Historia, Jesús Mari Leizaola, comentaba: “De lo que no se habían dado cuenta es que el Estatuto era miembro de un cuerpo que se llama II República Española y que, muerta ésta, con ella se había podrido en la tumba el Estatuto vasco. (...) El Gobierno de Euzkadi era tan sólo un gobierno regional español de las Vascongadas, el representante de la autoridad española en nuestra patria. (...) este gobierno tiene incrustados elementos que sin duda alguna pudieran ser calificados de enemigos de nuestro pueblo. Mi espanto fue tremendo cuando me enteré de que el propio Presidente, Sr. Leizaola, en realidad no era más que un colaborador gratuito de los enemigos del pueblo vasco. Yo, que en mi ignorancia lo había creído nacionalista vasco, me enteré que siendo este señor euskaldun, es decir, poseedor de la máxima característica nacional del pueblo vasco y siéndolo otro tanto su esposa... y diciéndose nacionalista vasco, tenían hijos de los que ninguno poseían la característica principal de la nación vasca. Pensé que en realidad en los pueblos de Europa Central, un falso nacionalista que cometiese tal pecado de lesa patria hubiese merecido ser fusilado de rodillas y por la espalda, mientras que nosotros aún lo teníamos por presidente de un gobierno que el ingenuo pueblo vasco cree Gobierno Nacional del Pueblo Vasco, la entidad que nos va traer la independencia. Entonces comprendí claramente que ese Gobierno no podía ser otra cosa que un cadáver maloliente, un ente putrefacto, que no tenía ningún valor para la idea nacional vasca y solamente sirve para ofuscar al pueblo ingenuo. Es decir, que es un ente que en realidad conviene que desaparezca cuanto antes. (...)”

Esta critica incendiaria al Gobierno de Euzkadi, y sobre todo al del exilio, esta critica a la pasividad de un nacionalismo que creía que al finalizar la II guerra mundial las potencias occidentales que lucharon contra el fascismo se opondrían al régimen franquista es, qué duda cabe, a más de exagerada, injusta y rechazable por su violencia. Y es que, aunque sea cierto que la vía estatutaria del nacionalismo democrático, la vía de los euskalerriakos, de Comunión Nacionalista Vasca, de la generación del Lehendakari Aguirre..., frente a la vía independentista del primer Arana, de Aberri, de Jagi-Jagi, de Telesforo Monzón, etc., ha sido un escalón que no nos ha llevado a la independencia, no menos cierto es que ha supuesto el nacimiento de Euskadi como realidad jurídico-política. Una vía que si no nos ha dado el todo de nuestros ideales nacionalistas, tampoco nos ha dado nada. Nos ha dejado a medias. Una vía que si no nos ha llevado a constituir un Estado propio, un Estado vasco, ha servido, y esto está fuera de toda duda, con el Estatuto, que es un medio, nunca un fin político, para la construcción nacional, para el fortalecimiento de la nación. Fortalecimiento que es importante, porque tan grave como una personalidad nacional carente de estructura estatal es un una estructura estatal carente de personalidad nacional. Ambos aspectos, nación y estado, deben ser trabajados por el nacionalismo vasco. Sin olvidar que, a veces, el centrarse demasiado en el logro del Estado lleva a descuidar la nación, y otras, el centrarse demasiado en la nación lleva a descuidar el logro del Estado. En otras palabras, a los nacionalistas vascos el intentar alcanzar el ideal no nos debe llevar a perder de vista lo real que tenemos entre manos, ni lo real que tenemos entre manos, a perder de vista el intentar alcanzar el ideal. Más aun, frente a quienes creen que del ideal hay que ir a lo real, el nacionalismo del EAJ-PNV ha defendido, más bien, que de lo real hay que ir al ideal. Así, la nación vasca es el camino hacia el Estado vasco y no a la inversa. Si se entiende bien, de la “nada” hay que ir al medio y del medio al “todo” y no al revés. De la parte hacia el todo y no del todo hacia la parte.

Dicho lo anterior, no menos veraz es que al cuerpo del nacionalismo democrático le ha faltado, quizás, el alma guerrera del nacionalismo revolucionario. Alma guerrera que no hay que entender como el empleo de la violencia, sino como un carácter, como una actitud de rebeldía y desobediencia política. Diría que le ha sobrado espíritu democrático y ha carecido de espíritu revolucionario. Lo contrario que al nacionalismo radical, que le ha sobrado espíritu revolucionario y ha carecido de espíritu democrático. Algo de esto, que no todo, es lo que Federico Krutwig insinúa cuando señala que los vascones, tras las uniones voluntarias de Guipúzcoa, Álava y Vizcaya a la Corona de Castilla y la conquista de Navarra por las tropas de Fernando el Católico, se han situado a la defensiva y han desplegado la enseña del anti, del antiespañolismo. Así, en su opinión: “La Edad Moderna vino a traer, con el sentimiento de las nacionalidades, una nueva fuerza a los pueblos, dio sentido a su vida y los enfocó en una tarea común que es, en principio, lo que caracteriza a una nación. El sentimiento de nacionalidad, si ha de ser algo dinámico, tiene que engendrar entre los miembros de un pueblo la idea de estar unidos para alcanzar algo positivo. El estar unidos solamente en la defensa trae consigo el desmoronamiento de los lazos de tal unión tan pronto como desaparezca el peligro; mientras que una idea positiva unirá a los hombres tanto en los momentos malos como en los buenos. (...) estará mal orientado un nacionalismo que se caracterice por un “anti” y no ofrezca al pueblo un contenido real, con un ideal a realizar.” No un anti, sino un pro, pues, es lo que debe ofrecer el nacionalismo vasco. O mejor, un anti y un pro. Un anti-España y anti-Francia, porque éstas son anti-Euzkadi, y un pro-Euzkadi. En suma, que el nacionalismo vasco no sólo tiene que defenderse, debe atacar. Defenderse ante el ataque, atacar ante la defensa. Atacar, eso sí, no mediante la lucha armada, sino con la lucha política, popular, cultural... Y defenderse, también, de la misma manera que ataca. A no ser, claro, que quien ataque emplee la fuerza bruta, pues entonces, la legítima defensa justifica el transito de la política a la guerra.

Es en el punto anterior, en el empleo de cualquier medio al alcance para lograr la liberación nacional y en la valoración de lo que se entiende por fuerza bruta donde surgen las mayores divergencias en el campo de las fuerzas nacionalistas. Y es que si la lucha armada separa a las fuerzas nacionalistas, no lo hace menos la apreciación del concepto de fuerza bruta. Porque ¿qué es la fuerza bruta? ¿Solamente empuñar y atacar con las armas? ¿No hay medios de imponer la voluntad a una comunidad nacional sin pegar un solo tiro? ¿Se puede considerar fuerza bruta la negación del derecho de autodeterminación del pueblo vasco? Probablemente. Pero, ¿justifica esta negación la lucha armada? ¿Siempre? ¿A veces? ¿Jamás? Las respuestas a estas cuestiones, como digo, lejos de unir al nacionalismo en el mismo frente de batalla, llevan a cada cual a su trinchera. Por esta razón, si algún día se quisiera lograr la unidad de acción nacionalista, las divergencias en el análisis sobre los medios a emplear para el ataque y la defensa y sobre la catalogación de la naturaleza del ataque, de guerra o político, que padece el pueblo vasco no son temas baladíes, sino que se deberían solventar desde el principio. Porque como decía nuestro guía político Arana: “No hay verdadera unión entre los hombres, sin unidad de pensar y sentir, y no hay unidad donde preexiste oposición. La unión supone, pues, para que pueda constituir medio de fuerza, exclusión de elementos incompatibles.” Solamente añadiría la unidad de actuación. De modo que para consumar una estrategia nacional eficiente es preciso compartir el pensamiento, el sentimiento y la acción. Así pues, de la unión en la teoría y la desunión en la práctica o de la desunión en la teoría y la unión en la práctica o de la desunión en ambas hay que pasar, para forjar una verdadera unidad nacional, a la unión de la teoría y la práctica. No sólo hay que compartir, para defenderse y atacar, los fines, también, los medios.

Esta estrategia o política nacional, este objetivo compartido o ideal a realizar es, para Federico Krutwig, un elemento importantísimo para el nacionalismo, pero, como señalo, no deberíamos menospreciar los instrumentos para alcanzarlo. Porque tan importante como la meta, son los caminos que conducen a ella. Según el autor, “El nacionalismo que quiera ser algo efectivo tiene que representar una tarea, ser un ideal con futuro, en torno al que se agrupen mental y materialmente hombres que se crean unidos, por uno u otro factor, a tal tarea nacional. Estos factores, que separan a un pueblo de otro, dan a las personas que participan de ellos la conciencia de corresponder a un grupo humano diferente al de los vecinos. Cuando estos factores étnicos o nacionales existen pero los individuos que los poseen no tienen conciencia de su personalidad se habla de una etnia. Si la etnia adquiere conciencia de su personalidad se habla de una nación. Ahora bien, la nación sólo existirá realmente cuando esta conciencia nacional lleva a los hombres a realizar un destino común.” . Vuelvo a la misma canción, Federico, no es sólo el qué o para qué, sino el cómo. La nación para existir precisa además de una misión o trabajo comunitario, unas herramientas comunes. Porque no es sólo la producción nacional lo esencial, sino que los medios de producción nacionales se revelan vitales. O de otro modo, Federico, es evidente que hay hechos diferenciales que separan a una nación de otra o internacionalmente y cometidos que la unen nacionalmente, pero ¿acaso no hay medios que la separan intranacionalmente? Los fines pueden aunar o unificar a la nación, pero hay medios que la desunen, que la disocian internamente. Por esta razón, aún compartiendo la siguiente cita, creo que le falta la unión no sobre el quehacer, sino sobre el de qué modo hacer, no sobre el fondo, sino sobre la forma. Fondo y forma que han de ser morales, éticos y pacíficos. Dice usted: “(...) una nación presupone una tarea a realizar que una a los individuos en torno a un fin común, por otra parte no es menos verdad que para que los individuos se unan en torno a un ideal tiene que haber una serie de factores que den cuerpo material a ese sentimiento del que se deriva la tarea.”.

Según se desprende de la cita anterior, a la idea fuerza, al espíritu del pueblo le es necesaria la corporalidad , al alma nacional le hace falta un cuerpo nacional. Y ¿cuál es este cuerpo? ¿Qué órganos dan vida a la personalidad política nacional? Según Federico, los siguientes: la lengua mucho más que la raza o la religión que defendía Sabino Arana, la mentalidad y la cultura, la religión, la composición racial y los factores económicos, sociales y materiales. Y es que el nuevo nacionalismo va a ser euskaldun y de izquierdas más que racial y religioso. La lengua en él va a ocupar el lugar central. Tan es así que para Krutwig: “La obligación de todo nacionalista vasco es aprender y emplear la lengua vasca siempre y en toda ocasión (...) La esencia bizkaina y vasca radica casi exclusivamente en el euskera. Decía el Sr. Arana: “si fuese moralmente posible una Vizcaya foral y euskaldun (o con euskera), pero con raza maketa, su realización sería la cosa más odiosa del mundo, la más rastrera aberración de un pueblo, la política más inicua y la falsedad más estupenda de la historia.” El Sr. Arana sigue obcecado en su error racista, que no corresponde a ninguna realidad. La aberración más inicua es la de una Euskadi sin euskera (...) puesto que una vez que desapareciese el euskera, con él moriría el pueblo vasco. Sin euskera no hay nación vasca posible.”

Aún compartiendo, en líneas generales, que la lengua es un factor nacional fundamental, ¿no hay un factor más importante que el euskera? Lo veremos. De momento hay que decir que todos los factores nacionales y entre ellos, a más del euskera y los ya citados, la historia en común, los usos, costumbres y tradiciones, las leyes propias..., juegan un papel de primer orden. La raza y la religión, por otro lado, que para Arana eran lo fundamental, serían rechazados por el EAJ-PNV postaranista. Aquélla, la raza, en la época de Aguirre, en el año 1932, porque en los nuevos estatutos ya no se establecerían diferencias entre los afiliados (originario, adoptado y adicto como en el EAJ-PNV de Arana) en razón de los apellidos, sino que se podría afiliar cualquiera tuviese o no apellidos vascos, fuese o no vasco y viviese o no en Euzkadi (sin ser vasco ni vivir en Euskadi no se podía ejercer ningún cargo en el partido). Y la religión tras la asamblea en Iruña de 1977, en la cual se declaraba la aconfesionalidad del EAJ-PNV. No obstante, y matizado esto, para Krutwig, la primacía del euskera sobre cualquier otra característica de la nación está fuera de toda duda. En su parecer: “Este es, sin duda, el factor más importante, tanto que se ha llegado a decir que allí donde se habla una lengua diferente existe una nacionalidad diferente. Aunque esta afirmación no sea cierta con tanto rigor, tiene no obstante, mucho de verdad. No hay nada que una o separe tanto a los grupos humanos como la diferencia de lengua. Y esto tiene su profunda razón de ser. Al fin y al cabo, el idioma es el soporte del pensamiento. Nadie puede expresar sus ideas ni conducir sus pensamientos sin valerse de la herramienta natural de dicho pensamiento. La expresión de nuestros conceptos está ligada al idioma de tal forma que el pueblo que cambia de idioma cambia de manera de pensar, cambia hasta de naturaleza.”.

El idioma, qué duda cabe, es un factor de nacionalidad o nacional importante, pero, a mi modo de ver, más aún la conciencia de ser nación y la voluntad de querer que sea o de querer que siga siendo. El estar cautivado del sentimiento, pensamiento y acción nacional es el factor nacional por excelencia. La volición nacionalista a conciencia, el acto de la voluntad nacional es, si no la base del resto de factores nacionales, la cúspide de los mismos y si no la cúspide, la base. Diría que algo falla si los factores nacionales no generan la voluntad y conciencia nacional o si la voluntad y conciencia nacional no generan los factores nacionales. Ahora bien, cúspide o base, la voluntad y la conciencia nacional son lo esencial. El ser amigo, enamorado, amante o hijo – y en su versión femenina, claro – de la nación y hacedor o constructor de la misma es el súmmum para la nación. Porque de esta concienzuda voluntad brotarán, tarde o temprano, los factores nacionales, mientras que puede ocurrir que de los factores nacionales no brote la concienzuda voluntad nacional. Ésta, pues, es la semilla de la nación. Este factor es el que Krutwig llama psicológico. Así, “el sentimiento nacional es algo psicológico y que, dándose los factores constituyentes de la nación, serán miembros de una nación quienes tengan la voluntad de estar unidos a ella.”. O más claro aún: “Cuantos más factores diferenciales posea una etnia y cuanta más conciencia tenga de ello, mayor será la personalidad de la nación. Ahora bien, la existencia de una nación está condicionada por la conciencia de formar un pueblo aparte, con interés de regir sus propios destinos.”.

Por otro lado, y volviendo a lo que Krutwig señalaba sobre el idioma, no sólo “el pueblo que cambia de idioma cambia de manera de pensar y de naturaleza”, cambia también la forma de sentir, pensar, ser y hacer. Más todavía, un pueblo que cambia la manera de sentir, pensar, ser y hacer cambia a su vez de idioma. Y no sólo de lengua, sino también de lenguaje político. Éste cambio de lenguaje es el que necesita el pueblo vasco. Cambio, como ya se señaló, no en los fines políticos, sino en los medios para alcanzarlos. Así, más que una mudanza en el sentir, pensar y ser se requiere en el hacer. Un hacer que deshaga la unión de uno y otro Estado y deshacer que haga, de uno y otro, un Estado. Deshacer entendido no en el sentido de matar a alguien, sino en el sentido de derrotar, de poner en fuga un ejército o tropa y de quitar la forma a algo, descomponiéndolo. En suma, que deshaga sin matar frente a quien mata sin deshacer. Un hacer, pues, al que le importe tanto lo que quiere hacer como el cómo lo quiere hacer.

