sábado, 15 de marzo de 2008

El régimen electoral adelgaza como engorda

Desde que se celebraran el 15 de Junio de 1977, tras cuarenta y un años sin pasar por las urnas y añada y media después de que falleciera el dictador Francisco Franco, las elecciones constituyentes en el Reino de España, nunca como ahora la biodiversidad política que en su interior alberga el país había padecido tanto las consecuencias de una maquinaria estatal que, en lugar de conservar e intensificar el colorido del ambiente político que toda democracia reclama, amenaza con echarlo a perder. Pérdida que entrañaría no sólo el desgaste de las fuerzas que componen el espectro político y la consiguiente decoloración del mismo, sino el fortalecimiento, que no implantación, de un sistema que, más que borrar de un brochazo la gama de partidos políticos, convierte a la mayoría de ellos en tercerones poco menos que testimoniales de una pareja nada más. Poco menos porque, aunque es verdad que las agrupaciones minoritarias puedan tener su aquel en la gobernabilidad y condicionar levemente las directrices del Ejecutivo español, en las políticas de Estado y en el gobierno pintan poco o cuasi nada. A pinceladas -caso de serles necesarios a alguna de las dos grandes formaciones nacionales para alcanzar la mayoría absoluta y gobernar con estabilidad-, estos micropartidos pueden tener la capacidad de facilitar o impedir el que se forme un gobierno y hasta de entrar, con cartera ministerial o sin ella, a formar parte del mismo. Pero que una o un conjunto de estas fuerzas minoritarias y aminoradas gobierne costará que lo vean cualesquiera ojos. Vistas ocho legislaturas más la constituyente y pasadas casi tres décadas desde la primera, no hay que tenerlos muy abiertos, la verdad, para entender que, en la práctica, aunque antaño era la UCD, España si no la gobierna el PP, la gobierna el PSOE. Para el resto, aunque no sobre el papel, ¡el gobierno está vetado! O toma sus riendas uno de los dos de siempre o España es ingobernable. ¿Será porque ésta es una que son dos… y porque aquéllos dos es que son uno?

Al insinuar que el pluralismo político, si no muerto, cuando menos pervive moribundo en el Estado español, no se pretende afirmar que falta pluralidad política en la sociedad española, sino que escasea en las instituciones políticas. Pues a pesar de que, según datos del Ministerio de Interior, a 30 de noviembre de 2007 se encontraran inscritos en el registro correspondiente 3.021 partidos políticos, y a pesar de que 1.111 hayan sido las candidaturas proclamadas a la Cámara Baja española, sólo el cero coma noventa por ciento, diez, ¡X!, ha obtenido representación parlamentaria. ¡Toma ya, diez! ¡Y una la de UPD de Rosa Díez! ¡Rediez! ¡La pluralidad de las mil y tantas se ha quedado en la decenal! ¡De nada han servido -más que para diezmar al nacionalismo, dice el maldiciente- los cincuenta mil pasados votos de EA ni los casi treinta mil de Aralar! Aunque entrambos sumen los suficientes -tomen nota- para un escañete, tal cual el que con pocos menos retuvo la resistente Nafarroa Bai, no se sentarán en el Congreso de los Diputados. Porque entre D´hondt y que en España no hay setenta y cinco que rascar, sino dieciocho y repartidos (8 en Vizcaya, 6 en Guipúzcoa y 4 en Álava)… cero que rima con Zapatero hasta que se demuestre que debí escribir gacetero.

Al igual que los sufragios idos a parar a EA o Aralar que, por las características del sistema electoral español, no consiguen representación parlamentaria, los depositados en otras muchas formaciones políticas, como los 68.344 de la Coalición Andalucista o los 45.750 de Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía, quedan injustamente fuera de las instituciones y de la participación política. ¿No dan estos hechos qué pensar y repensar? ¿Es justo y democrático que por el régimen electoral dos partidos como Los Verdes (40.438) y Por un Mundo más justo (21.879), que juntos tienen casi tanto apoyo como Nafarroa Bai (62.073), no tengan modo de sentarse en el Congreso? Y dícese Los Verdes por no decir Los Verdes-Grupo Verde (30.111) o Los Verdes de Europa (19.056) o Els Verds-L’alternativa Ecologista (12.213) o Els Verds-Los Verdes (7.668) o Els Verds-Alternativa Verda (2.052)… ¡Pero si sumados todos estos votos verdeados y los 41.202 del Partido Antitaurino contra el Maltrato animal son casi tantos como los 164.255 que a Coalición Canaria-Partido Nacionalista Canario otorgan dos escaños?