Ampliando lo dicho sobre los factores nacionales señalará Federico que: “estos factores dependen en cierto grado de la existencia de la última forma de nacionalidad, su envoltura política (conveniente, si no imprescindible) que es el estado, quien protege los factores nacionales, les sirve de medio de expansión y garantiza el ejercicio y desarrollo de la personalidad propia.” El Estado propio, evidentemente, debería ser el objetivo de toda nación, porque un marco jurídico-político, como un Estatuto, por ejemplo, puede promover el desarrollo de esos factores, pero puede imposibilitar el logro del Estado. Es decir, un Estatuto puede no ser un estorbo para la voluntad nacional, pero lo será si ésta no sólo es nacional, sino estatal, lo será si no es sólo voluntad constructiva de la nación, sino constitutiva del Estado-Nación. Por esta razón cuando se dan ambas voluntades, la nacional y la estatal, los Estados español y francés tratan de eliminar la voluntad nacional vasca, tratan de desnacionalizar a los vascos, porque saben que el deseo de ser un Estado surge del deseo de ser nación. Es decir, la voluntad estatal surge de la voluntad nacional y no la voluntad nacional de la estatal. El todo surge de la parte y no la parte del todo. Dice Krutwig: “Cuando varias etnias viven en los límites de un estado, la etnia creadora del mismo es llamada nación-estado, siendo ella la que determina los destinos históricos. (...) Otros pueblos incluidos en los límites del estado se llaman corrientemente minorías nacionales, especialmente cuando tienen conciencia de su personalidad. El estado donde no existen minorías nacionales es un estado nacional. Casi siempre la nación-estado intenta desnacionalizar a las etnias que viven dentro del estado que ella domina. No obstante, se suelen dar casos de tolerancia donde los poderes estatales admiten, y hasta ayudan, el desarrollo nacional de la etnia que no es la representante del estado. Si en un estado se ven sometidas las minorías nacionales a una desnacionalización, tenderán políticamente a separarse de quien pretende desnacionalizarles creándose entonces los movimientos nacionalistas o separatistas. Es casi siempre lógico que un movimiento nacionalista sea separatista, pues la etnia sometida no puede nunca estar segura del respeto debido por parte de la nación-estado, si ha de estar a su merced.”. Ejemplo de esa “tolerancia” y “contribución al desarrollo nacional” pudiera ser el Estatuto de autonomía. Ahora bien, la “tolerancia” ante la nación – habría que decir ante la nacionalidad vasca para ser exactos, pues Euzkadi para España no es una nación, sino una nacionalidad – no oculta la intolerancia ante el Estado vasco potencial. Éste, a tenor de la Constitución española y del marco jurídico-político que ella estructura, es un ideal si se quiere, pero jamás una realidad. La idea del Estado vasco, por mucho que los españolistas digan que se pueden defender todas las ideas, no tiene cabida en la Constitución española desde el momento en que ésta se fundamenta en la indisoluble unidad de la nación española. En otras palabras, la constitución del Estado vasco cuestiona de raíz la Constitución del Estado español o a la inversa. Y es aquí donde se plantea el problema político. Porque ¿con qué derecho un Estado-Nación niega a una nación, si ésta demuestra con claridad una voluntad estatal, una voluntad de constituirse en Estado la materialización de esta voluntad? Con ninguno. Lo niega de hecho que no con derecho. Lo niega con la ley que no con la justicia. Lo niega con la fuerza bruta al decir que el pueblo vasco no tiene derecho a la autodeterminación. Por este motivo, el Estado español trata a toda costa de impedir, como ya se apuntó, que la voluntad nacional sea a su vez voluntad estatal. Atacará con todos los medios a su alcance a la nación vasca, a los factores que la constituyen. Factores que, como deben ser protegidos de la agresión estatal, dan razón de la actitud defensiva del pueblo vasco. Defensa, pues, sin olvidar que el mejor ataque de la nación vasca, a más de su mejor defensa de las características nacionales, radica en conformar una voluntad estatal. Voluntad que el Estado español o francés sólo pueden reprimir empleando la fuerza ciega, la fuerza bruta. Y al hacerlo pierden toda legitimidad. Porque – y he aquí otro argumento para rechazar la lucha armada – si los Estados pueden emplear la violencia “legítima” ante quien emplea la fuerza “ilegítima”, no pueden emplear la violencia ilegítima ante quien emplea la fuerza legítima. O pueden emplearla pero injusta, inmoral e impopularmente. Esta fuerza legítima que el pueblo vasco ha de esgrimir no es otra que la voluntad mayoritaria de la ciudadanía vasca de ser lo que quiera ser. Es esta voluntad la que hay que conseguir convenciendo a los conciudadanos vascos. ¡Sin convencer no venceremos! Sin vencer ¿no convenceremos? ¿Hay algo más aplastante que una convincente victoria política? A quien vence convenciendo políticamente sólo se le puede vencer militarmente. Y quien vence militarmente pierde políticamente. Ganemos, por tanto, al pueblo vasco, ganémoslo para la causa nacional y estatal porque es la única forma de ganar al Estado español y francés. Ganando a aquél pierden éstos. Ganando éstos pierden a aquél. Y ganando a éstos (a los Estados), como quiere el presidente del EAJ-PNV, ¿pierden aquél (al pueblo)? ¿Sí? ¿No? Sigamos.

Para Krutwig, a diferencia de lo expuesto, el empleo de la violencia es algo legítimo. Así: “El pueblo vasco no solamente tiene derecho a levantarse en armas para oponerse a la desnacionalización por parte de España y Francia, sino que se trata de un deber moral el que se oponga a la deshumanización hecha por vías del estado opresor. Es una obligación para todo hijo de Euskalherria oponerse a la desnacionalización aunque para ello haya que emplearse la revolución, el terrorismo y la guerra. El exterminio de los maestros y de los agentes de la desnacionalización es una obligación que la naturaleza reclama de todo hombre. Más vale morir como hombres que vivir como bestias desnacionalizadas por España y Francia.”. A mi modo de ver, frente a un Estado injusto, opresivo, tiránico, despótico, etc., todo pueblo tiene derecho a derrocarlo. Ahora bien, no comparto el levantamiento armado ni el terrorismo ni la guerra ni el exterminio. Derecho, pues, a derrotar a un estado como aquél todo el del mundo y más. Pero, ¿cómo derrotarlo? Armamentísticamente, mediante el enfrentamiento directo y armado con el Estado español o francés la guerra está perdida de antemano. Políticamente, sin embargo, la batalla política se puede y se va a ganar. ¡Sin duda! No hay que levantar al pueblo en armas, sino en votos. La munición política son las papeletas. Por este motivo, si es una obligación y deber moral oponerse a la desnacionalización, hay que oponerse con la fuerza que otorga saber que se cuenta con el respaldo popular. El arma del político es el pueblo. Con un pueblo detrás da igual lo que se ponga por delante. Tarde o temprano cae. Más, el empleo por el pueblo de la fuerza de las armas no es la revolución. La revolución es por la fuerza del pueblo, no el empleo de las armas. Utilizar la fuerza de las armas es lo que han hecho siempre los Estados, utilizar la fuerza del pueblo es lo que tienen que hacer las naciones. ¡Siempre! ¡Por el pueblo, para el pueblo y con el pueblo! Más. ¿Hay algo más terrorífico para un Estado que una política en su contra apoyada mayoritariamente por el pueblo, que una nación que dispone de la voluntad de los nacionales para ser otro Estado? ¿A qué tiene miedo un Estado si no a que el pueblo no le conceda legitimidad? Frente al poder del Estado contra el pueblo, esgrimamos el poder del pueblo contra el Estado. Frente a la fuerza del Estado ante la voluntad popular, esgrimamos la fuerza de la voluntad popular ante el Estado

¿Y la guerra? ¿Se puede justificar la guerra? Ofensiva, de conquista, jamás. De reconquista, juzguen ustedes. Defensiva, de todas, todas. Por ello frente al derecho de conquista, hablemos de conquista de derecho. Aquello no es sino una conquista sin derecho, esto un derecho sin conquista. Frente al Estado de derecho, hablemos de derecho al Estado. Frente al Estado que viene a guerrear, en el sentido de hacer guerra, vayamos a guerrear, en el significado de resistir, rebatir o contradecir. Por esto defendamos, frente al Estado que emplea el argumento del poderío, la nación que emplea el poderío del argumento. Frente al Estado que practica la justicia de la potencia, la nación que practica la potencia de la justicia. Esta es nuestra guerra. Esta es nuestra lucha. Esta es nuestra revolución. ¡Todos a sus puestos!

Aparte de los argumentos planteados para oponerse a la lucha armada, hay otro que se deriva de un contrasentido en el que cae Federico. Y es que la defensa de Krutwig de la lucha armada y la siguiente cita por él escrita entran en contradicción. ¡Atentos! Dice Federico: “En los casos de desnacionalización, la culpa principal recae, casi siempre, sobre los propios miembros de las etnias desnacionalizadas. Raros son los casos en que se puede echar la culpa mayor a la nación opresora. Ante la firme voluntad de un pueblo de seguir con su personalidad, no hay autoridad estatal ni fuerza capaz de desnacionalizarlo.”. Si la culpa de la desnacionalización, pues, es parte nuestra, parte del Estado abusón y si contra la firme voluntad de mantener la idiosincrasia nacional no hay fuerza que valga, por qué empuñar las armas, por qué razón hay que levantarse en armas contra el Estado y contra los agentes de la desnacionalización. ¿Se entiende? ¿Me explico? ¡Todos firmes! ¡Firmes! Porque en la firmeza de la voluntad del pueblo está la clave. Nada más y nada menos. De eso se trata, de lograr que el pueblo no sólo se resista a perder las esencias nacionales, sino que manteniendo la firmeza de voluntad suficiente las potencie hasta hacer de ellas una fuerza indestructible. La fuerza de una clara mayoría popular en defensa de la nación. Primero defensa, después ataque.

En la parte primera del libro Vasconia, titulada “Ethnica”, Federico va a ir desentrañando, entre otras cosas, algunas de las características que forman la idiosincrasia de una etnia. Para él, es el hecho de ser una etnia lo que da derecho a la independencia al pueblo vasco. Tan es así que frente al argumento histórico-fuerista para reivindicar la independencia afirmará: “Los vascos no tienen derecho a su independencia porque en siglos anteriores la hayan tenido, sino porque forman una etnia. (...) Un justo planteamiento del caso vasco no podrá basarse nunca, modernamente, en consideraciones sobre si existió o no un Señorío independiente de Vizcaya o un Reino de Navarra. Esto no aporta ningún peso mayor a las reclamaciones reivindicatorias de la independencia. El derecho del pueblo a su independencia se basa exclusivamente en la existencia de una etnia vasca, con conciencia propia y voluntad de ser libre.” ¿Exclusivamente? ¿Acaso no es mejor matar cuatro pájaros de dos tiros que dos de uno? ¿Por qué si podemos disponer de dos argumentos para reclamar la independencia vamos a emplear sólo uno? Argumento histórico, pues, y argumento étnico. Además el argumento histórico entronca con la tradición de los territorios históricos vascos. Entronca con la independencia originaria de los mismos, con el sistema foral, con la soberanía para hacer las leyes o los fueros, con el órgano legislativo: Las Juntas Generales en los territorios vascos y las Cortes en el caso de Navarra, con el órgano ejecutivo: Las Diputaciones Forales en aquellos o el Gobierno del Reino en aquélla. Más aún, entronca con la concepción de pacto voluntario con la corona, con la forma de articular la relación entre los territorios vascos y el Estado Español. Entronca, en definitiva, con un ser, haber y estar del pueblo vasco. Todo ello de gran importancia, porque revela no sólo las líneas maestras de lo que sería la estructuración estatal del pueblo vasco, sino que alumbra otra configuración posible de los Estados español y francés. Ya lo veremos. Por ahora sólo interesa decir que la historia no lo es de un ser abstracto, sino de un ser concreto que se podrá llamar, en función de la conciencia y voluntad que tenga la comunidad: pueblo y etnia o nación. Además, tanto derecho tiene un pueblo a decidir su futuro, a la autodeterminación o la nación, que no es sino la etnia concienciada o el pueblo concienciado y con voluntad de ser, a la independencia como un pueblo, etnia o nación a conservar el ser. Y entre los elementos que forman este ser quién duda que uno de ellos es la historia. Por tanto, derecho a hacer la historia, sí, derecho a conservar de ella lo que el pueblo decida, también. Derecho a decidir el futuro, por supuesto, derecho a atesorar lo que se estime del pasado, otro tanto. Conclusión: está bien que el presente nos dé razones para autodeterminarnos o independizarnos, pero no por ello hay que rechazar las que nos brinde el pasado para parejo objetivo.
Por otro lado, es una contradicción decir que lo convierte a una etnia en nación es el tener una “conciencia propia de su personalidad” y la voluntad de estar unidos para realizar una tarea en común y situar la defensa de la independencia en un argumento étnico. Así, más que éste, es el argumento nacional, la nación, su voluntad y conciencia de existencia lo que justifica el derecho a la independencia. Más que las características étnicas que legitiman la independencia, más que el euskera, la raza, la cultura, la historia, las leyes, los usos, costumbres, etc., es la conciencia de ser nación y la voluntad de unirse para conservarla el mejor de los argumentos independentistas. Saber, en suma, que somos una nación y querer ser una nación libre e independiente es la mejor de la razones para exigir la soberanía o la independencia. Evidentemente, aquellas características nacionales ayudan a la formación de la conciencia y la voluntad, pueden incluso utilizarse como argumentos secundarios para apoyar el principal argumento independentista, pero la legitimación de la independencia ha de ser, en última instancia, popular. Es la conciencia del pueblo, su voluntad de ser, la nación que se quiere soberana lo que da cartas legitimistas al deseo independentista. No tanto el ser o lo que hemos sido, que también, sino lo que queremos ser es el sostén de la argumentación para la independencia. Si se entiende, no tanto la historia pasada o presente, sino la historia que de nuestro puño y letra queremos hacer.

Entre los elementos que caracterizan a una etnia, ya dijimos que para Federico el más importante es el euskera. Ahora bien, para sus propósitos de estructurar el Estado vasco no van a tener tanta utilidad los dialectos: guipuzcoano, vizcaíno, suletino, etc., sino un euskera unificado, un euskera que en la actualidad denominamos batua. Tan es así que defenderá que la lengua literaria capaz de esta tarea de unificar, de federar al pueblo vasco ha de ser el labortano. Dirá refiriéndose al dialectismo imperante en el pueblo vasco: “Esta fragmentación del euskara escrito es contraria a los intereses nacionales del pueblo vasco pues impide el establecimiento de una forma vasca exenta de dialectismos que llegue a ser la lengua común. Tal forma literaria sería el símbolo de la nacionalidad y su forma unificada serviría para unir a los hijos de Euskaria. Ahora bien, como el idioma sirve de lazo de unión y es la característica principal, la falta de un dialecto literario, universalmente aceptado, crea una desunión entre los vascos, justamente en el factor primordial de la nacionalidad.” De acuerdo en todo excepto en que el euskera sea el factor primordial de la nacionalidad. Porque la desunión más importante entre los vascos de cara a la construcción nacional y estatal se da en la conciencia de ser o no una nación o un pueblo diferenciado y en la voluntad o no de querer ser una nación libre e independiente que decide por sí misma. A más, claro y como ya quedó apuntado, de en los medios a emplear para ello. En relación a la conciencia de ser una nación la desunión es tal que a la hora de definir la identidad hay quien se considera sólo vasco, quien, vasco y español y quien, sólo español. Y lo mismo en relación a Euzkadi norte o Iparralde: hay quien se identifica como sólo vasco, quien, como vasco y francés y quien, como sólo francés. Expresado esto mismo en otros términos no individuales, sino colectivos, hay quien cree que Euzkadi no es España, quien cree que los territorios de Euzkadi son un todo que se hacen parte de España y quien cree que Euzkadi es España. Y lo mismo traducido a Euzkadi norte. En relación, por otro lado, a la voluntad del pueblo vasco sucede otro tanto. Porque así cómo hay quien defiende el derecho de autodeterminación de los vascos, incluyendo la posibilidad de independizarse o crear un Estado vasco, hay quien cree que al pueblo vasco no le corresponde el derecho a la autodeterminación, sino el derecho al autogobierno y por tanto, el marco jurídico-político válido para el mismo es el Estatuto de autonomía que deriva de la Constitución española, y, por último, quien considera que ni derecho a la autodeterminación ni derecho al autogobierno completo, es decir, quien cree que aquél no sólo no tiene cabida en la Carta magna, sino tampoco en el derecho internacional, y quien cree que éste, que el derecho de autogobierno, aunque tenga cabida en la Constitución, va demasiado lejos y hay que recortarlo. Estas diferencias, por tanto, en el factor de nacionalidad que consideramos más importante; la conciencia y voluntad nacional, son las que mayor desunión provocan en el pueblo vasco. Ahora bien, no hay que olvidar que nos estamos refiriendo a la conciencia y voluntad nacional, porque si nos refiriésemos a la conciencia y voluntad social o socio-económica, las desuniones serían también enormes. Es decir, la conciencia de clase social y la voluntad de establecer un modo de producción socialista, capitalista, comunista, etc., son elementos de separación entre la ciudadanía vasca. No obstante, separa mucho más el factor nacional que el social, porque si en la teoría los sistemas comunistas, capitalistas, etc. presentan diferencias notables, en la práctica la ciudadanía entiende que no hay tanta diferencia entre un capitalista socialista o un socialista capitalista.

Apuntado todo lo precedente y volviendo al factor del idioma, tiene razón Federido cuando afirma que la lengua nacional es un elemento de primer orden para nacionalizar, para unir o federar al pueblo vasco, para transmitir una cultura, una mentalidad, etc. Es decir, la lengua no sólo es expresión del ser nacional y un símbolo de la independencia, de la libertad, etc., sino que es un vehículo transmisor del ser y de estos valores independentistas y libertarios... Y al contrario, como dirá Krutwig, “(...) el castellano se ha convertido en el símbolo del Estado opresor y el medio de desnacionalización del pueblo euskaldun (...)”. De esta forma, al no ser el idioma solamente una herramienta de comunicación entre las personas, sino la esencia de la nación vasca, a través de ella se va a transmitir el modo de ser propio de los vascos: su sentido de libertad, de propiedad, de independencia, de comunidad soberana, etc. Es decir, la lengua no sólo transporta los pensamientos y sentimientos de un individuo a otro, sino que al ser, según el autor, la sustancia de la nación vasca transmite el ethos, el espíritu del pueblo, los sentimientos, pensamientos y modos de ser no del individuo concreto, sino del colectivo nacional. Veamos una cita en que se expresa lo señalado: “El vascuence no era aparentemente práctico, pero se olvidaba que era la más firme defensa de la libertad; con ella y por medio de ella se transmitía el sentido libertario de nuestro pueblo. Desapareciendo el euskera moría el espíritu indomable que animaba toda nuestra libertad, toda nuestra organización comunitaria y libre del país. No es de extrañar que la opresión, la tiranía hablase en castellano y en francés. El Estado, como organización al servicio de la opresión, tenía que ser castellanizante.”. Nótese, sin embargo, que el autor por opresión no va a entender únicamente la de los Estados español y francés a la nación, no es sólo una opresión nacional, una opresión política, sino una opresión social, económica. De aquí, y ya entraremos en ello, que la liberación por la que luche el nuevo nacionalismo a más de nacional sea social. Es explicado este sentido de liberación nacional y social como se entiende en su plenitud la siguiente cita: “Así se establecían en Vizcaya dos sociedades paralelas: la euskaldun, conservadora de principios comunitarios, amante de la libertad, donde las clases sociales no existían y donde la organización de la sociedad se conjugaba con la libertad del individuo, y, frente a ella, en las márgenes de la ría de Bilbao, la sociedad de habla castellana, en que se oponen las castas y la lucha del hombre contra el hombre, en que impera el principio de expoliación del débil por el fuerte (...) El euskera era símbolo de la autonomía y fraternidad libertaria. (...) El castellano suponía el régimen del explotador. En éste régimen iban a nacer la lucha de clases, en que los explotadores (casi siempre destacados ex-euskaldunes) iban a imponer el feroz régimen de opresión (...)”.

Otros factores de nacionalidad que para Krutwig son importantes son la cultura y la mentalidad, que en su opinión están subordinados al euskera no sólo en nivel de importancia, sino por el hecho de que es a través del idioma como se expresan ambos. Así, el euskera propiciara una cultura y un mentalidad determinada. Llegando a afirmar incluso que “(...) el idioma es el sostén más importante de ambos. Tan pronto como la lengua desaparece, se desmoronan estos dos factores.” Por tanto, será en aquellos espacios geográficos en que la lengua permanece más pujante donde se conservarán con mayor esplendor la cultura y mentalidad propias de la etnia vasca. ¿Dónde? Desde luego no en aquellas zonas en que el espíritu liberal, en que el capitalismo industrial, en que la propiedad privada y no pública, en que la alta burguesía, en que el castellanoparlante... hayan arrinconado la tradición euskaldun. En suma, no allí donde la desnacionalización y deseuskaldunización haya sido mayor. Para explicar este hecho citará a Caro Baroja: “ (...) el climax de tal cultura hay que buscarlo en las partes todavía no industrializadas del todo de Guipúzcoa y la Navarra oceánica. (...) si el industrialismo fabril está desfigurando mucho la cultura vasco-española en Guipúzcoa y Vizcaya, en el País Vasco-francés se está exagerando unos caracteres especiales de industrialización turística, de suerte que en él se fabrican “tradiciones” al uso de forasteros.”

Ligado a este aspecto de mentalidad aparece el concepto de propiedad comunitaria que, según Krutwig, ha prevalecido en el pueblo vasco hasta que la revolución francesa, en nombre de la libertad, igualdad y fraternidad, abriese la puerta a la explotación del hombre por el hombre y a las clases sociales, al predominio de la clase burguesa, a la propiedad privada, etc. Es decir, la revolución que en otros muchos lugares suponía un avance, pues despojaba del poder al monarca, a los nobles y a los curas, la revolución que igualaba y libertaba pero que en el fondo no hacía sino sustituir una sociedad estamental dominada por la nobleza y el clero por una moderna en que la clase poderosa era la burguesía se iba a revelar como una fatalidad en una sociedad como la vasca en la que no sólo primaba el sentido de propiedad comunal, sino que no estaba estructurada en clases sociales porque la nobleza universal hacía a todos libres e iguales (por lo menos en derechos y obligaciones y ante la ley). Según Krutwig “Vizcaya, Guipúzcoa, Álava y Lapurdi poseían regímenes políticos libres que estaban, por la justicia social, en un estado muy avanzado para su época. En ellas no habían penetrado los gérmenes que en Europa occidental llevaron al feudalismo. La propiedad sensu stricto que había pasado en Europa a manos de los señores feudales, estaba en Vizcaya y demás regiones vascas en manos del Biltzar o de las comunidades. Si bien el usufructo quedó en manos de los individuos, el ius abutendi pasó a la comunidad, mientras que en el feudalismo pasó al señor. Por ello la propiedad común era la norma en Vasconia.” Así, si la revolución francesa barrerá el Antiguo régimen, finiquitará el feudalismo encumbrando a la nueva clase propietaria, a la alta burguesía, a los industriales y a los comerciantes, en las tierras vascas acabará con un sistema de propiedad que diferenciaba entre el derecho de abuso, que era el que podía enajenar o ceder el bien y estaba en manos de la comunidad, y los derechos de uso y de disfrute. El liberalismo, en otras palabras, en los territorios vascos iba a suponer la sentencia de muerte del comunitarismo libertario. Bajo las botas de la libertad y propiedad individual quedaba sepultada la propiedad colectiva o común predominante en vasconia. Escribirá Krutwig apuntando lo que es la liberación social: “ (...) con la posesión comunal deberá ser restaurada una genuina comunidad vasca, deberá ser restaurada este derecho de la propiedad mancomunada del pueblo euskaldun. La propiedad pertenece a la comunidad; quien sale de la comunidad pierde sus derechos. El individuo no tiene derecho abutendi sino tan sólo utendi y fruendi, y éstos puede pasarlos a sus herederos siempre y cuando cumpla con la condición de cultivar la tierra. Aparte de la propiedad entregada a en usufructo a las familias, existe la propiedad explotada en comunidad (...) solamente puede ser entregada en usufructo la tierra a laborar. La tierra no laborada, el bosque y el prado son propiedad de la Comunidad euskaldun.”

Como resultado de esta revolución francesa que bien podríamos llamar burguesa y de la derogación de los fueros que protegían este sistema de propiedad comunal aparecerá en la escena vasca la nueva clase opresora y dominante. La clase que, capitalista, española o españolizada hasta el tuétano y con la complicidad y apoyo moral de la Iglesia Católica, desde sus mansiones de Bilbao, Algorta, Neguri, San Sebastián, etc, explotará al pueblo trabajador vasco, consumándose de esta manera el robo que el Estado español comete a nuestro pueblo. Por este motivo, según Krutwig, “No se puede ser nacionalista vasco y partidario de la expoliación humana. Quien se dice nacionalista vasco debe decirse al mismo tiempo progresista, defensor de los derechos de los oprimidos (...) el vasco, para ser conservador en el espíritu de los Fueros, ha de ser revolucionario (...) Un partido nacionalista vasco ha de aspirar en lo nacional y social a la completa libertad.”. Este sería, a grandes rasgos, el nuevo nacionalismo vasco. Ahora bien, la revolución, la liberación no ha de ser solamente en el orden nacional y social, ha de ser también cultural, mental, moral, educativa, medio-ambiental y un largo etcétera hasta abarcar todos aquellos órdenes de la vida en que la justicia, la libertad y la independencia de los individuos y de los pueblos se haya pisoteada. Y para ello, otra vez, el factor de la toma de conciencia de la injusticia y de la voluntad revolucionaria de tomar las decisiones libre, democrática y pacíficamente resulta trascendental. Es el caer en la cuenta de lo que deberíamos ser y no somos, la conciencia en una palabra, y la voluntad de no ser lo que somos y de ser lo que no somos aquello que reanima al corazón de la revolución. Revolución para la que hace falta tener sangre en las venas. Revolución sin derramar una gota de aquélla. Sin hemorragias. Sin sangrías que nos manchen las manos. Revolución pura y pura revolución. Revolución que sin cerrar los ojos de nadie los abra a todos. Revolución sin violencia ante la violencia sin revolución. Revolución, revolución, revolución. ¿Escucháis revolucionarios? ¿Escucháis revolucionarias? Revolución o mejor, revoluciones. Porque no se trata de hacer una revolución cada muchas añadas, no, se trata de hacer muchas revoluciones, una cada añada. O más. Revolución sobre revolución. Porque la vida no es sino una revolución eterna. La vida es revolución contra revolución.

Otro de los factores de nacionalidad al que Krutwig presta atención es la religión. Para él, ésta puede jugar un papel nacional relevante siempre y cuando, y no siempre, la religión de una etnia o de una nación sea otra que la de otra etnia o nación. En este caso, diríamos, la religión en lugar de religar, de hacer próximo al lejano, desliga, aleja a los miembros de una etnia o nación de los de otra. Por este motivo dirá: “(...) allí donde la religión llega a ser un elemento diferencial se puede identificar, especialmente entre el pueblo bajo, los conceptos de religión y de nación. Así, en Polonia católico equivale a polaco, protestante a alemán y ortodoxo a ruso.” Puede ser, pero a decir verdad las religiones y sobre todo las grandes religiones monoteístas que conocemos más que nacional desempeñan un rol internacional o universal. La vocación del Cristianismo, del Islamismo o del Judaísmo, aunque quizás de éstas dos últimas no tanto, es cosmopolita. Otra cosa es que estas religiones hayan podido ser utilizadas políticamente. Pero aún así, aunque se produzca la identificación de una religión con un pueblo, aunque haya quien se considere el pueblo elegido o quien el defensor de las esencias católicas ante el comunismo y vea Leninistas por doquier o quien inicie cruzadas para acabar con el infiel, la verdad es que la religión no solamente puede distanciar a una nación de otra, sino que internamente, en lugar de unir, puede separar a los integrantes de la comunidad nacional. Separar no sólo entre los seguidores de una u otra religión, sino entre los creyentes y los ateos e indiferentes ante el hecho religioso. Así pues, cuando dos colectividades nacionales comparten el mismo Dios o cuando se da al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios, la religión no tiene relevancia nacional, más cuando el Dios de una nación no es el de otra o cuando se da al Cesar lo que es de Dios o al Dios lo que es de Cesar, cuando el político hace de religioso y el religioso, de político, la religión puede ser un elemento nacional de primer orden. En suma, si la religión se pone al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la religión, ésta puede ser un agente nacionalizador o desnacionalizador. Este papel desnacionalizador de lo vasco es, según Krutwig el que ha jugado la Iglesia Católica Apostólica y Romana. Esta Iglesia, diríamos, que es la misma en Euzkadi, España o Francia y que no puede representar por tanto una función diferencial entre estos pueblos, se ha decantado, sin embargo, por los grandes y no por los pequeños, por los fuertes y no por los débiles, por Goliat y no por David. Por esta razón dirá: “La iglesia católica tiene una legislación que se dice imparcial, para salvaguardar las características nacionales de los pueblos en minoría, pero todos ellos son conscientemente ignorados por la jerarquía española en el País Vasco. (...) La jerarquía católica en Euskadi se doblega fácilmente ante los intereses del Estado en que viven los vascos. La Curia Romana hace política francesa a través de la Iglesia y sus ministros en Francia. Y en España, donde se hace proclamar religión de Estado (nótese que escribe en torno al 1960, aunque el análisis sigue siendo válido), se somete a las veleidades e intereses de tal Estado que se dice católico, y que tiene en la Iglesia Española una dócil sirviente. (...) Bien se puede decir que la Iglesia Católica se representa en Euskal-Herria como una fuerza al servicio de la desnacionalización del pueblo vasco y se deberá contar a dicha Institución entre los enemigos del pueblo vasco, entre las fuerzas que asesinan el alma nacional de Vasconia.” Al pueblo vasco podemos decir, pues, que le ocurre con la Iglesia Católica lo que a Jesucristo con ella, es decir, no es el pueblo vasco, no es Jesucristo quien se ha alejado de la Iglesia Católica, sino la Iglesia Católica quien se ha alejado del pueblo vasco y de Jesucristo. ¿Le ocurre algo semejante a Arana con el EAJ-PNV?

En relación a la raza Krutwig, que se muestra muy critico con el hecho de que Sabino Arana considerara este factor esencial para la nacionalidad, aunque no ponga en duda la existencia de un tipo racial vasco va a restar importancia al mismo. Y es que la raza y los grupos sanguíneos, para él, no obstante de tener interés para los científicos, antropólogos e investigadores, no son relevantes como factor nacional o políticamente. Más aún, porque en el caso vasco sostiene que lejos de favorecer la nacionalización ha sido la insistencia en el componente racial y su sobrevaloración un elemento negativo para el pueblo vasco. En este sentido criticará el apellidismo derivado del ensalzamiento de la raza como un elemento que no ha permitido la integración en la sociedad vasca del colectivo inmigrante. Todavía más, por que lejos de defender un purismo racial abogará por la mezcolanza de razas como un método para lograr una raza mejor. En su opinión: “El planteamiento racista del nacionalismo vasco ha sido nefasto en cuanto a la Dinámica nacional, ya que ha desvirtuado completamente la idea nacional. (...) En el caso vasco convendría acabar definitivamente con el mito apellidista, que bien poco significa. Antes bien, deberíamos tener presente que los injertos en raíz ajena suelen dar los mejores frutos (...) Partiendo de este nacionalismo racista, se opusieron sus partidarios a la entrada de elementos extraños, creyendo que estos iban a desvirtuar el pueblo vasco, sin darse cuenta que lo desvirtuaban ellos mismos con su Dinámica negativa (...) en lugar de realizar una Dinámica positiva que asimilase a los emigrantes (...)”. Evidentemente, el poner el peso de la nacionalidad en la raza es, con el mayor de los respetos, uno de los mayores errores de Sabino Arana. Es cierto que hay que contextualizar todo escrito en su contexto y que Arana cuando escribe observa con sus ojos como una población recién llegada está acabando con la moralidad, con las tradiciones, etc. del pueblo vasco, pero a día de hoy, que vivimos en sociedades multiculturales y multirraciales, diversas y plurales lo racial es un elemento al que no hay que conceder tanta importancia. Ya que uno de los retos fundamentales para el nacionalismo en general es saber conectar con estos conjuntos poblacionales que pueden alterar, y si pudieran votar todos aún más, los mapas políticos. Por esta razón y por humanidad, el objetivo del nacionalismo vasco ha de ser no sólo integrar a estos colectivos venidos de fuera, sino evitar que los mismos desnacionalicen a los naturales del país, al tiempo que se establecen políticas para nacionalizarlos. Y es que como dice Krutwig: “No hay duda de que es más vasco un individuo con todos sus apellidos castellanos, gascones y franceses que utiliza corrientemente la lengua vasca que otro individuo con todos sus apellidos euskaldunes, que hable mucho y mal de los Estados opresores pero que no aprenda ni utilice la lengua vasca en su vida cotidiana.” Por supuesto, pero más vasco que quien habla euskera y no tiene conciencia y voluntad de ser vasco, es quien no habla euskera y tiene conciencia y voluntad de ser vasco. Porque ser vasco es mucho más que ser euskaldun, es mucho más que tener apellidos vascos, etc. Vasco es quien, además de sentir y pensar que lo es, actúa como tal por el bien de Euzkadi. No obstante y apuntado esto, un ser concienciado y voluntarioso, imbuido de sentimientos, pensamientos y acciones beneficiosas para Euzkadi se esforzará, qué duda cabe, en la medida de sus capacidades y en función de sus necesidades, por hacer parte de sí aquellos elementos que son idiosincrásicos del pueblo vasco.