El no dar cancha a formaciones políticas cual las arriba citadas es un lujo que una democracia de la “de” a la “a” no se puede permitir. Porque no está bien democráticamente que la diversidad política visible en la sociedad o, mejor, la diversidad que personifican quienes presentan sus candidaturas a las elecciones, se convierta, por obra y desgracia del régimen electoral, en invisibilidad institucional. Injustamente, el sistema utilizado para convertir la voluntad ciudadana, la del pueblo (aunque es más bien la del electorado), en representación política o poderío cameral, en lugar de allanar el camino para que organizaciones políticas que tienen voz en la sociedad cuenten con voto en las instituciones, no sólo lo pone cuesta arriba, sino que impide que muchas que tienen votos cuenten con voz. Es como si el régimen electoral en lugar de institucionalizar a los desinstitucionalizados tratara de obstaculizar la institucionalización de los institucionalizables y de desintitucionalizar a los institucionalizados. Entendiéndose por desinstitucionalizados los partidos políticos… que no presentan candidatura; por institucionalizables quienes presentándola se quedan por el sistema electoral sin cargos ni escaños; y por institucionalizados quienes habiendo anteriormente tomado aquellos y ocupado estos corren el riesgo de perderlos por las injusticias del régimen que regula lo relacionado con el acto eleccionario. Fundamentalmente quiénes votan, quiénes pueden ser votados, cómo se vota y de qué modo convertir lo votado en representación político-cameral: el electorado, las candidaturas, el sistema de votación y la fórmula de conversión de los votos en escaños.

De este sistema electoral se viene quejando la coalición IU desde que se formara, entre otros partidos de izquierda, con el PCE en 1986. No en vano siempre ha tenido mayor porcentaje de votos para el Congreso que de escaños en él. Es lo que su coordinador general, Gaspar Llamazares, tachaba de “injusticia”, mientras que su homólogo en Euskadi, Javier Madrazo, se refería a que la ley electoral es “injusta y antidemocrática”. Lo ejemplificaba diciendo que mientras CIU con 729.000 votos logra 10 actas de diputado, IU con 960.000 sólo un par. Tiene miguilla la cosa porque podía haber dicho que IU cuenta con el triple de votos que el EAJ-PNV (303.246) y que éste acopia el triple de escaños que aquélla: seis frente a dos. O que UPD con más sufragios que los de Sabin Etxea sólo obtiene uno. Uno cuyo coste es el que le ha costado obtener el escaño por la provincia de Madrid: 131.242 votos y no los 303.535 en total que ha logrado en las últimas elecciones. El resto, los otros 172.293, sea debido a la barrera electoral del 3% o a la ley de D´hondt, el caso es que no tienen utilidad política: son votos sin escaño. Como los 645.008 de IU, a quien le salen los dos logrados a 163.633 votos en Madrid y a 154.399 en Barcelona, y no a 480.000 cada uno que es lo parece darse a entender al decir que IU con 960.000 votos sólo obtiene dos escaños y no sé quien con tantos no sé cuántos. ¡Las cosas como son! Y son así, entre otras razones, porque la circunscripción es provincial y no nacional, porque los escaños se reparten provincialmente aunque los votos estén repartidos por todo el territorio estatal. Este cambio junto a la eliminación del listón del 3% y una fórmula lo más justa posible para la traducción de los sufragios en asientos parlamentarios aumentaría, sin duda, la proporcionalidad y pluralidad del sistema electoral. ¡Para bien de la democracia!