En relación con el factor de nacionalidad que es la historia, Federico, que ya vimos que criticaba al nacionalismo por basar la reclamación independentista en tal factor, cae sin quererlo en una contradicción. Y es que, Krutwig, a la hora de delimitar territorialmente el Estado Vasco a constituir emplea, inconscientemente, un argumento histórico. Así, la Euzkadi por él anhelada va más allá del Zazpiak bat, va más allá de Vizcaya, Guipúzcoa, Álava, Navarra, Lapurdi, Baja Navarra o Zuberoa, ya que a estos territorios agregará otros. En su opinión: “Un movimiento nacionalista vasco basado sobre bases étnicas tendrá que reclamar, desde el punto de vista histórico, el restablecimiento de una Euskadi que incorpore la vieja Navarra y el Ducado de Vasconia.”. De esta forma, enclaves integrantes del Ducado de Vasconia como: Armañac, Labrit, Nebuzan, Foix, Bearne, Oluron, Auch, Elusa, Castrum, Bigorra, o espacios geográficos que formaron parte del Reino de Navarra como: La Rioja, Bureba, Alto-Ebro (Villarcayo, Medina del Pomar...), Cuatro Villas (Castro Urdiales), Aragón (Ejea, Sos, Tarazona, Jaca, Sobrarbe y Ribagorza) deberían conformar junto a los siete anteriormente citados la Republica federal de Vasconia. El argumento para ello, como digo, es precisamente el que Krutwig anteriormente rechazaba, el histórico. Como estos territorios en algún periodo de la historia fueron partes del Ducado de Vasconia o del Reino de Navarra lo deberán ser también de la Vasconia futura. Esta opción, evidentemente, tiene sustento en la historia, pero apelando a la misma pudiera haber quien dijera que deben de pertenecer a Francia, Inglaterra o España porque en otros momentos de la historia pertenecieron a ellas. Otra vez, por tanto, nos encontramos con que el mejor argumento para sostener la independencia es el de la conciencia de ser o pertenecer a una nación y la voluntad de unirse o integrarse en ella, o, si se diera el caso, en su estructura estatal. Así, si los ciudadanos de esos territorios, que históricamente han estado sometidos a distintas soberanías, tuvieren una conciencia nacional determinada y una voluntad clara e inequívoca de querer pertenecer a la nación que aquélla les dicta, no debería de haber fuerza, ni derecho ni razón en el mundo entero que, siendo democrática, se opusiera a tal deseo nacional-popular.

En la segunda parte de su libro titulada “Oeconomica” Krutwig va a realizar un análisis económico y de los diferentes sectores productivos: primario, secundario y terciario de Vasconia desde una perspectiva nacional. Así, más que en el análisis en sí, que debe mucho a la época en que está realizado y que a día de hoy ha variado debido a la paulatina merma del sector primario en ramas como la agricultura, pesca, etc, y a la terciarización de la economía, resulta más interesante centrarse en la estructura político-económica que afecta a los territorios vascos que en la coyuntura de la misma. Así, tras reconocer la importancia que el factor económico puede jugar en la nacionalidad, tras reconocer el gancho que tiene un Estado en que la fortaleza económica es motivo de alegrías y no de penas, tras reconocer que una economía boyante une a los ciudadanos tanto como separa una en crisis, Krutwig mostrará la otra cara de la moneda. Es decir, el sometimiento de la economía vascona a los intereses estatales de Francia y España y las consecuencias negativas que del mismo resultan para la unión de los territorios vascones. Dirá: “Hallándose la tierra de Vasconia dividida por la ocupación de las dos potencias extranjeras que detentan su soberanía, nos encontramos obligados a tratar de la economía de Vasconia en dos partes diferentes. La división natural impuesta por los enemigos a nuestra patria hace que este avasallamiento no permita un desarrollo debido a nuestra economía. Los Estados opresores tampoco tienen interés en un tal desarrollo, puesto que a lo único que aspiran es a la desnacionalización.”. Esa división, provocada y mantenida por los Estados opresores de la patria vasca, entre una Euzkadi sur – con su centro económico industrial de grandes empresas y bancas en Bilbao y sus alrededores, con una Guipúzcoa de pequeñas y medianas empresas, con una Álava que empezó con retraso su desarrollo industrial respecto a sus dos hermanas citadas y que predominaba entonces en ella la agricultura y con una Navarra de escasa industrialización y agrícola – y una Euzkadi norte – con poquísimos centros industriales y volcada en la industria turística – está resultando, hablando en plata, un lastre para el despegue de la economía vasca y para la unión política de ambos lados del Bidasoa y de los Pirineos. División de la que hay que culpar no sólo a los entes estatales, sino que tiene nombres y apellidos: las oligarquía española y francesa y la oligarquía, que siendo en muchas ocasiones vasca de origen, ha resultado contaminada del virus españolista y francesista. Por esta razón señalará Federico: “Resulta asimismo un crimen de lesa patria el que cometen los industriales y los banqueros vascos que invierten capitales en extrañas tierras, lejos de la patria, en tierras españolas. Más aún que el Estado español robe a mano armada el fruto del trabajo de Vasconia, para crear, con el sudor de los vascos, industrias enemigas de las nuestras. El fruto del trabajo de los vascones deberá ser empleado en primer lugar en la propia Vasconia, para desarrollar industrias en Navarra, Lapurdi, Zuberoa, Biorna, Rioja y Landas. (...) España roba en Vizcaya y Guipúzcoa. Y con el producto de su robo organizado por el Estado, mantiene en nuestra patria el aparato policiaco y represivo (...) España roba a los vascos para favorecer a los españoles. Es decir que se trata claramente de una conquista por la que se obliga a trabajar a los vascos en favor de los españoles, que son sus plantas parásitas.”. Y otro tanto dirá del Estado francés al que achacará su centralismo, departamentalización y políticas antivascas. Ahora bien, en esa colaboración con el enemigo que realizan algunos vascos se revela otra vez la importancia del factor de conciencia y voluntad nacional. Porque una persona concienciada de su nacionalidad y con voluntad de que su nación sea una piña política, económica, cultural, etc., invertiría sus capitales en su propia tierra para generar, a más de puestos de trabajo, riqueza nacional. Quizás con los otros factores también se invirtiese en el país, pero con conciencia de ser una nación y de los problemas que le aquejan a ésta y con voluntad de unirse para encontrar soluciones a los mismos el dinero, seguro, no iría a parar ni a tierras ni a haciendas estatales extrañas. Esto mismo, aunque su análisis no ponga el mayor peso en este factor de conciencia voluntariosa o voluntad concienzuda, es lo que intuye sin desarrollarlo Krutwig al escribir: “Se necesita una mentalidad que anime a toda la actividad industrial, un amor nacionalista (...)”. Claro, porque qué otra cosa sino a amor patrio es tener conocimiento de causa o conciencia de que uno mismo es parte de una nación que es y voluntad de unirse a ella, de que ésta sea y rija sus destinos en todos los órdenes de la vida nacional. Nacionalismo es amor de patria. Amor que no es sino esa voluntad personal e íntima de diluirse en un todo y procurarle el mayor bien. El bien de la patria. Amor, por lo tanto, y, cómo no, su anverso el odio. Porque el odio, bien entendido y canalizado, es una fuerza nacional a considerar. Amor que no nace del odio y odio que no nace del amor. Amor y odio que son de patria. Amor a Euzkadi y odio a España y Francia. Amor a la nación vasca y odio a los Estados que la encadenan. Odio porque de éstos sólo se recibe odio. Amor y odio, pues. Amor que nos lleve a los vascos a unirnos entre nosotros mismos y como con un cordón umbilical con nuestra madre patria: Euzkadi. Odio que nos lleve a separarnos de quienes nos separan. Por lo tanto, la unión por amor, la separación por odio.

Otro de los aspectos que Krutwig analiza someramente y que tiene gran relación con la economía es el demográfico. Y es que los centros de vida económica son polos que atraen a ingentes grupos poblacionales desde el campo hasta la ciudad, creándose de esta manera desequilibrios en las estructuras de población. Con lo cual los flujos que genera la vida económica no serán sólo de capitales sino también de personas, y por tanto, de cultura, de lengua, etc. De otro modo, el crecimiento económico de un espacio geográfico no sólo generará un crecimiento poblacional en el mismo y en sus alrededores, sino que por la misma regla de tres ocasionará despoblamientos en otros espacios. Con lo cual, el invertir o no capitales y generar o no movimiento económico en determinadas zonas espaciales puede ser un arma política de primera magnitud en función de los intereses que la empuñen. Así, no sólo se podrán provocar emigraciones de grupos de población entre los territorios vascos, sino hacia fuera de los mismos, viéndose numerosos vascos y vascas obligados por el poder económico a un “exilio” de su propia tierra en busca de un jornal en otra extraña y extranjera. En boca de Federico: “Estos efectos son en la mayor parte de los casos consecuencias del colonialismo español, que arroja a los vascones de su patria.”. Todo ello, por supuesto, con el objetivo de desnacionalizar al pueblo vasco. Más aún, porque la relación entre la economía y la demografía es como la pescadilla que se muerde la cola. Y es que para generar actividad económica no sólo hace falta capitales, sino mano de obra y bolsillos de consumidores. Por tanto, “no se pueden crear industrias porque no hay habitantes, y no hay habitantes porque no hay industrias que les puedan dar de comer. Es la fatal concatenación del colonialismo hispano.” Por esta desgracia nacional y por las anteriormente comentadas, Federico como solución va a plantear la independencia del pueblo vasco. Así: “El problema de la vida o muerte espiritual, cultural, económica, técnica y social de un pueblo está íntimamente ligado al de su independencia política. Al hablar de independencia no quisiéramos se nos interpretase este concepto en sentido absoluto, puesto que la independencia de un pueblo está ligada a la de otro y los conceptos absolutos no existen. Queremos decir con ello que el pueblo vascón llegue a ser dueño de sus destinos al igual que cualquier otro pueblo en el mundo. (...) Se debe permitir al pueblo vascón que desarrolle su economía sin otras injerencias que aquellas que siempre se han derivado naturalmente de la interdependencia de los pueblos, pero sin que Vasconia tenga que estar sometida, como ahora a la bota del imperialismo, que la considera como una tribu atrasada de África, y donde el esfuerzo de los hijos de Vasconia sirve para enriquecer a clases opresoras.”. Pues eso: La unión de los separados y la separación de los unidos.

De la parte tercera del libro “Vasconia” titulada “Dinámica” nos vamos a detener en que Krutwig, a más de definir lo que entiende por dinámica nacional y social y dibujar el nacionalismo que impulse ambas dinámicas, va a realizar un interesantísimo análisis de cómo se debe estructurar o constituir un Estado, ya sea nacional o supranacional, para que sea democrático. Así, frente al centralismo por el que abogan, entre otros, la monarquía absoluta o el socialismo centralista, va a defender el socialismo federal. Todo ello, claro, sin perder de vista la realidad de Vasconia y el nacionalismo que defendiendo la liberación nacional y social puede acabar con la opresión tanto política como socio-económica que sufre el pueblo vasco. Vayamos paso a paso.

Si en la dinámica el movimiento y las fuerzas que lo producen son el objeto de estudio fundamental, Federico va a entender la nación como un organismo móvil que, lejos de moverse por sí mismo, es movido por una serie de factores nacionales. Así, la cantidad y calidad de éstos va a determinar el mayor o menor dinamismo de la nación. De modo que, y estas son apreciaciones personales, la desaparición total de los mismos conduce a la desaparición de la nación o a lo contrario de la dinámica nacional: la estática nacional. Estática nacional en la que se cae con facilidad si la etnia o la nación están integradas en un Estado opresor que hace todo lo posible por lograr la desaparición de aquéllas. Ahora bien, también hay otro modo de caer en la estática nacional, y es que a pesar de que una etnia o nación se liberen de un Estado opresor y se constituyan en un Estado propio no están libres de precipitarse en la estática nacional. Es decir, si el Estado, no obstante de ser propio, se dedica a conservar un estado de cosas eliminando el dinamismo de los factores que lo crearon, no es raro que caiga en un estatismo debido a un estatalismo mal entendido. Y es que la vitalidad de los factores que alimentan a la nación, el movimiento que ellos imprimen a la misma es algo que no se debería detener aunque se haya logrado un Estado independiente y libre. Veamos algo de esto en palabras de Krutwig: “La nación es un ente vivo, tiene personalidad. (...) está siempre en un continuo hacerse y deshacerse, destruyéndose y construyéndose, aumentando y disminuyendo. Por esta razón, cuando se trata de valores y características nacionales jamás deberá considerarlos como algo estable. Los valores nacionales son únicamente una tendencia general, un ritmo, que difieren de un pueblo a otro. (...) La nacionalidad es dinámica, algo que vive, y querer definirla como algo estático es matarla (...) La nacionalidad es, asimismo, un ritmo general, derivado sin duda de una sinfonía de los ritmos particulares, en los que se enlazan las diferentes notas para formar una nueva personalidad, que justamente es lo que llamamos la nación. Esta sinfonía es el producto armónico de esos factores, que hemos llamado idioma, raza, mentalidad, cultura, intereses espirituales, intereses sociológicos, intereses materiales, etc. Como ritmo principal destaca casi siempre el idioma propio que da colorido a la sinfonía.” En todo conforme excepto... Sí, en el idioma, en que éste sea el factor que actúe de motor principal. Porque el mismo aprendizaje y empleo de una lengua es una cuestión de concienciación de cuál es la lengua materna de uno, de cuál es la lengua nacional y de voluntad para aprenderla y emplearla. Conciencia y voluntad que son el agua que mueven el molino nacional o los pedales que hacen rodar a la nación. Dicho esto, ¿cuál debe ser la tarea del nacionalismo? Según Krutwig, “el nacionalismo consiste, por lo tanto, en desplegar la máxima Dinámica nacional, cultivando los factores nacionales en intensidad y extensión. No se puede concebir un nacionalismo estático. Si un nacionalismo pasare a este estado es señal cierta de su decrepitud y enfermedad, es señal de que se encamina hacia su muerte.”. Aumentar la intensidad y extensión o la calidad y cantidad, pues, de los factores nacionales es la labor fundamental del nacionalismo. No es sólo, por tanto, un quehacer cualitativo sino también cuantitativo. Cuanto más profundo sea el cultivo de cada característica nacional y cuantas más semillas nacionales haya para regar la nación brotará con más fuerza.

En relación a la constitución de un Estado o de una unión de los mismos en una estructura supraestatal, Krutwig, en contra del centralismo que concentra el poder en un centro y lo descentraliza hacía la periferia, va a defender el federalismo que, en un movimiento inverso al del poder centralizado, parte de las unidades más pequeñas para llegar al todo constituido por ellas. Frente al centralismo que organiza el Estado de arriba a abajo, del centro a la circunferencia, aboga por el federalismo que entiende la construcción estatal de abajo a arriba, de forma que más que de un centro soberano se puede hablar de múltiples centros, aunque jerarquizados, soberanos o mejor, cosoberanos. Por este mismo planteamiento federal se decanta para el espacio de unión económica y política europea que se está desarrollando ante sus ojos. Ahora bien, como en un principio esta Unión Europea parecía que iba a ser de pueblos y no de Estados, el análisis profético de Krutwig, al pecar de optimismo, es erróneo contemplado desde la realidad europea actual, pero no por ello ha perdido un ápice de actualidad. En fin, que su teoría no se ha llevado a la práctica, pero la práctica se debería llevar a su teoría. Dice Federico: “El mercado Común europeo está destruyendo el estatismo que separaba a los europeos y haciendo desaparecer en este sentido la fuerza que supuso, en algún tiempo, el factor estado. Al desaparecer este factor de la dinámica nacional y social, que actuaba primordialmente a favor de la nación-estado y en contra de las minorías nacionales, la dinámica nacional pasa, en Europa, a las unidades reales y naturales: las etnias.·” Lástima que, de momento porque la unión europea ni está acabada ni lo estará jamás en tanto que es un ente vivo, no haya sido así. Lastima que sea una unión de Estados-nación y no una federación de etnias, pueblos o naciones sin Estado. Ahora bien, para Krutwig, el que así no sea llevará a la desaparición de la misma unión, porque la existencia de un ente tal no depende tanto de los Estados como de las etnias que son las unidades vitales y vivificadoras. Por estas razones dirá: “(...) para la supervivencia de la Europa federada todo pensador consciente sabe que la única forma de crear una asociación durable que no se desintegre (...) es que las unidades estatales que han de integrar la futura Federación del Mercado Común Europeo se hagan en base de una estructuración de las etnias, especialmente de aquellas que, como la vasca, han conservado su recia personalidad a través del dominio de estados opresores y de su opresión por estos.”. Por supuesto, pero si así no fuera, como de hecho a día de hoy no es, los enemigos de tales etnias o naciones no pueden ser únicamente los Estados respectivos en que se hayan integradas a la fuerza, sino también la unión de tales Estados en que también se integran las etnias o las naciones sin Estado. En suma, que la Unión Europa, tal y como se está configurando, es tan enemiga de la nación vasca como enemigos son el Estado español y francés. Enemiga porque el problema de los derechos de las minorías nacionales, de las etnias, de los pueblos o de las naciones sin Estado no son, desde el momento en que se estructura la Unión Europea, únicamente un problema interno de los Estados, sino del conjunto de los mismos. De ser un problema de España y Francia se convierte en un problema europeo. Y por tanto, la actitud que demuestre la Unión hacia estas problemática marcará si aquélla está por el problema o si está por la solución, si es amiga de los Estados-Nación o si es amiga de las naciones sin Estado. En palabras de Krutwig: “La libertad de Vasconia, la reintegración a nuestra patria de los territorios que le fueron arrebatados, la reconstrucción de esa unidad étnico-económica (...) es no sólo una cuestión de justicia nacional, sino un problema de dimensiones europeas, del que todo europeo consciente de los problemas de la común patria Europa tiene que ser partidario de resolver pacífica y positivamente.”. Dicho, por tanto, que Europa debe ser un puzzle que se debe hacer desde parámetros federalistas para que las etnias o pueblos y las naciones sean una pieza más del conjunto es interesante entender qué propone el federalismo tanto a nivel político como a nivel económico.