Aunque de IU se puede aseverar que es la formación política que desde 1977 a hoy día mayor desviación negativa (la máxima de 1996 alcanzaba el -4.54 %) ha registrado en el cotejo de los votos que le avalan con los escaños al Congreso que el sistema electoral le concede, del EAJ-PNV no se puede afirmar, sin faltar a la verdad, que sea el partido político que mayor desviación positiva haya disfrutado. Puesto que a pesar de que no es falso que en toda legislatura ha contado con más porcentaje de escaños que de votos, su desviación siempre ha estado por debajo del +0.66% de 1977. Para que se hagan una idea, en 1979, a la UCD con el 34.84% de los votos le correspondieron el 48% de los escaños en el Congreso. Lo que da una desviación del ¡13.16%! ¡Hasta el momento no ha sido superada! La rondó con un 10.4% el PSOE en 1989, al lograr con un 39.6% de los votos el 50% de los escaños. El PP, aún siendo otro de los que se beneficia del sistema electoral, queda muy a la zaga de aquellas marcas, puesto que “sólo” puede acreditar la desviación del año 2000: ¡7.76%! Con el 44.52% de votos se hizo con el 52.28% de escaños. A la vista está quiénes son los más privilegiados por las asimetrías del sistema electoral: la UCD, el PSOE y el PP. Los partidos mayoritarios, y entre estos el vencedor en las urnas más que el del oro en los labios, han sido, en toda elección general celebrada hasta la fecha, a más de favorecidos, los más favorecidos. Esta es la injusticia del sistema electoral: premiar siempre y a lo grande a los dos grandes, hacer un regalo envenenado, más que un presente, al resto de premiados parcamente y castigar, por lo común, a medianos y pequeños.

Si el sistema electoral fuese totalmente proporcional, a tanto por ciento de votos totales recibidos le deberían corresponder el mismo porcentaje de escaños. Es decir, que si actualmente la composición del Congreso es ésta: PSOE 169 escaños, PP 154, CIU 10, EAJ-PNV 6, ERC 3, IU 2, BNG 2, CC-PNC 2, UPD 1 y NA-BAI 1…, proporcionalmente debería ser esta: PSOE 152.74, PP 140.42, CIU 10.67, EAJ-PNV 4.2, ERC 4.09, IU 13.3, BNG 2.87, CC-PNC 2.27, UPD 4.2, NA-BAI 0.84… El PSOE tendría del orden de 16 diputados menos, el PP entre 13 y 14 y el EAJ-PNV uno o dos. ERC subiría uno, el BNG casi, IU hasta 11… Estos desorbitados sesgos, por injustos, deberían aminorarse al máximo. Porque unas desviaciones como las atribuidas en el párrafo anterior a la UCD, al PSOE o al PP suponen, respectivamente, 46, 36 y 27 escaños de más para estas formaciones en el Congreso de los Diputados. Cuarenta y seis, treinta y seis y veintisiete. ¿Oído?

Esta sistemática y sistémica exclusión o excepción de las minorías políticas, este acabar con el pluralismo político o heterogenicidio del que venimos tratando entraña, más que la debilitación de un sistema político multipartidista que jamás ha sido, el robustecimiento del bipartidismo español sobradamente conocido. En la Cámara Alta, señorías, el PSOE y el PP cuentan, tras las elecciones del 9M, con 322 escaños, el 92% nada más y nada menos. Lo nunca visto en las ocho anteriores legislaturas, jamás el partido del gobierno y el principal partido de la oposición habían superado el noventa por ciento. Se habían acercado a él en 1982 (309 escaños, el 88.28%) y en el 2000 (308, 88%) de la mano de unos pletóricos Felipe González y José María Aznar que conseguían dos abultadas mayorías absolutas. Esto es el bipartidismo, un sistema en el que, aunque haya otros partidos políticos, dos, realmente sólo dos, luchan por el poder o se turnan en el ejercicio de gobierno. En España ya se sabe, cuando no la UCD o el PSOE, el PSOE o el PP.

A la hora de valorar los resultados electorales, variadas han sido las formaciones políticas que, habiéndolos cosechado malos, los han achacado en parte al bipartidismo. “Nos han marginado y nos ha arrollado el tsunami del PP y PSOE”: metaforizaba Gaspar Llamazares, el líder de una IU que, en 1996 y comandada por Julio Anguita, contara con un grupo parlamentario de 21 diputados gracias a los más de dos millones y medio de papeletas que le habían deparado las urnas. A día de hoy tras haber bajado, como en su primera cita con las generales, por segunda vez del millón de votos en su veinteañera historia, y a pesar de contar con unos pocos más (27.536) que en aquella ocasión, tiene a su disposición muchos menos escaños: 7 entonces, 2 ahora. A tres de formar grupo propio, directa al mixto que va a “contar” con más escaños (11) que la tercera o cuarta fuerza política en la Cámara Baja: CIU (10) y EAJ-PNV (6). El resumen para Llamazares: “un duro golpe a la diversidad política”.