Para Krutwig, ya vimos cómo la revolución francesa y el liberalismo escondían tras las proclamación de la libertad, igualdad y fraternidad y de los derechos del hombre y del ciudadano, a nivel estatal, los principios centralizadores, homogeneizadores y uniformadores y a nivel social e individual, el encumbramiento de la clase burguesa y de la explotación del hombre por el hombre. Por esta razón criticará a una revolución que lejos de ser social, es una revolución de clase, de la clase burguesa, la cual realizada su revolución se convierte en la clase reaccionaria, en la clase estática que trata de mantener el status quo recién conseguido, en la clase que detenta el poder estatal y que se va a oponer a cualquier cambio que sea transformador del Estado y que ponga en peligro la libertad y la propiedad individual. Así pues, las ideas de la revolución francesa y del liberalismo al introducirse de la mano de los liberales y de las clases burguesas en Vasconia no sólo suponen la liquidación del comunismo federal y libertario reinante en Vasconia, según Federico, sino del régimen de propiedad comunal practicado por el pueblo vasco. O de otra forma, la opresión nacional y social a la que se resiste la nación vasca es hija del centralismo de Estado y del liberalismo económico. Por esta razón, la liberación nacional y social, la libertad política y económica son los ingredientes de la solución. Dirá Krutwig: “(...) la idea de libertad política sin libertad económica no es, sin embargo, más que una quimera. Sólo goza de libertad política realmente aquél que posee libertad económica. Por esta misma razón, Proudhon decía que el verdadero problema que tenía que resolver el federalismo no era político, sino económico.”. Y así es, porque la superestructura jurídica, el Estado, no es más que un reflejo de la infraestructura económica. Con lo cual, si el Estado es un instrumento de dominación al servicio de las clases dominantes, transustanciar aquél supone transustanciar a éstas y transustanciar a éstas supone transustanciar a aquél. Un cambio en el Estado sin cambiar las clases que detentan el poder o la soberanía lleva en sí mismo la fatal contradicción, el mal en sí y un cambio en las clases que detentan el poder o la soberanía sin cambiar el Estado, lo mismo. El cambio, por tanto, la revolución liberadora ha de atacar, cuando menos, por estos flancos. O de otro modo, el nacionalismo ha de luchar contra el Estado hasta lograr un Estado propio y el socialismo, contra las clases burguesas y capitalistas hasta lograr un sistema de propiedad comunal. O lo que es lo mismo, el nacionalismo ha de ser social y el socialismo, nacional.

Siguiendo la argumentación, el planteamiento de Krutwig a nivel de Estado no puede ser más claro: “Y es justamente en la estructuración del poder, en reconocer a quién pertenece la soberanía, donde surgen en el socialismo las diferencias mayores, dentro de su seno. Un socialismo, surgido del despotismo centralizante, pretende oponerse al centralismo de la monarquía absoluta, exigiendo para sí el derecho a la soberanía. Se trata del socialismo centralista. Mientras que el socialismo libertario quiere estructurar en forma federal la soberanía, que sería propiedad de la base de la sociedad. El gran problema radica en esta cuestión: ¿Quién es el amo de la soberanía? Si la soberanía corresponde a la base, las unidades más pequeñas serían sus propietarias. Si la soberanía corresponde a la cabeza, las unidades inferiores solamente ejercen el poder en nombre de la cabeza. Cuando se cree que el poder desciende de la cabeza del estado y que le corresponde al jefe de estado, bien sea porque éste invoque su origen divino o un origen popular que le haga aparentemente defensor de la nación, tenemos siempre un régimen despótico. Solamente cuando el poder asciende de las células constitutivas a los complejos mayores podemos hablar de un verdadero ejercicio de la democracia. Así pues, sin libertad en el individuo y en las agrupaciones inferiores de individuos como pueblo, comuna, valle, calle o municipio..., sin que estas agrupaciones sean las verdaderas propietarias de la soberanía nunca gozaremos de una libertad real.”. La soberanía, pues, o asciende o desciende, o sube o baja como los ascensores. Si baja nos hayamos ante un estado centralista. Si sube, ante un estado federal. Así, si se quisiera estructurar federal o confederalmente un Estado, pues la confederación a diferencia de la federación permite voluntariamente salirse de ella a quién voluntariamente se integró, la metáfora del ascensor se revela, a más de visual, práctica. En la planta baja se haya el ciudadano libre y autónomo que decide en qué municipio o pueblo residir. Una vez decidido esto, en el primer piso se haya la federación del municipio, la asociación municipal a la que los individuos particulares ceden su soberanía para alcanzar un bien común y satisfacer comunitariamente las necesidades de todos. En la segunda planta, en el nivel comarcal, nos encontramos con la federación o asociación de municipios de la comarca, lo que podría llamarse la mancomunidad o merindad de los mismos para atender a aquellos asuntos que no son propios de cada uno, sino comunes a todos ellos. En la tercera planta se encuentra la federación representativa de todos los municipios del territorio histórico para entender sobre aquellas cuestiones que superan el nivel comarcal. En la cuarta y última planta se haya la federación suprema que representa la unión de los diferentes territorios históricos para dar respuesta a los asuntos que, al ser nacionales, superan el ámbito territorial. Digo cuarta y última planta porque si la federación nacional decidiera federarse con alguna otra federación nacional habría que añadir una nueva planta al edificio estatal. Este ascensor que asciende, cómo no, de abajo arriba, sitúa la soberanía en primer lugar en el individuo, luego en el municipio o conjunto de individuos, luego en la comarca o conjunto de municipios comarcales, luego en el territorio histórico o conjunto de municipios del mismo y luego en el ente nacional o conjunto de municipios de todos sus territorios. Evidentemente, cada cual, cada nivel aprieta el botón del piso al que quiere subir o no, pero si el Estado se estructura federalmente y no confederalmente, una vez en el ascensor bajarse del mismo ya no depende de la voluntad de cada uno de los niveles o pisos, sino de la voluntad conjunta de cada uno y del último piso. El pacto federal, diríamos, excluye la posibilidad de romperlo unilateralmente, mientras que el pacto confederal permite tal ruptura por la sola voluntad de la parte interesada en la misma.
A diferencia de este ascensor federal que sube, el ascensor centralista baja. Y baja siempre con un ascensorista que obedece las órdenes no del usuario del ascensor, sino del propietario de la última planta. Así, siempre que la decisión del usuario choque con la decisión del propietario prevalece la de éste sobre la de aquél. En suma, que federal o confederalmente no se decide solamente si se sube o no al ascensor y hasta qué piso se sube, sino cuántos pisos va a tener el edificio estatal. Centralistamente, al contrario, no se decide nada, se ejerce un poder delegado, otorgado, concedido, no se es soberano ni siquiera cosoberano, no se tiene más que autonomía para moverse en cada planta. Centralistamente, en lugar de la fórmula federal: uno hace al Estado, el Estado hace a uno. En lugar de decidir todos por uno, uno decide por todos. Lo primero sería Euzkadi, lo segundo es España y Francia. Y para Euzkadi o, en palabras de Krutwig, Vasconia la organización que propone él es la federal que se practicaba antiguamente. Sin detallarla minuciosamente, porque volveremos sobre ella más adelante, la filosofía federal que plantea sería la siguiente: “El tipo de sociedad reclamado por los socialistas pre-marxistas era la existente en Vizcaya, con grupos, unidades relativamente reducidas, soberanos y unidos en federaciones. Puesto que en Vizcaya los valles y las anteiglesias estaban unidos en esta forma y eran depositarios de la soberanía, todos los habitantes hacían uso directo de ella, sin que existiese delegación. Reunidos en entidades intermedias – Tierra Llana, Duranguesado, Encartaciones, etc. – las unidades inferiores vizcaínas pasaban a formar parte de la unidad superior llamada Señorío, que no era más que la federación y en la que la soberanía llegaba de la base.”. Es con esta estructura organizativa de las repúblicas federales vascas con la que terminan la ley confirmatoria de los fueros sin perjuicio de la unidad constitucional de la monarquía y la ley derogatoria de los mismos. Así, Vizcaya, Guipúzcoa, Álava y Navarra pasan de ser territorios históricos, los tres primeros, y reino, la última, a ser provincias del Estado español. Y lo mismo sucederá en Iparralde o Euzkadi continental, pues a raíz de la Revolución Francesa Lapurdi, Behenafarroa y Zuberoa, territorios que se regían según sus Fueros, quedaban, al suprimirse éstos, integrados en el departamento de los Bajos Pirineos del Estado Francés.

Visto lo que plantea el federalismo político, en lo económico, Krutwig, como ya analizamos, va a plantear el sistema de propiedad comunal, aquél que distinguía entre los derechos de abuso, de uso y de disfrute. Pero el federalismo, que no se limita a lo político, a la unión de los animales políticos, de los ciudadanos, pueblos, comarcas, territorios, etc., va en lo socio-económico más allá del sistema comunal tanto de la propiedad como de los medios de producción. Así, el federalismo económico que plantea hace referencia a una federación de ramas de actividad, de sectores productivos, de distribución de lo producido, de consumo, etc. Es decir, que es posible la federación, por ejemplo, de los ganaderos o de los agricultores o de los pescadores hasta llegar, digamos, a la federación que represente a todo el sector primario. Y lo mismo en otras ramas de actividad y sectores productivos.

Lo que no queda, quizás, del todo claro en Krutwig es qué debe preceder a qué, si la liberación nacional que dé lugar a la constitución de un Estado propio o la liberación social que establezca un sistema comunal en que “todo será de todos y nada será de nadie”. Digo quizás porque a tenor de lo que él escribe parece: o que la liberación nacional antecede a la social o que ambas han de darse simultáneamente. Por ejemplo: “Se ha convertido en una necesidad vital para el pueblo vasco destrozar y hacer añicos la actual maquinaria estatal, instrumento de la opresión nacional. La eliminación de la opresión traerá al pueblo vasco la liberación nacional y a los oprimidos hijos de Vasconia, o habitantes de su suelo, la liberación de la opresión social.” En esta cita primero habría que derrotar al Estado. Pero en esta otra aparece el elemento sincrónico: “Nuestra patria tendrá que crearse un sistema propio de organización social, una vez que logre liberarse de la opresión colonialista a que está sometida. Como ya hemos dicho anteriormente, la lucha en Vasconia es doble: se trata de hacer saltar las cadenas de la opresión social y, al mismo tiempo, de crear en el nuevo orden que la sustituya la forma jurídica de acuerdo con la auténtica realidad vascona.”. Ahora bien, liberación nacional primero y liberación social después, o ésta primero y después aquélla, o ambas al mismo tiempo, la verdad es que si “el estado es, en general, siempre un instrumento de la opresión al servicio de las clases dominantes (...)”, no puede haber estado sin clases dominadoras, ni clases dominadoras sin estado. Por lo tanto, si la revolución liberadora lo es de verdad en lo político y social, derrotar al Estado es derrotar a las clases que en él detentan el poder y derrotar a la clases que en él detentan el poder es derrotar al Estado. Si es de verdad, porque si no, puede ocurrir que se altere la infraestructura económica sin alterar la superestructura política o que se altere la superestructura política sin alterar la infraestructura económica. En suma, que la liberación para ser verdadera ha de acabar con la opresión socio-económica que ejercen las clases dominantes y con la opresión política que ejerce el Estado dominativo, a más claro, de con otro tipo de opresiones. Por estas razones, el nacionalismo que Krutwig propugna ha de esgrimir junto a la reivindicación independentista la socialista.

En la parte cuarta titulada “Histórica” del libro que venimos comentando Krutwig, tras datar el nacimiento del nacionalismo y destacar los errores del fuerismo, va a sentar las diferencias fundamentales entre el nacionalismo aranista y el nuevo nacionalismo de corte izquierdista.

Empezando por la datación del nacionalismo, para él, éste, entendido como conciencia nacional de un pueblo que es capaz de desarrollar una dinámica nacional positiva, una dinámica que no se centra tanto en el estatalismo como en el movimiento nacionalista o en la fuerza de los factores de la nacionalidad, comienza con la Revolución francesa. Así, el comportamiento político en 1794 del Alcalde de Donostia Michelena o de los Diputados Echave y Barroeta al tratar de negociar, durante la guerra de la convención que enfrentaba a Francia con España, una paz separada de Guipúzcoa con la República francesa o la neutralidad en adelante, incluyendo, entre otros aspectos, la declaración de independencia de Guipúzcoa y el mantenimiento de los Fueros como contraprestación, se puede considerar, según Krutwig, de patriótico y nacionalista. A estos ejemplos añadirá otros, pero lo interesante es advertir que en su opinión estos sentimientos nacionalistas errarán al igual que el fuerismo no sólo al situar el peso del argumento independentista en la historia, sino al equiparar nacionalismo con estatalismo. De este modo Federico, sin dudar de que los Fueros equivalen a códigos nacionales, sin dudar que son sinónimo de soberanía o independencia, dirá: “Por ende, la restauración de los Fueros equivale a la restauración de la soberanía de los ex-estados vascos, en el pleno ejercicio de todos los derechos inherentes a la soberanía nacional. Esta es inequívocamente la tesis fuerista y a ella no se puede oponer ningún nacionalista consciente. Ahora bien, esta exposición que en aquélla época pudo haber sido más que suficiente para la recuperación de la independencia nacional no pasa de ser una tesis estatalista... y no es ni con mucho una tesis nacionalista.”. ¿Por qué no? Oído al parche: Para Krutwig, lo propio del nacionalismo no es el derecho de la nación a constituirse en un Estado, sino el derecho de la nación a ser una nación. La nación y no el Estado, pues, es la esencia del nacionalismo. Por esta razón manifestará que: “No hay duda de que puede haber nacionalismo sin estatalismo y estatalismo sin nacionalismo. Un nacionalismo es condición previa a la que sigue casi indefectiblemente la independencia de un estado que sirve para garantizar el ejercicio de las prerrogativas inherentes a toda nación, mientras que de la existencia de un estado no se deriva eo ipso la de una nación. Hay muchas naciones divididas en varios estados. (El caso vasco es buena prueba y debiera habernos precavido contra el error). El nacionalismo vasco se dedicó, después del fuerismo, a hacer estatismo a igual título que el carlismo. (...) Luchando, pues, por la instauración de un estado propio y habiendo desatendido demasiado la nacionalidad vasca, los sedicentes nacionalistas han sido culpables en gran parte de la desnacionalización reciente del pueblo vasco... y de la pérdida del sacrosanto derecho a la independencia, puesto que este derecho no se deriva – como se afirma en la tesis fuerista – de que en siglos anteriores hubiese habido una independencia, ni que la misma haya sido confirmada por el juramento de treinta reyes. El derecho a la independencia lo posee hoy en día toda etnia que reúna las condiciones que la transformen en una nación, es decir, una conciencia propia y una voluntad de regir sus propios destinos.”.Es cierto, en parte, lo que dice Krutwig, pero también lo es que una nación, que un conjunto de personas conscientes de que poseen una serie de factores nacionales que los hacen diferentes a otras y con voluntad de unirse para mantenerlos no pueden ser, ser en el fondo libres, independientes y dueños de sus destinos sin ese mastodonte jurídico-político al que llamamos Estado. Y a la inversa, ese mastodonte jurídico-político al que llamamos Estado no puede ser sin esa nación. Podrá haber otras naciones en el Estado, pero siempre hay una predominante. Siempre hay una nación dominante del Estado y siempre hay un Estado de la nación dominante. Nación y Estado son dos caras de la misma moneda. Por esto una nación sin Estado o un Estado sin nación no es más que una moneda que cae de canto. De canto porque entonces ni el Estado es nacional ni la nación es estatal. O de otro modo, el nacionalismo ha de ser estatalista y el estatalismo ha de ser nacionalista.