Más allá de los estragos que a IU le haya causado, el maremoto bipartidista, que se ha hecho notar más en las Palmas de Gran Canarias y en el mediterráneo barcelonés que en Santa Cruz de Tenerife y en la Costa Brava, pasando de largo por el litoral gallego ha salpicado también al Golfo de Vizcaya. Así, si CC-PNC cedía en aquella isla del archipiélago canario uno de los tres escaños al Congreso que tenía hace cuatro años, ERC, la gran perdedora de las elecciones generales al bajar de 8 a 3 diputados, es en la Ciudad Condal donde se deja, respecto a los comicios anteriores, 2 escaños y 245.448 de los 328.723 que pierde. Otro tanto le sucede a quien durante cuatro legislaturas consecutivas, de 1986 al 2000, sobrepasaba el millón de votos y obtenía entre 16 y 18 escaños: CIU. A día de hoy, manteniéndose, cuenta con diez diputados en Madrid, pero es en la provincia olímpica, en Barcelona, donde hay que buscar al 69%, a 42.703 electores, de los 61.154 que ha dejado marchar. Casi el doble de votantes, 117.734, no le han respaldado al EAJ-PNV en esta cita electoral en la que ha perdido uno de los siete escaños que poseía en el Congreso de los diputados. Uno que peligrando más en Guipúzcoa se ha dejado escapar en el territorio vizcaíno. Que es cierto que por razones poblacionales ya no le corresponden nueve sino ocho escaños, pero no menos que en el “Señorío” es donde el partido jeltzale dice adiós a más la mitad de los votos que se le han escapado: 69.937. Más que en Guipúzcoa (38.511) y Álava (15.246) conjuntamente. Por capitales, es en la bilbaína donde sufre una pérdida mayor de electores: 18.255. Le sigue Vitoria con un retroceso de 11.207, cifra que representa el 73.5% de la pérdida total peneuvista en tierras alavesas. Y Donostia, por último, con 8.930 votantes a descontar. 42.431 suman de menos entre las tres. Un tercio respecto del total de la pérdida del EAJ-PNV. Por municipios, las bajadas son: Getxo 4.571 electores, Barakaldo 4.190, Irún 3.092, Basauri 2.948, Portugalete 2.418, Galdakao 1.864, Eibar 1.767, Errenteria 1.727, Durango 1.726, Gernika 1.594, Sestao 1.547, Santurtzi 1538, Hondarribia 1.340, Llodio 1243, Arrasate 1.131… Diez mil más y aquí el otro tercio: 32.696. Simbólicamente, en algunos de esos municipios están parte de las razones, a más de las hasta aquí señaladas, que le han disminuido al EAJ-PNV: un PP que, aún a la baja en los tres territorios vascos, es sostenido por las fidelidades que mantiene en las plazas donde concentra al 89.5% de sus votantes: Bilbao (más de la mitad de todo el voto popular tiene origen bilbaíno), Vitoria, Donostia y Getxo; un PSOE al alta hasta en la Navarra que entregó a UPN y no sólo en la margen izquierda…; los trapos y traposos de Irún que restan y que algunos medios de comunicación se empeñan en que estén más de moda que los pañuelos de Getaria; las divisiones internas y los vencedores externos; los vendedores y revendedores de la idea de que el partido está partido; la llamada de ETA y la respuesta de la izquierda abertzale a la abstención; el asesinato del exconcejal socialista, Isaías Carrasco, cometido supuestamente por la organización armada en Arrasate…