Teniendo presente lo anterior, para una nación hay momentos en que el Estado – o un marco jurídico-favorable para las aspiraciones nacionalistas – es más necesario que en otras y para el estado hay momentos en que una nación es más necesaria que otras. Cuando la nación es fuerte, cuando sus características nacionales están rebosantes de salud la necesidad de un Estado, que garantiza a la nación y sus características, no es tan urgente como cuando la nación está de capa caída. Y lo mismo ocurre con el Estado, cuando éste es fuerte, cuando esta legitimado por la nación o naciones que lo integran, la necesidad de una nación dominante no es tan necesaria como cuando la legitimidad está por los suelos. Tan es así que en épocas de debilidad para la nación, para la conciencia y voluntad nacionalista, la nación debe ser el fin del nacionalismo. Y al contrario, en coyunturas de fortaleza nacional y de pujanza de la conciencia y voluntad nacional el fin del nacionalismo ha de ser el Estado. Otro tanto sucede con el Estado. Si éste es poderoso la nación ha de ser un medio. Si es débil, el Estado ha de ser un fin. Por esta razón no ha sido tan errónea, como cree Krutwig, la argumentación histórica del nacionalismo o mejor del prenacionalismo y la defensa de aquellos Estados o semi- Estados que eran los territorios vascos con sus fueros, etc. Porque cuando se empuñan las armas, como en las guerras carlistas, para defender tal estado de cosas quiere decir que la conciencia y la voluntad nacional son consistentes, que la nación era fuerte. Y es cuando ésta es fuerte cuando hay que perseguir el objetivo estatal o la defensa de aquellos Estados o semi-Estados. Más aún, porque si a partir de la derogación de los fueros la nación empieza su caída en picado y la mejor garantía de la nación es el Estado, o en su defecto el estatuto, es razonable la pretensión de alcanzar tal seguridad mediante el logro de aquél o de éste. Y esto, y no otra cosa, es lo que ha intentado el EAJ-PNV desde su fundación: intentar constituir un Estado vasco que garantice la personalidad vasca o en su imposibilidad un estatuto. Ahora bien, también es cierto lo que argumenta Federico. Y es que lo que garantiza la existencia de una nación, a más de un Estado o un estatuto, es el cultivo de los factores nacionales. Por este motivo quizás tenga razón al apuntar que el nacionalismo histórico atendió en exceso el objetivo estatal descuidando el nacional. Quizás. Pero más grave que errar en los fines es errar en los medios para conseguirlos. Y si el nacionalismo histórico ha errado en los fines, ha acertado en los medios. Al contrario que el nuevo nacionalismo, que ha errado en los medios, si ha acertado en los fines. Lo cual es gravísimo, porque si hay fines que niegan los medios, hay medios que niegan los fines. Así de claro. Cada cual ante su espejo. Por este motivo dirá Sabino: “No se crea, sin embargo, que el remedio está hoy en empuñar el fusil contra el maketo. Nada de eso. El remedio está en desterrar de nuestra mente y nuestro pecho toda idea y todo afecto españolista.”. Pues eso.

Pasando de puntillas por otros aspectos que trata Krutwig en esta parte “Histórica”, no más que señalar que una serie de cuestiones:

Una. Frente a la predominancia que Arana establece de la raza como factor nacional, él va destacar, como ya se ha apuntado, el idioma. Ahora bien, también señalara que “Al combatir la tesis racista, no debe caerse tampoco en el extremo contrario y pensar que la raza no tiene importancia. Pero la raza es secundaria frente al idioma ya que éste es el que, al ser la herramienta del pensamiento, forja nuestra mente, aunque es a la vez influido por ésta.”

Dos. En relación al Euskera y oponiéndose a Arana, para quién si la raza se pierde se pierde todo, dirá que: “El ambiente propio de la condición de vasco está en el euskera y, perdido éste, lo que llegaría a desarrollarse sería mejor o peor, pero ya jamás sería vasco (...)”. A mi juicio, los factores nacionales son importantes, todos ellos, aunque unos más que otros. No obstante, lo fundamental es que haya los que haya sean los suficientes como para despertar la conciencia de ser una nación y la voluntad de mantenerla y de unirse para ello en un destino histórico común. Por esta razón no importa tanto si el euskera antecede a la raza o la raza antecede al euskera como el hecho de que el euskera, la raza, la historia, la cultura, etc. sean un estimulo para la conciencia y la voluntad nacional. Sin éstas lo demás factores son cerillas, con ellas un barril de dinamita nacional.

Tres. Respecto al odio hacia España, Krutwig comparte el análisis sabiniano, aunque cree que el espíritu de Arana ha sido traicionado por sus discípulos al mercadear, aliándose para ello con los opresores de Vasconia, echándoles los tejos y tratando de cautivar a los españoles, ya de izquierdas ya de derechas, un estatuto. Es en este marco donde se entiende el odio de Arana a España. Y es que según Sabino: “Para ser patriota, es preciso amar la libertad de la Patria. Para amar la libertad de la Patria, es preciso odiar a muerte a quien la esclaviza.”. No obstante, este odio no es gratuito, no es porque sí, sino que nace, según el maestro, como respuesta al odio que España nos profesa y del amor que sentimos hacia Euzkadi. Escribirá Sabino: “Los euskerianos nacionalistas aborrecen a España, porque ha pisoteado sus leyes patrias, profanado y demolido su templo y uncido a su Patria al yugo de la esclavitud más infame, y está corrompiéndole la sangre, que es la raza, y va a arrancarle la lengua, que es el Euzkera, y acabará por estrujarle el corazón del sentimiento nacional.”

Cuatro. Si por todo lo que se lleva dicho no ha quedado ya claro que la critica de Krutwig más que a Arana, en quien atisba elementos interesantes para el nacionalismo, es a sus seguidores, valga la siguiente cita: “Del nacionalismo de Sabino hay que aceptar, como es evidente, cuanto sea útil hoy para nuestro pueblo, (...) pero hay que rechazar (...) cuanto sea inservible.”. En definitiva, que complejo de Edipo sí, pero sin llegar a matar al padre. De éste otro de los aspectos que Krutwig condena es la religión. El Jaungoikoa del lema JEL no se aviene bien, según Krutwig, con el paganismo y cristianización tardía del pueblo vasco. En su opinión, citas como la siguiente de Arana no tienen razón de ser: “Ideológicamente hablando, antes que la Patria está Dios; pero en el orden práctico y del tiempo, aquí en Vizcaya para amar a Dios es necesario ser patriota, y para ser patriota es preciso amar a Dios, porque Éste se halla comprendido en el lema patrio.”. O esta otra: “...para ser patriota es preciso aceptar en todas sus partes el lema tradicional de Jaun-Goikua eta Lagi-Zarra.”. Dicho esto, también es cierto que Krutwig comparte la critica que Arana realiza, no a la religión en sí, sino a la Iglesia, a su Jerarquía y al catolicismo español enemigo del pueblo vasco. En este sentido señalará Sabino dirigiéndose al Clero y a las Órdenes religiosas: “No pretendemos que apoyen la política nacionalista; que nuestro Partido ni aun recibe como afiliados a sacerdotes: únicamente les pedimos respetuosamente que no nos combatan; les suplicamos prediquen sólo el Evangelio, no prediquen la sumisión a España.”.O de otro modo, que prediquen, por que es un bien moral, el reino de Dios y no el reino de España.

Cinco. Criticando nuevamente el argumento histórico-fuerista del nacionalismo del EAJ-PNV para reclamar la independencia dirá: “Las razones históricas pueden ser fundamentos secundarios, que sirven para acrecentar la personalidad de un nación, pero nunca son suficiente para la independencia nacional. La razón suprema de los vascos para formar un estado propio radica en que son una etnia diferente, que forman tierra aparte, que tienen conciencia de ello así como en la voluntad de formar estado propio, que tienen derecho como nación.”. ¿Seguro? ¿Qué otra cosa es la historia vascona sino la historia de la etnia vasca y la historia de la conciencia de ser una nación y la voluntad de serlo libre e independientemente? ¿Qué otra cosa sino conciencia de ello y voluntad de ser unos Estados propios significa ese deseo de conservar la soberanía que representan los fueros? ¿Qué otra cosa sino conciencia y voluntad histórico-nacionales son las resistencias que han mantenido los vascos a la invasión contaminante de romanos, bárbaros del norte, godos, musulmanes, españoles, franceses, etc? En fin, que nuestra etnia y su conciencia y voluntad nacionales son históricas. El argumento histórico, evidentemente, demuestra que no hemos sido jamás un Estado vasco unido, sino muchos desunidos. Demuestra, a su vez, que hemos sido siempre una nación. La nación vasca, aunque a veces, quizás más que en el sentido moderno de conciencia y voluntad nacional, en un sentido más natural, más instintivo, más salvaje. Quizás no tan teórica, pero mil veces más práctica. Por esta razón tanto sentido tiene el nacionalismo de nuevo cuño y acorde a los tiempos modernos e industriales como el nacionalismo de toda la vida. El nacionalismo no tanto de ciudad como el de las montañas, valles y campos. El nacionalismo, más que de malos humos de chimenea, el de aire puro de las cumbres.

En la parte de su obra que se titula “Política”, que es la quinta, Krutwig, además de poner frente a frente al nacionalismo de la postguerra, que es principalmente estatutista y conservador, y al nuevo nacionalismo, independentista y progresista, va a tratar de definir las líneas maestras de este último. Así explicará, entre otras muchas cuestiones, las razones de su aparición en la escena vasca, su actitud ante los inmigrantes o, y esto es lo más interesante, cómo se estructuraría políticamente Vasconia.

El primero de los puntos a tratar es el cuadro que, a dos colores claramente diferenciados, va a dibujar Krutwig . El negro vendría representado por la generación que tras pelear en la guerra ha de marchar al exilio. Mientras que el verde personifica a aquella otra que, siendo hija de la anterior, va a dar nacimiento al nuevo nacionalismo. Este es el cuadro: “Generación de preguerra: vasquista en cierto grado, conservadora, clerical, más bien sabiniana que nacionalista, muchos estatutistas entre ellos, partidarios de un acuerdo con España, tendencia al pacto y trueque político. Defensores de los intereses económicos del país (aunque en realidad lo eran de una clase en Euzkadi).
Generación de posguerra: vasquista (euskarista mayormente), progresista, aconfesional cuando no es anticlerical, nacionalista pero no sabiniana, separatista, partidarios de la separación de España y Francia, si es preciso empleando la fuerza, nada de políticos.” Dos mundos, en realidad, pero no tan alejados como a primera vista pudiera parecer. Y es que lo análisis teóricos, al hacer de algo abstracto algo concreto, no trasladan al lienzo infinitud de matices. Matices que hablan no de una incompatibilidad entre uno y otro nacionalismo, sino de una complementariedad entre ambos. El primero representa, más bien, la tradición, el segundo, el progreso. Aquél, navegando hacia el medio político, pesca, sobre todo, en aguas de centro-derecha, éste, navegando hacía la siniestrilla, en las de centro-izquierda. Uno es más capitalista que socialista, el otro, más socialista que capitalista. El capitalista es más de decir amén, el socialista, de repartir las hostias. Quien dice amén es, en la práctica, mas autonomista que independentista, quien reparte hostias, más independentista que autonomista. El autonomista es violentamente político, el independentista, políticamente violento. El político es, en el fondo, un “angelito” que pactaría con el “diablo”, el violento, un “diablo” que pactaría con el “angelito”. Es una caricatura de ambos nacionalismos y, evidentemente, ni aquél tiene los papos tan grandes ni éste la nariz tan larga. Pero se les reconoce, su cara nos resulta familiar.

El segundo punto a considerar es por qué surge este nuevo nacionalismo. Y es que no es sólo la apatía en que había caído el nacionalismo en el exilio lo que da cuenta de este surgimiento, sino que la coyuntura internacional y los cambios sociales en la sociedad vasca, la desatención hacia la clase proletaria, los inmigrantes y la justicia social tienen mucho que ver en ello. Explicará Krutwig: “ (...) el nacionalismo vasco tendría que acomodarse a las nuevas situaciones sociológicas dominantes en Europa. Si en alguna época, en el nuevo mundo, pudieron nacer los nacionalismos como una oposición conservadora frente al estado y cuyo fin era mantener las propias esencias antiguas, en la época actual se ve que solamente alcanzan su triunfo aquellos pueblos cuyo nacionalismo es progresista, donde las reclamaciones nacionales van unidas con las justas reclamaciones sociales de los individuos sometidos a la tiranía extranjera. No le cabían otras alternativas al nacionalismo vasco. O seguir siendo una fuerza conservadora, clerical y pastoril o convertirse en un movimiento de masas, que reclame la Justicia nacional y la social. Así, uniendo a estos factores emprender una lucha contra ambos estados opresores y desnacionalizadores.”. Así pues, Federico se da cuenta de que a la opresión nacional hay que añadir la social, de que hay entre las clases sociales una que esclavizada al trabajo por el gran capital exige justicia al tiempo que no encuentra consuelo entre la feligresía del nacionalismo histórico. En el fondo, lo que Krutwig vislumbra, aunque así no lo exprese, es que la liberación nacional es más burguesa que proletaria, mientras que la liberación social es más proletaria que burguesa. Por esta razón, si el nacionalismo ha de luchar por ambas liberaciones, esa clase de trabajadores e inmigrantes pueden jugar un gran papel tan sustancial en la reclamación de los derechos socio-económicos, en la lucha por la justicia social, como el que juegan los “burgueses” o clases medias en la reclamación de los derechos políticos, en la lucha por la justicia nacional. Por esta razón dirá Krutwig que “Para esta clase de gente no sirve un nacionalismo de la antigua escuela. Ellos son partidarios, tanto en Vasconia como en cualquier parte del mundo, de un ideal político progresista. Este grupo humano es el que engrosa las filas de los partidos socialistas. Dado que en el País Vasco no existe un partido específicamente nacionalista que al mismo tiempo tenga un contenido progresista, existe el gran peligro de que estas masas, que con la evolución de la economía y de los factores sociales han de ir incrementando, se pasen a partidos españolistas y que entonces en vez de vasquizar a los inmigrados la élite cultural, que hoy como decimos es vasca, pudiera darse el caso que la masa de los inmigrados, por su cantidad, españolizasen a la élite cultural vasca.”. Dicho lo cual, Krutwig plantea en cuatro pinceladas los rasgos del nuevo nacionalismo que deberá: “1. Ser vasquista. 2. Ser partidario de la gran Vasconia. 3. Ser progresista en lo social, en lo económico y en lo político. 4. Representar una tarea. (...) El futuro nacionalismo ha de ser euskarista (...) sin euskera (su empleo y cultivo) resulta imposible la personalidad y el desarrollo histórico y futuro de nuestra etnia (...) Los demás factores se unen en torno a él (al idioma) y aumentan la personalidad vasca.”.

Si esto acontece en lo social, en lo político Krutwig se da cuenta de que el nacionalismo, en la posguerra, tiene cifradas sus esperanzas de derrotar al franquismo en los anglosajones; en Inglaterra y en los EEUU, cuando estas potencias han demostrado que sólo les guían los intereses económicos y no los ideales de libertad, democracia, derecho, etc., aunque los tengan todo el día en la boca. Se da cuenta – aunque resta importancia al hecho de que el EAJ-PNV también jugó, es el caso, entre otros, de don Manuel de Irujo liderando en 1941 el Consejo Nacional Vasco que redactara una Constitución para confederar a los territorios vascos y crear así un Estado vasco con forma republicana e independiente, la baza independentista – de que el nacionalismo anda flirteando con los españoles de izquierdas y republicanos para reinstaurar un Estatuto que quedó sepultado bajo los escombros de la república. A la postre, cae en la cuenta de que el nacionalismo no sólo se desentiende de la nación, sino de que se ha embriagado con la búsqueda de un estado o mejor de un estatuto de pocos grados políticos. Vamos, que hace eses porque ha errado en las alianzas, en los fines, que deberían ser los de liberación política y social, a más de, y esto es de armas tomar, en los medios. Convicción ésta que explica por qué Krutwig plantea la siguiente disyuntiva: “En 1962 se le plantean al pueblo vascón (...) dos caminos posibles para la solución de su problema. La primera solución consiste en seguir por el camino de la persuasión y tratar de extender el nacionalismo vascón con el fin de alcanzar en un futuro, seguramente bastante lejano, la creación de un estado vasco en una confederación europea. La segunda solución sería la adoptada por los pueblos asiáticos y africanos que han arrojado el yugo del colonialismo, y que siempre va acompañada del empleo de la fuerza, aunque sea en pequeño grado.” Persuasión o incursión, parlamento o armamento, engatusar o enseñar las uñas, ganar o ganar. A las buenas o a las malas. No hay, según Krutwig, otras opciones. ¿No? ¿Y ambas a la vez? Porque de hecho, haya habido o no una estrategia conjunta entre los dos nacionalismos, una concomitancia de ambas vías es lo que ha ocurrido. Y como ha ocurrido la pregunta es qué ha obtenido cada uno de ellos de los medios a los que ha recurrido. ¿La independencia? Ni el uno, ni el otro. ¿La liberación social? Tampoco. Pero el estatuto, nos guste más o nos guste menos, es un triunfo, no una victoria, que se puede apuntar el EAJ-PNV. Más aún, la pregunta es si la vía pacífica y estatutaria ha impedido alcanzar la independencia o si no ha sido, más bien, la vía independentista y violenta la impediente. Es la violencia junto a la violencia de los Estados dominadores lo que ha imposibilitado el logro de nuestros ideales de libertad, justicia e independencia. Por este motivo, el nacionalismo democrático y pacífico ha de hablar, frente a la violencia y a la violencia del no, del no a la violencia. A toda violencia. Venga de donde venga. Conscientes en todo momento de que sólo conseguiremos ganar a los Estados, que no nos ganan ni nos van a ganar, ganando a la sociedad vasca, captando su respaldo socio-político, su ayuda y su favor. Porque una de dos: o ganan los Estados porque perdemos a los vascos y vascas o pierden aquellos porque ganamos a éstos. ¡Ganemos de una santa vez al pueblo vasco y que pierdan, qué demonios, los Estados! Los Estados, sí, el español y el francés, porque en esto, en quién es el verdadero enemigo del pueblo vasco, Krutwig, al igual que anteriormente Sabino Arana, no tiene ninguna duda. Así, tras asegurar que “ (...) los socialistas (...) en la evolución social hade tiempo que fueron dejados atrás por los comunistas. Y ahora sólo saben defender la burguesía, que antes combatían. (...) No cabe duda de que este partido socialista español, aunque se llame sección de Euzkadi, era y es tan enemigo de la patria vasca como cualquier partido de derechas.”. Federico, citará al maestro del nacionalismo vasco, Sabino Arana, para apuntar quién es el enemigo del pueblo vasco y de la causa independentista. Así: “Es notoria ridiculez imputar a un gobierno o a un partido determinado lo que es obra de toda una nación. España es la que, después de sujetar a los pueblos euskerianos, les ha ido arrebatando cuanto por derecho originario poseían. No uno, sino muchos han sido los gobiernos españoles que han tomado parte en la inicua usurpación; muchos más los que la han sancionado y confirmado; y todos los partidos españoles, unos abiertamente, otros aparentando fuerismo, pero españolismo políticamente a nuestra patria, todos sin excepción han contribuido a su desgracia y están trabajando su completa ruina.”. Lo mismo sería aplicable a Francia y a las naciones de ámbito internacional que les prestan su apoyo. Con el agravante, además, de que, cuando escribe Krutwig y tal vez lo rescribiera hoy día, el enemigo se ha colado en el interior del nacionalismo histórico y de ciertas clases sociales que, siendo vascas de nacimiento, resultan españolizadas en su crecimiento: como la alta burguesía y la oligarquía. Y es que, desengañémonos, gobiernen unos u otros, manden derechas o izquierdas, a los vascos nos quieren calladitos y obedeciendo. Por esto resulta nefasto obtener algo de quien quiere quitarnos todo. Porque veamos: La derecha española, que es capaz de pactar con los nacionalistas vascos para acabar con la izquierda, es capaz, neutralizada ésta, de pactar con ella para acabar con los nacionalistas vascos. Más, la izquierda española, que es capaz de pactar con los nacionalistas vascos para acabar con la derecha, es capaz, neutralizada ésta, de pactar con ella para acabar con los nacionalistas vascos. En fin, que quieren acabar con el nacionalismo y el pueblo vasco. ¡Ay! ¡Ah! ¿Sé? ¿Sí? ¿No? Así es, desde luego. España, Francia, quienes las gobiernan y demás desangran, y no pararán hasta la última gota, al pueblo vasco.