De seguro que existen, a más de las insinuadas, un sinfín de causas que se podrían añadir a las anteriores para explicar el “varapalo” que ha sufrido el EAJ-PNV. Desde que no son unas elecciones hechas a su medida ni en las que mejor da su talla política hasta el hecho de que el bipartidismo fomenta eso que los sociólogos denominan el efecto psicológico y los políticos voto útil: el a sabiendas de que sufragio entregado a un tercero con pocas posibilidades de obtener representación política puede ser ciento volando, decidir votar pájaro en mano. Este es uno de los efectos que en el imaginario colectivo origina el sistema bipartidista. Al eliminar a las terceras formaciones en discordia, más que de la contienda electoral, de la carrera de verdad por el poder ejecutivo, provoca que haya en el electorado quien vote a quien no votaría o quien a quien votaría no vote. Es psicosociología electoral pura: lo peor, lo malo, lo bueno y lo mejor. La balanza entre lo peor que no me da lo bueno, lo malo que no me da lo peor y lo bueno que no me da lo mejor. Que se da en toda elección legislativa española, es verdad, pero no siempre son tan disputadas como las recién celebradas ni el bipartidismo tiene tanta fortaleza (venimos de una Cámara Alta en la que el PSOE y el PP sumaban 312 escaños, el 89.14%, cuando las ha habido, en 1977, 79, 86 y 89, que se movían entre el 80 y 83%).

Aunque la bipolarización es otra de las razones que anda de cabeza en cabeza para explicar el trastorno que al parecer ha supuesto, para los partidos minoritarios en general y para el EAJ-PNV en particular, estas elecciones dualizadas, la verdad es que tanto o más que de una bipolarización se puede hablar de polarización, de llamar o desviar la atención sobre algo, de inclinar o animar a la opinión pública hacia polos contrapuestos más que opuestos… Dicho de otro modo, más allá de que el sistema electoral pueda favorecer dos fenómenos que se retroalimentan: la bipolarización y el bipartidismo, ambos pueden ser fruto de la voluntad de la gente. Si dos grupos políticos condensan casi toda la vida político-institucional de un país porque su ciudadanía así lo desea, es inevitable padecer tanto aquél como aquélla. Más la bipolarización y el bipartidismo también pueden ser alentados. Por la polarización que los medios de comunicación estimulan, sobremanera. El protagonismo que ha adquirido el llamado cuarto poder es impresionante. Aunque la transición política y las primeras elecciones constituyentes del 15 de Junio 1977 se hicieran con la primera y la segunda de RTVE (el 31 de Diciembre de 1982 ETB emitía por primera vez su señal), con ABC, el Correo Español, el País, algunos boletines y confidenciales y poquito más (Deia no salía a los quioscos hasta el 8 de Junio de 1977 y EGIN hasta el 8 de Septiembre), desde entonces no han hecho más que aparecer, aunque muchas para retransmitir las viejas voces de siempre, nuevas cadenas, revistas y publicaciones diarias: el Mundo en 1989, Telecinco, Antena 3 y Canal + en el 90, etc. Todas estas empresas comunicacionales han tenido mucho que ver con la polarización, al igual que las distintas herramientas que proporciona Internet: las redes sociales, blogs, foros, etc. De una u otra manera, debido a la forma de transmitir la información y al fondo de ésta se logra que en el espíritu del pueblo anide la impresión de que se trata de unas elecciones para decidir entre dos y no para elegir a 609 representantes políticos: 350 diputados y 259 senadores. ¿Qué otra cosa es, si no polarizar, ese jugar a dos debates y a debates a dos? ¿Es éste juego democrático? ¿Lo es negar a los partidos minoritarios espacios de opinión porque no cuentan con tantas papeletas como socialistas o populares? ¿Se les discrimina porque tienen pocos votos o tienen pocos votos porque se les discrimina?