Llegados ya a este punto nos queda por ver, sintéticamente, la propuesta socio-económica y política de Krutwig para estructurar el Estado vasco. En relación a lo primero, el sistema de propiedad, tanto de la tierra como de los medios de producción, que diferenciará entre el derecho de abuso, uso y disfrute, será comunal. La propiedad, por tanto, que estará en manos de las comunas o biltzarres, tendrá una funcion social o comunitaria. Por que el objetivo es que todo sea de todos y nada de nadie. Todos, a su vez, estarán obligados a trabajar. A trabajar en función de sus capacidades y a recibir el fruto del trabajo en función de sus necesidades. Trabajo, producción, distribución, etc, que serán determinados por la comuna, la cual deberá fomentar las federaciones que agrupen a tales ramas.
Si este sistema, más o menos, de justicia y libertad plantea en lo económico, los mismos valores libertarios e igualitarios se hayan presentes en la estructuración estatal. Estructuración que partiendo de la soberanía y libertad del individuo para establecer las relaciones consentidas que considere oportunas sigue en dirección ascendiente hasta llegar al Biltzar soberano de la Comunidad nacional. Del individuo asociado, pues, libremente a la comuna municipal se pasa a ésta que contará con un biltzar soberano. Con el conjunto de éstos y tomando como referencia las comarcas se formara una federación comarcal (De Tierra Llana, del Gran Bilbao, de Encartaciones, etc.), que estará a su vez gobernada por un biltzar soberano cada una. Entre los biltzarres soberanos de estas comunas comarcales y la Camara Alta de Vizcaya o Parlamento Vizcaíno se desarrollará la potestad legislativa, de forma que aquellos dispongan del pase foral o veto a las disposiciones que estimen perjudican sus intereses. La potestad ejecutiva, por otro lado, residirá en un corregidor, elegido por los biltzarres soberanos de las comunas comarcales, que elegirá a los diputados. Por último, el poder judicial estará representado por el Tribunal supremo de Vizcaya. En los otros territorios históricos de Vasconia la estructuración jurídico-política se hará de forma parecida, de forma que entre todos ellos formen la federación suprema en la que haya una división entre los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Expuesta, pues, de forma resumida, esta configuración del Estado vasco, lo que llama la atención es que la federación conculca un principio fundamental del sistema foral. El de cada territorio es soberano en todo momento. Mientras que con la Federación, una vez que un territorio, pongamos por caso, decide integrarse en ella ya no es soberano para decidir separarse de la misma. Es por este motivo que la Confederación, y no la Federación, al permitir tanto la integración como la separación es más respetuosa con el espíritu que anima el régimen foral. En fin, que son dos concepciones contrapuestas; la federativa que aboga por la unidad de los vascos, pero que cae en un estado unitario, y la confederativa que, defendiendo la misma unidad, no es unitarista, sino defensora de las libertades forales y del espíritu independentista, aun cuando éste sea intravasco.

“Bellica”, así se titula la parte sexta del libro “Vasconia”. “Bellica” que es la última que vamos a tratar, pues las ideas de la séptima, “Dialéctica”, y el prólogo están ya suficientemente explicadas. “Bellica” que a ningún ser humano, por los medios que el autor propone para alcanzar el fin de la liberación nacional y social, puede dejar indiferente. Y es que en esta sección Krutwig plantea abiertamente la lucha armada. En ella, aunque no abordemos todos estos puntos, define lo que es la guerra revolucionaria, cuál debe ser la estrategia de la misma, los tipos de guerrilla, los objetivos de las acciones violentas, el retalión o filosofía de la acción y reacción, el concepto de jerarquías paralelas u organización paraestatal, etc. Vayamos al grano.

La primera pregunta a contestar es ¿Por qué aboga el autor por el empleo de la fuerza? ¿Qué razones ofrece para ello? En su opinión: “Cuando la política ha agotado todos sus medios a su disposición se le impone la guerra justa de liberación a quien estando convencido de la justicia de su causa ve que el contrario no quiere admitir el diálogo.” Por tanto, la guerra, calificada de justa, no es una opción que se defienda siempre, sino sólo cuando los medios políticos son improductivos para resolver los problemas y cuando la otra parte niega el diálogo. Ahora bien, ¿quién decide si se han agotado los medios políticos? ¿Por qué no se conquista primero un respaldo abundantemente mayoritario del pueblo? Porque éste, y ya lo veremos, va a ser uno de los muchos errores de Krutwig. En lugar de obtener el apoyo popular y dialogar, y luego, - aunque no soy partidario de ello, de emplear las armas y no lo repetiré por claridad expositiva – si se diera el caso, utilizar la fuerza armada, Krutwig va a plantear lo contrario, es decir, utilizar la fuerza armada y luego, si se diera el caso, obtener el apoyo popular y dialogar. Esto último es nefasto. La lucha armada no puede ser jamás el primer paso, de serlo, debería ser el último. Porque no se trata de emplear primero la fuerza “ilegítima”, las armas y luego las legítimas, el pueblo y el diálogo, sino al contrario, primero las legítimas, luego, las ilegítimas. Y lo mismo vale para los Estados, que ya sabemos cómo se las gastaron. Ellos también tienen que hacer lo contrario de lo que hicieron y de lo que hacen. Porque si en Euzkadi no tienen legitimidad, no es solamente porque la mayoría del pueblo vasco no les concede ésta, sino porque han utilizado y utilizan la fuerza, que a veces no es armada, pero la mayoría de ellas es ilegítima. Por esta razón dice Krutwig:”El estado conquistador y opresor ha recibido su derecho de conquista, legalizado por la sociedad moderna de los estados existentes. Los mismos estados consideran que una alteración en el status es un delito contra el orden divino establecido, que de rechazo minaría su existencia. De aquí que consideren todos que la liberación de un pueblo es algo ilegal y que el estado opresor tiene derecho a emplear la fuerza hasta el final para imponer su soberanía al pueblo vencido.”. Este es otro de los problemas y más, si cabe, en relación al pueblo vasco. Porque lo que ocurre es que se legalizan situaciones de hecho que no de derecho. No se legaliza lo legítimo, se legaliza lo no legítimo. No se hace legal una situación de justicia, se hace legal una situación de no justicia. No se obtiene primero el consentimiento del pueblo vasco y luego, si acaso, se regulariza, no, primero se regulariza y luego, si acaso, se obtiene el consentimiento del pueblo vasco. No se hace justicia, después, tal vez, la ley, no, se hace la ley, después, tal vez, justicia. Y este es el problema político, que el dominio de los Estados sobre el pueblo vasco carece del consentimiento mayoritario del mismo. Y sin este consentimiento la situación será todo lo legal que quieran, pero es ilegítima, carece de la legitimidad que otorga el que el pueblo este a favor de este status quo, etc. Otra vez, pues, primero legitimidad, después, que ojalá fuera nunca, ilegitimidad. Y es que el Estado, ya lo dijimos, puede tener derecho para emplear la violencia legítima contra una fuerza “ilegítima”, pero no puede tenerlo para emplear la violencia ilegítima contra una fuerza legítima. Este es el primer paso, conseguir la legitimidad del pueblo, porque con ésta, quien la posea no deberá emplear la ilegítima, aunque probablemente la otra parte la emplee. Pero que la parte contraria la emplee es la mayor victoria para el pueblo. Que se vea que el Estado utiliza la violencia ilegítima es una victoria. Porque a veces, la mayoría, este violencia ilegítima, aunque se emplee, no sale a la luz porque se oculta bajo el manto de la violencia legítima estatal.

Otra de las razones que aduce Krutwig para justificar la guerra es que “En política, desde que conocemos la historia escrita de los pueblos, se nos impone un hecho sin lugar a dudas, a saber, que el pueblo que logró algo por derecho de conquista jamás cede su presa a no ser que le sea arrebatada por la fuerza.” No lo sé, pero ¿arrebatada por qué fuerza? No hay más, que sea legítima y moral, que la de pueblo, y cuando se gana a éste para la causa de la liberación, el pueblo, en cierto modo, ya se ha liberado, pasa de ser presa a vivir en libertad. Que el pueblo quiera liberarse, que se conciencie y tenga voluntad para ello es ya una liberación respecto a un discurso estatal que lo quiere sometido. ¿Qué otra cosa, entre otras muchas, sino que no se quiera liberar el pueblo persigue el Estado? Por este motivo, querer la libertad, tomar conciencia de la opresión y tener voluntad libertaria supone el fracaso del Estado. Estado que debería nacer de la libertad natural que se le concede y que muere, poco a poco, cuando el otorgante quiere recuperar la libertad que le concedió. Porque cuando se quiere recobrar la libertad concedida, el Estado tiene que conceder la libertad “recobrada”. Lo que libremente se concede, libremente se puede recuperar. Si no el Estado no es de derecho, es un Estado de fuerza. Y contra la fuerza, ilegítima a todas luces, no sólo se pueden emplear medios legítimos, sino defenderse, porque defensa es, con los “ilegítimos”.Contra quien no esgrime el derecho, sino la fuerza bruta, si no sirve enseñarle nuestro derecho, hay que hacerle entender su mismo lenguaje. Por todo ello, más que esperar que el Estado se suelte de la presa, hay que lograr que la presa se suelte del Estado. No es éste quien va a desprenderse de aquélla, es aquélla quien va a desprenderse de éste. Por esta razón es muy importante la voluntad del pueblo. Porque como dice Krutwig: “De la historia sacamos, por otra parte, la lección de que la independencia nacional es un hecho que depende siempre del interés que demuestran los sometidos por su liberación. No hay duda de que el opresor no estará dispuesto a conceder la independencia a un conquistado si observaré que éste no muestra por su parte su interés innegable por la consecución de la liberación nacional y que la idea de la independencia y soberanía es la segunda naturaleza del oprimido. Sólo en este caso llegará a convencerse de que la continuación de la opresión es un sinsentido que cuesta más que lo que aporta.”. Por supuesto, la conciencia de la opresión y la voluntad de liberarse es lo fundamental. Razón por la cual son indispensables dicha conciencia y voluntad para lograr la mudanza de la naturaleza del pueblo. Así, como antes mudó de ser libre a ser un pueblo oprimido, ahora ha de mudar de ser un pueblo oprimido a ser libre. Este cambio, que empieza por un cambio de mentalidad, es uno de los primeros pasos de la revolución. De ser, pensar y actuar como un dependiente hay que pasar a ser, pensar y actuar como un independiente. Porque la paradoja es que el Estado, que no va a conceder lo que no se le exige, va a exigir lo que no se le concede. No va a conceder la libertad si no se le exige, va a exigir la libertad si no se le concede. No va a otorgar legitimidad a lo que no se le reclama, va a reclamar legitimidad a lo que no se le otorga. Por este motivo, no sólo no hay que concederle nuestra libertad o nuestra legitimidad, sino que hay que exigir que nos la devuelva. Es esto lo que explica que Krutwig afirme que: “En cualquier caso, del pueblo tiene que partir la acción que muestre al opresor que su derecho de conquista no es aceptado. “. Evidentemente, porque el Estado, muestre o no el pueblo que no le otorga legitimidad, tratará por todos los medios de elaborar relatos legitimistas de su poder. Es decir, del opresor que conquista tiene que partir la acción que muestre al pueblo que su derecho no es aceptado. Aquí es, donde se produce el conflicto entre un pueblo que no concede legitimidad a las pretensiones del Estado opresor y un Estado opresor que no concede legitimidad a las pretensiones del pueblo. Ahora bien, más que un encontronazo entre dos legitimidades se trata de un choque entre la legitimidad del pueblo y la legalidad del Estado. Por esta razón es fundamental que la legitimidad del pueblo sea mayoritariamente respaldada por sus integrantes. Porque si aún con el respaldo popular no va a resultar sencillo conseguir que el Estado de su brazo a torcer, sin él, el Estado tiene el terreno despejado para acallar a la voz honesta del pueblo.

Otra de los argumentos de Krutwig para justificar la lucha armada es el siguiente: “La conquista de la independencia de un pueblo es internacionalmente algo ilegal (en el concepto de legalidad admitida por los estados existentes); de aquí que el pueblo oprimido no tenga otro camino que el de los medios ilegales para alcanzar su independencia y soberanía nacionales (...) El pueblo oprimido deberá forzar para que su derecho sea reconocido (...) antes o después, el pueblo oprimido que tenga la firme voluntad de alcanzar derechos naturales de su persona tendrá que valerse de la fuerza de las armas, es decir, del empleo de la violencia para que su derecho natural sea reconocido. Es una argumentación falsa la de los políticos que pretenden hacer ver que las negociaciones pueden traer la independencia nacional. Las negociaciones están bien cuando las armas hablan, están bien para que callen cuanto antes.”.Hombre, la legalidad, desde luego la que afecta al pueblo vasco, no es favorable, sino todo lo contrario a las aspiraciones independentistas. Pero, también es cierto que hay ejemplos en la legalidad internacional de Estados, de federaciones y confederaciones sobre todo, la ex-URSS, por ejemplo, que han reconocido el derecho a la separación o independencia de los estados miembros de la unión. En este sentido cabe cifrar más las esperanzas de alcanzar la independencia en la legalidad internacional que en la respectiva de los Estados que nos oprimen.
Por otro lado, el que la pretensión independentista sea ilegal no implica que no haya otro camino que el de la violencia. Primero, porque el hecho de que hoy sea ilegal no quiere decir que mañana también lo vaya a ser. Segundo, a lo ilegal no hay que oponer un vía ilegal, sino una vía legítima. Legítima porque la apoya el pueblo. Es decir, frente a las intenciones del Estado, que son legales, pero no legítimas – no lo son si el pueblo no le concede legitimidad –, hay que oponer las intenciones del pueblo, que son legitimas, pero no legales. Tercero, Porque de esto se trata. De hacer de los propósitos legítimos del pueblo algo legal y de los propósitos legales del Estado algo ilegítimo. No se trata, como cree Krutwig, de hacer de la voluntad legítima del pueblo algo ilegal – ilegal al utilizar la violencia –, sino de hacer de la voluntad ilegítima del Estado algo ilegal o de la voluntad legal del Estado algo ilegítimo. La legalidad puede estar de parte del Estado, pero la legitimidad, que es la única arma del pueblo, ha de estar de parte de éste. Perdida ésta no hay nada que hacer.
Más aún, no sólo no comparto que la negociación no pueda traer la independencia nacional, sino que niego que las armas, que la violencia vayan a traerla. Porque tanto para imponer una negociación como dentro de la misma lo importante es estar en un posición de fuerza. Y no seamos ingenuos. Porque si de fuerza bélica se trata, los Estados en relación a una organización armada están desde luego en una situación de fuerza. Por esto no hay que concederles esta ventaja. Porque si en la fuerza armada parten de una posición ventajosa, porque tienen todas las de ganar, en la posición política tienen todas las de perder. De perder si es que se gana al pueblo. O de otro modo, quizás, no lo sé, las armas puedan imponer una negociación, pero sólo el pueblo puede ganarla. Más, la negociación política le corresponde al pueblo, o a sus representantes, nunca a una organización armada. Está podrá aspirar a una negociación “militar” con el Estado, técnica se dice ahora, no política. Más, y tal vez esté equivocado, en lugar de negociar para acallar a las armas hay que acallar a las armas para negociar. Porque el fin de la negociación no es que las armas callen, sino que se respete la voluntad popular o que se acuerde cómo se materializa. No se trata de que hablen las armas, calle la voluntad popular y se negocie, sino de que callen las armas, hable la voluntad popular y se negocie. No hay que caer en el error de mezclar la legitimidad de los deseos del pueblo con la, si no ilegitimidad, sí ilegalidad de la violencia. En fin, que se equivoca Krutwig al decir: “Las negociaciones están bien cuando las armas hablan, están bien para que callen cuanto antes”. Es a la inversa. Las negociaciones están bien cuando las armas callan, están bien para que hablen cuanto antes. Para que hablen los representantes del Estado y del pueblo.