A la luz de todas las circunstancias negativas para los partidos políticos “de segundo orden” que se vienen señalando, se podría pensar que el resultado del EAJ-PNV, considerado un batacazo por distintos analistas de la cosa pública, aún siéndolo, no lo es tanto. Atendiendo a los votos logrados, de diez elecciones generales celebradas hasta la fecha en cinco ocasiones ha obtenido una cantidad mayor que los últimos 303.246 logrados y en cuatro una menor. Su mejor marca para el Congreso la consiguió hace cuatro años, en el 2004, cuando 420.980 electores le otorgaron su confianza. Mientras que la peor tenía lugar en las primeras elecciones, las de 1989, tras la escisión y fundación de EA en 1986: 254.681. Su media o promedio es de 324.131 votantes. Más que batacazo, quizás se debería afirmar que en número de votos es el mejor de los peores y el peor de los mejores. Por otro lado, hay dos hechos coadyuvantes que no favorecen la formación de un juicio objetivo sobre los resultados electorales del EAJ-PNV: que el precedente inmediato con que comparar los de estas elecciones sea el de las del registro a batir para el partido nacionalista y que el descenso de éste haya que compararlo con el crecimiento del socialista. El PSE-EE, que es la única formación que gana votos y escaños de las principales fuerzas políticas vascas, ha obtenido los mejores resultados de su historia, tanto en número de sufragios (425.567) como de diputados (9). Vence en los tres territorios históricos y en sus respectivas capitales. Es la primera vez que resulta ganador en Vizcaya y la segunda que a nivel de Euskadi se impone al EAJ-PNV. Ocurría la anterior en 1993, aunque entonces venciera por la mínima y no como ahora por la máxima. Aunque más preocupante que esto, quizá, es que la tendencia a favor del PSE-EE, que se atisbaba ya en las autonómicas de 2005 y que se volvía presenciar tanto en las municipales y forales de 2007 como en las últimas generales, se confirme o no en las que decidirán el legislativo vasco. Si el PSE-EE continúa con su crecimiento en grandes núcleos poblacionales como las capitales, en secundarios como Baracaldo, Getxo, Irun o Portugalete y en otros menores como Gernika, Durango, Arrasate o más pequeños incluso, podríamos estar ante un nuevo ciclo político en la política vasca. Gobernando el PSE-EE… y opositando el EAJ-PNV, cogobernando ambos como antaño o con tripartitos o tetrapartitos. Algo así pensarán, desde luego, quienes crean que se le ha parado el reloj al EAJ-PNV y que se le está agotando el tiempo, pero tal vez sea su hora y aún no le haya llegado.

La pregunta es la de siempre: ¿va a poder ese sector de la izquierda abertzale, se llame HB, Batasuna, EHAK-PCTV o ANV, presentarse a las elecciones vascas? ¿Sería legítimo un parlamento vasco sin esa voz como al parecer lo es un Congreso de los diputados sin ella? La participación en Euskadi ha sido 10.42 puntos más baja que en el Estado: 64.90% frente a un 75.32%. También de diez, de 10.07 menos es la diferencia entre la abstención que se registró en 2004 y la de 2008. Y es ese sector de la política vasca y ETA quien ha realizado un llamamiento a la misma. 610.430 han sido los abstencionistas en tierras vascas. ¿Cuántos habrán obedecido la consigna? Atribuirle a la izquierda abertzale el 10% de quienes no han votado daría 61.043 sujetos. EAHK-PCTV obtuvo 150.644 votos en las últimas elecciones autonómicas de 2005. Sería concederle un 24.67%. En ese tanto por ciento no obstante, en esa masa político-social que la experiencia demuestra que no se derrota dejándola fuera de las urnas ni en ellas está, no menos que en otras, parte del problema y de la solución a nuestros quebraderos de cabeza. Gobierne quien gobierne y ejerza la oposición quien la ejerza.