Visto lo que hasta aquí dice Federico, vamos a ver cómo mezcla, a mi entender equivocadamente, la guerra revolucionaria con las ideas y con el apoyo popular. Dirá: “La guerra revolucionaria es una espiritualización de la guerra. Pero esta espiritualización (...) viene a significar que los fuertes medios materiales pueden ser vencidos por la fuerza que despliegan las ideas.”. Claro que las ideas pueden derrotar a un Estado y mil ejércitos, de hecho no en otra cosa consiste la revolución, en que una idea, que no es sino el fruto de un sentimiento pensado o de un pensamiento sentido por un ser individual, sea sentido y pensado después por un grupo minoritario, para acabar por ser sentido y pensado por la mayoría. Ahora bien, si a las ideas para convencer no les hacen faltan las armas para vencer, a las armas para vencer les hacen falta las ideas para convencer. Lo cual demuestra que no son las armas, sino las ideas las necesarias, y que mezclar ideas y armas es un error. Porque de tal mezcolanza las ideas no obtienen nada que no puedan obtener por sí mismas, mientras que las armas obtienen lo que son incapaces de obtener por sí mismas. Es un error, como digo, mezclar la fuerza de las ideas con las ideas de la fuerza. Y Krutwig las mezcla, como mezcla al pueblo con las armas. Veamos. Dice Federico: “el arma que da la victoria al guerrillero es la población civil, el hecho de que el pueblo esté del lado del guerrillero. (...) Mao Tse Tung (...) hablando del guerrillero, empleó la celebre expresión de que es un pez que para vivir necesita del agua que es la población civil.”. Luego si lo que da la victoria es el pueblo, para qué queremos el arma, para qué, el guerrillero. Además, no se trata de dar la victoria al guerrillero, sino al pueblo. Éste, según Krutwig, le puede dar la victoria a aquél. Pues bien, el guerrillero no le puede dar la victoria al pueblo. El pueblo se da la victoria a sí mismo. Si el pez necesita del agua, el agua no necesita del pez. Más, al agua, sea agua salada o dulce, le da igual el pez, al pez, sea de agua salada o dulce, no le da igual el agua. Y algo de esto sucede. Que el pez de agua dulce no se encuentra en agua salada y el pez de agua salada no se encuentra en agua dulce. Que en la población, como en el agua, hay gente salada y dulce. Que lo que gana el pez de agua salada en la salada, lo pierde en la dulce. Que lo que gana el pez de agua dulce en la dulce, lo pierde en la salada. Por esta razón, el pez más que ayudar perjudica al agua. Puede generar, por su sabor o gustillo, grandes simpatías, al igual que por sus espinas grandes rechazos. Y esto es un error garrafal para una causa nacional. Porque una causa, cuando es justa, no puede generar los rechazos que genera la violencia. La causa ha de atraer al pueblo, no puede repelerle. Y la violencia, para muchos, repele, es repulsiva.

En relación a la estrategia comunicativa de la guerra revolucionaria, Krutwig que propone ideas interesantes las hecha a perder al mezclarlas con la guerrilla. Según él, “la guerra revolucionaria tiene que ofrecer un ideal a la población en cuyo medio va a actuar el guerrillero.”. En primer lugar, mejor que una guerra revolucionaria es una revolución guerrera. Porque no se trata de hacer la guerra para hacer una revolución, se trata de hacer la revolución para no hacer una guerra. Y al igual que para hacer la guerra hacen falta guerrilleros y guerrilleras, para hacer la revolución hacen falta, a más del ideal o idea revolucionaria, revolucionarios y revolucionarias. No se hace la revolución con guerreros, como no se hace la guerra con revolucionarios. Por la misma razón que no se hace la guerra con ideas, ni la revolución con armas. Que sí, que ya sé que en las revoluciones hay armas a punta pala, pero éstas son terroríficas y la vasca ha de ser pacífica. Porque el objetivo revolucionario no es acabar con la vida de nadie, no es matar a personas sanas, es matar ideas, acabar con ideas malsanas. El fin no es quitar a nadie de en medio, es no quitar a nadie de en medio el fin, es no quitar el fin, a nadie de en medio. El fin, el ideal, por lo tanto, es la esencia de la revolución. Por esto en Euzkadi queremos una revolución con esencias y sin accidentes y no una revolución con accidentes y sin esencias. Ya que somos diferentes, seámoslo hasta en la revolución.

Otra de las ideas de Krutwig que no comparto es la identificación entre guerrillero y revolucionario. Y es que al igual que hay mucho revolucionario que no es guerrillero hay mucho guerrillero que no es revolucionario. Más, se equivoca Federico, y es la segunda parte de la estrategia comunicativa, al decir que: “Habrá que emplear la persuasión para convencer a los oprimidos de la justicia de su causa. Sin una tal propaganda muchas veces los perseguidos y oprimidos hasta ignoran cuál es su estado real. Hay pueblos a los que se suministró tanto opio que ya no sienten ni la persecución de que son trato, ni la ignominia que con ellos se practica.”. No hay que persuadir, hay que disuadir. El guerrillero persuade, el revolucionario disuade. Porque persuadir significa, según el diccionario, “Inducir, mover, obligar a alguien con razones a creer o a hacer algo”, mientras que el significado de disuadir es “Inducir, mover a alguien con razones a mudar de dictamen o a desistir de un propósito.” Obligar o no es la diferencia. El guerrillero obliga, y la obligación, aunque sea con razones, conlleva fuerza. Fuerza, además, porque las armas del guerrillero, aunque luego vista sus razonadas palabras de seda, añaden a éstas una amenazante sombra. Hay, por lo tanto, que convencer suavemente, sin esfuerzo, sin forzar. Pacíficamente. Con delicadeza. Y mimos. Y miramientos. Con las palabras y con los hechos. Palabras de paz que no entren en contradicción con hechos de guerra. Además, no se trata tan sólo de convencer al oprimido de la justicia de su causa, sino de la causa de su justicia. Porque su causa tiene justicia, pero su justicia tiene causa.

La tercera pieza de la estrategia de comunicación revolucionaria consiste, en palabras de Krutwig, en que para poner de manifiesto la opresión e injusticia que padece el pueblo sometido: “(...) el propagandista deberá, como decía Marx, hacer parecer la opresión más real y dura al añadir la conciencia de la opresión y hacer el deshonor más deshonroso haciéndolo público.” Exagerar, ya ven, es la receta que se propone. Receta, sin embargo, que no cura los males que afligen al pueblo. Porque no se trata de exageraciones, sino de demostrar y de mostrar la cruda realidad, tal cual es, sin aditamentos ni añadiduras. Palabras hacen falta, sin duda, para demostrar y hechos, para mostrar. A las palabras para dar razón de los hechos hay que añadir hechos para dar razón de las palabras. Palabras que pongan a reventar la cabeza y hechos que pongan el corazón en un puño. Porque, y esto es lo fundamental, más que añadir, como dice Krutwig, palabras de más a los hechos, hay que añadir hechos de más a las palabras. O mejor, hechos de más a los hechos. Porque, a veces, al igual que las palabras quedan ocultas tras los hechos, otras, éstos quedan ocultos tras aquéllas. A veces, ni las palabras, ni los hechos son suficientes. Hay, por tanto, en y con la revolución que provocar, y ésta es la paradoja, más opresión que la que se padece. Hay que azuzar el estado opresivo, desencadenarlo. No hay que exagerar o aumentar las palabras, hay que agigantar los hechos opresivos. Hasta tal punto, que la nausea, aversión y repugnancia ante la opresión sean tales que desencadenen un descontento tal que aseguren que la revolución no tiene vuelta atrás.

Otro aspecto importante, a tenor de Krutwig, es que “La propaganda que prepare la guerra revolucionaria deberá además insistir en otro tema (...) Se trata de la promesa de un futuro mejor.”. Hay, así, que dar la palabra, con la palabra y con los hechos, de que si el pasado y presente es peor que el futuro, éste será mejor que aquellos. Ahora bien, no hay que esperar al futuro, al triunfo revolucionario para demostrar la contradicción entre ambas situaciones. Es el presente el tiempo adecuado para dar muestras convincentes de ello. Así, la propia organización revolucionaria ha de ser el ejemplo de la futura organización política, económica, social, etc. Hay, aquí y ahora, que predicar con el ejemplo, más que poner el ejemplo con que predicar en el futuro. En fin, que no hay que llevar la realización del ideal del presente al futuro, sino traerlo de éste a aquél. El ideal no está allá, a lo lejos, sino aquí, tan cerca que se puede sentir con todos los sentidos. No hay que hacer de algo “presente” algo por venir, sino de algo por venir algo presente. Vamos, que para ver el ideal no hace falta telescopio ni microscopio. Hace falta que se vea a simple vista, que éste, de todas, todas, a la vista de todos y todas. Tan es así, que no sólo hay que hacer lo real ideal, sino lo ideal real. Por esta razón ante el reaccionario que diga que lo ideal no es real, conteste el revolucionario que lo real no es ideal.

Por último, y para acabar con la estrategia comunicativa de la revolución, Krutwig señala que a ésta “se unirá el convencimiento de que el triunfo de la causa de la independencia vasca es algo inevitable por ley natural.”. Señorías, es inevitable ¿no? Lo es, pero no por ley natural, sino por ley social. La revolución, su nacimiento, su desarrollo y hasta su muerte, que no debe importar porque muerta una revolución ha de nacer otra, no se deriva de fuerzas naturales, sino de leyes sociales y nacionales. Leyes que tienen sus causas y efectos, pero sobre todo sus causantes: los revolucionarios y revolucionarias imbuidos de patriotismo y humanismo, el pueblo, en una palabra. El pueblo concienciado y voluntarioso. La nación que se sabe nación. La nación que se quiere Estado. La nación que va a ser libremente independiente e independientemente libre. Fe, por tanto, pues no otra cosa que una religión política es la creencia revolucionaria. Fe que hay que poner en la victoria y victoria que hay que poner en la fe. Fe hasta la victoria. Fe hasta en la derrota. Fe, creyentes, fe.

Otro de los temas que desentraña Krutwig es el de la organización de la guerrilla, sus tipos, sus objetivos, etc. No vamos a entrar aquí, y es que a los nacionalistas de bien y a toda persona que tenga entrañas, frases como la siguiente nos repugnan: “El terrorismo selectivo irá eliminando uno tras otro los pequeños funcionarios que ejercían la autoridad estatal extranjera en nuestra patria. El miedo cundirá en toda la organización estatal y la población civil, bien dispuesta hacia el guerrillero y odiando a los opresores representados por España (o Francia).” O esta otra: “Gran parte de los antiguos nacionalistas son gentes aburguesadas, acomodadas y reaccionarias que nunca tendrán interés real y efectivo en una actuación que turbe su paz de bobos. Por ello en estos casos se deberá emplear el terror contra estos pseudo-patriotas, castigando ejemplarmente a aquellos que con su asquerosa conducta hayan llegado a mancillar la causa de la libertad vasca.”. Paz de bobos la hay, pero juzgue cada cual si hay o no guerra de “listos” ¿Terror? ¿Qué clase de patriota es quien necesita del terror? ¿Qué clase de oxímoron es patriota terrorífico? En el patriota, que es amor, amor a la patria, no hay lugar para el terror.

En lo que si vamos a entrar es en los conceptos de retalión y de jerarquías paralelas. El retalión significa, para el autor, “que toda acción del enemigo deberá ser contestada en cualquier caso con una contramedida más fuerte, a fin de obligarle a aceptar nuestra voluntad.” No. Gran error. No es sólo que hay que condenar el ojo por ojo y el diente por diente, sino esta filosofía que va más allá al plantear el reojo por ojo y el rediente por diente. Porque esto, a más de que es inhumano, también la agresión que se sufre lo es, va contra lo que afirmábamos antes de que hay que desencadenar más opresión de la que se sufre. Porque con el retalión se desencadena más opresión, pero el Estado alegará que reprime con más dureza, que emplea la violencia legítima para responder a una agresión o para defenderse de una posible. Y esto es lo que el revolucionario no se debe permitir. Éste no ha de agredir, ha de ser agredido. Porque hay que evitar que el Estado tenga razón para emplear la violencia contra la fuerza. Hay que lograr que tenga violencia, fuerza para emplear contra la razón. No ha de estar la fuerza de parte del revolucionario y la razón de parte del Estado, sino a la inversa. La fuerza de parte del Estado, la razón, del revolucionario. Otra vez, el pueblo no ha de emplear una fuerza ilegal contra la violencia legítima del Estado, sino el Estado ha de emplear una violencia ilegal contra la fuerza legítima del pueblo. Porque de lo que se trata es de que se de la paradoja no de que el Estado porque reprime acabe con el movimiento revolucionario, sino de que el movimiento revolucionario acabe con el Estado porque reprime. Se trata no de que el aparato estatal porque oprime acabe con la lucha del pueblo, sino de que la lucha del pueblo acabe con el aparato estatal porque oprime. En suma que, entendido en el sentido explicado, ante la agresión y opresión estatal no sólo hay que poner la otra mejilla, sino que hay que hacer todo lo posible por provocar legítima, moral y legalmente que se desencadene un sopapo estatal ilegítimo, inmoral e ilegal. Vamos, que nos pongan morados a golpes. Demos valientes hasta la última gota de sangre. Se verá quien bebe el último cáliz. Esta es la mejor carta del pueblo, el as en la manga popular. ¡Juguemos bien nuestras cartas! ¡Ganemos la mano! ¡Y ganaremos la partida!
En cuanto a las jerarquías paralelas, decir que al igual que estamos en contra de la guerra y del guerrillero, lo cual no implica estar contra la revolución, sino todo lo contrario, decir también que estamos a favor, en el sentido que explicaremos, de las jerarquías paralelas. Según el autor, al igual que los guerrilleros o activistas forman el Ejercito Popular Vasco y “son el brazo (armado, digo yo) de la liberación nacional, la columna vertebral en que descansa la entera organización subversiva han de ser las jerarquías paralelas, (...) la organización para-estatal.” Cuyo fin es “(...) el de sustituir a las actuales (jerarquías) de los detentadores de la autoridad estatal en Vasconia.”. Este semi-Estado dentro del Estado y que trabaja por derribarlo es de fundamental importancia. Su tarea consiste en hacerse, si no con espacios de poder legal, con espacios de poder legítimo. Su labor es de suma importancia y es que esas jerarquías paralelas, especializadas en labores de Estado, son las que han ocupar el vacío de poder que deja el Estado derribado. Y es vital que estén de antemano preparadas para dar un golpe de mano y coger no las riendas del Estado que cae, sino las del Estado que hay que construir de nueva planta. Ellas son las que en el caos revolucionario, en la zozobra inicial de la desatada y triunfante revolución han de jugar, y con suma rapidez, el papel del orden. Y lo que es más importante aún, frente al Estado real, este antiestado representa el Estado ideal. Él, el Estado alternativo, el contra-Estado tiene que llevar en sí el ideal revolucionario. Su objetivo es servir de contraste entre el Estado opresor y el Estado libre. Por esta razón, más que un Estado antitético en potencia del Estado real, es un Estado antitético en acto. Un Estado antitético que por ético, estético y poético sea la imagen, el modelo y ejemplo a seguir. Y es que este ideal de Estado libre e independiente, que es la antitesis del Estado opresor, ha de dar paso al Estado sintético del mañana. ¡Manos a la obra! Sin olvidar que lo dicho para este contra-Estado vale también para quienes están oprimidos y son revolucionarios. El revolucionario, la revolucionaria han de ser a su vez, por antitéticos del ser opresor, modélicos, éticos, estéticos y poéticos. Han de ser, como ese Estado ideal de libertad e independencia, paradigmas de seres libres e independientes. Ellos son quienes han de llevar la revolución al Estado, a la superestructura estatal, y también, por ser tal superestructura el revestimiento jurídico-político de la infraestructura técnica y productiva y económica y social, a ésta. Por lo tanto, sin revolucionar ésta, la revolución de aquélla, aun cuando triunfe, será una victoria amarga. Y a la inversa.