sábado, 8 de marzo de 2008

Del blanco o negro a los matices

La escabechina sistemática del pluralismo político-social o sociopolítico que, elecciones políticas tras elecciones políticas, acaece como una tortura china en el antipático Estado español entraña, sin andaluzadas, tal pluralicidio que no se olvida ni cogiéndose una curda con vino sangrante de la Navarra o cepillado cava catalán. ¡Gluglú, gluglú! Ver la botella o el botellón de otra manera y creer que la diversidad, disparidad o pluralidad política está garantizada en esta España madridista, madrileña y matritense es de no me vengan con botellitas que beber bebía y re-bebía pero… ya no trago ni una. ¿Cómo, después de estar habituado a ver que en esta velada electiva a la que se nos invita se empieza con grandes reservas mas, a lo tonto, se acaba con los peleones? Que si una por la Ley Orgánica de Partidos Políticos (LOPP), que si otra a la salud del régimen electoral, veremos cómo de las 1.111 candidaturas proclamadas al Congreso de los diputados y 1.220 al Senado -presentadas había más- se pasa a que entre poco más de una decena de ellas se lleve a cabo el escrupuloso reparto de los 350 escaños de diputado/a y 259 de senador/a en juego. En el 2004, por ejemplo, sólo once candidaturas, y en este orden atendiendo a los escaños que no a los votos, pusieron la bota en esa bodega de secretos que es la cámara baja española: PSOE, PP, CIU (10 escaños con 835.471 sufragios); ERC, EAJ-PNV, IU (5 con 1.284.081), CC, BNG, CHA, EA, y NA-BAI. Aunque estuvieron en la farra y borrachera electoral y llevaban el vaso lleno de votos, el Partido Cannabis por la legalización y normalización, el partido del karma democrático, Otra democracia es posible y muchas otras candidaturas más, desde Aralar-Zutik a la Falange Española de las JONS, no tuvieron lengua en el Congreso. El Partido Andalucista, por ejemplo, que obtuvo 180.000 sufragios, más que los obtenidos por la CHA (94.252) y EA (80.905) conjuntamente, no obtuvo ni un solo escañillo de diputado, cuando las dos últimas fuerzas se hicieron con dos, uno para cada una. Esta es la muerte del pluralismo político que, ya denos por hacer el indio o la carapintada, hacernos el sueco o el ruso o creer en cuentos que se saben chinos, existe. Más allá de las ilegalizaciones, miles y más de voces sociales se ahogan en ese estrecho cuello de garrafa que entraña, de principio a fin, el proceso electoral español.

Dirán que lo dicho anteriormente es hacerse un español mental, pero no es así. Les cuento. Andaba descorazonado y con la pichilla hecha un lío porque me aterrorizaba el preguntarme, lógicamente y no es para cortar el buen rollo, que si una mujer se puede hacer una española, una paja, vamos, el hombre, al masturbarse, ¿se hace un español? No, amigos y amigas, el hombre, a diferencia de la hembra, no se puede hacer un español, si acaso una alemanita. Hacerse un español es absurdo, por mucho que nos machaquemos el aparato sexual. Nuestro hacer, lingüística o jergalmente hablando, va desde que la pelemos hasta que nos la casquemos. Hacerse un español jamás, está mal dicho. Y ya que no es posible este quehacer o quehacerse, menos aún debería serlo hacerse un español mental. Luego digan, si quieren, que tengo pájaros en la cabecilla o que son masturbaciones especulares, pero de que esto es hacerse un español ni una palabra. ¡No es broma!

Dos leyes orgánicas, la de Partidos Políticos y Régimen Electoral, son los principales elementos que, en estos tiempos en que los sistemas políticos de partido único están tan mal vistos, emplean quienes están interesados en consolidar el bipartidismo o diformacionismo político. La LOPP, que en teoría es como una selección natural de las mejores uvas que se ofrecen en el campo político, en la práctica sirve para poner a todas las agrupaciones dedicadas a la cosa pública la etiqueta de calidad democrática. A todas menos a esas de la izquierda abertzale que, sea porque venían de contrabando o sea porque se les aplique la ley seca, quedan fuera de la ronda electoral que, en parte, pagamos entre todos y todas a la inglesa, es decir, a escote.

Al igual que la LOPP, la LOREG, que es la normativa que regula el proceso electoral, también contribuye al exterminio del pluralismo político al establecer una condición para toda aquella candidatura que quiera optar al reparto de diputados y senadores que correspondan a la circunscripción en que se presente: obtener el 3% de votos en la misma. Este soplar y tener que dar en el votómetro de la circunscripción tal porcentaje de apoyo popular deja ya, de entrada, fuera de la vida institucional a muchas opciones políticas. Aunque cuenten con un buen puñado de sufragios, al no alcanzar tal tanto por ciento exigido por ley, no cuentan para la vida político-institucional. Error gravísimo este, porque cuantitativamente y por separado quizás esas candidaturas no sean significativas, pero en conjunto y cualitativamente lo son. ¿Hasta qué punto es justo y democrático este dejar fuera del juego político, en razón de “escaso” respaldo popular, a fuerzas o energías sociales? No se podría hacer con ellos algo semejante a lo que el partido Ciudadanos en Blanco reclama para sí: que el voto en blanco compute y le sean otorgados los escaños (quedarían sin ocupar) que le correspondan en función de los votos alcanzados. Fórmulas hay, y variadas, para lograr que quienes tienen fortaleza social y el peso político que dan los votos de los electores puedan participar en la vida diaria de las instituciones públicas.

Otra limitación importante al pluralismo político la establece, en este caso, la Constitución Española al determinar, en su artículo 68, que la circunscripción electoral para elegir a los representantes en las Cortes Generales sea la provincia. Porque al ser la demarcación electoral provincial, y no autonómica, estatal u otra mayor o menor que estas dos últimas…, el menguado tamaño de las mismas determina que los escaños que en ellas serán repartidos sean a su vez escasos. Hecho este que es perjudicial para los partidos minoritarios. Basta imaginar lo que ocurre en Ceuta o Melilla para entenderlo. En ambas se elige un diputado que se lo lleva la candidatura más votada. Como si se tratara de un sistema electoral mayoritario de los que se utilizan en elecciones presidencialistas o en países como el canadiense o el del Reino Unido, se gane con los votos que se gane, el ganador en la circunscripción se lleva todos los asientos o escaños en juego en la misma. Lo paradójico es que esto, un escaño un ganador, acontezca en un régimen electoral, el español, del que aseguran que es un sistema de representación proporcional.

La circunscripción provincial perjudica por sus diminutas dimensiones a los partidos pequeños, porque a estos, que por lo general, aunque hay excepciones, se hacen con el escaño tras que los partidos grandotes se hayan apropiado del o de los suyos, si algo les interesa es que haya más asientos a repartir para poder entrar en el reparto. ¡El donde comen tres comen cuatro de la vida cotidiana no es real en la política!

Por otro lado, el provincianismo del marco circunscripcional, al obligar a las organizaciones políticas no sólo a tratar de incrementar los votos recibidos, sino a concentrar espacialmente a sus votantes para no sufrir una dispersión territorial de sufragios, también es contraproducente para la pluralidad. Puesto que no es ni parecido para un partido político, a mismo número de sufragios, tenerlos todos en Bizkaia o repartidos, además, en Gipuzkoa y Araba. Lo primero puede asegurar una presencia en las instituciones, lo segundo, como gusta decir a la clase política, que las papeletas dispersas vayan a la papelera. Este también es voto inútil, no sólo el que se entrega a una candidatura sin opciones de obtener representación. ¿Qué procedimiento electoral es este que se permite el lujo de prescindir de votos que llama inválidos políticamente? ¿Dónde está el despropósito, en el elector que concedió un voto que no dispuso de utilidad política en el sistema o en el sistema que no concedió utilidad política al voto de que dispuso un elector? ¡Es el método electoral quien tiene que traducir, lo más justa y proporcionalmente posible, el apoyo popular que son los votos en voces políticas con poder institucional. Si silencia éstas o si inutiliza aquellos, el pluralismo de la res pública se resiente, la democracia representativa no lo es tanto. Porque es ahí donde tiene una prueba más del algodón, sin duda, el proceso electoral: en el más o menos de representatividad o correspondencia que asegura entre el poder público-social y el político-institucional, en la mayor o menor justicia que aplica en la distribución que de este segundo poder hace en función de aquél primero.

Una regulación más de la LOREG, que afecta al más o menos de pluralismo o heterogeneidad política, es la que establece su artículo 163. 1 al señalar las reglas para la atribución de los escaños conforme a los votos obtenidos en el escrutinio: la famosa ley D´Hondt que, si para los partidos minoritarios sobreprima a los mayoritarios, para los de musculatura los re-primados son los menudos. Así es la política, pero, sean estos o aquéllos los premiados, el caso es que ni todos los que defienden de corazón que cambiarían la ley electoral lo harían con cabeza, ni todos los que con corazón, de cabeza, lo harían defienden que la cambiarían. La verdad es que la ley D´Hondt, compárese la diferencia entre el porcentaje de votos y de escaños obtenido por los distintos partidos en las últimas tres elecciones generales, no sólo favorece a los mayoritarios sino que, favorezca a quien favorezca, a éstos siempre les hace un favor mayor que a los minoritarios. El PP y el PSOE, en este orden, son, por sistema, los que más se benefician del mismo. Entre los minoritarios, es verdad, el EAJ-PNV, CC o Nafarroa Bai. Estos también resultan premiados aunque el premio que se les dispense sea pequeño. Grandes o su contrario, no obstante, los privilegios cuantos menos o, de esto no ser posible, para cuantos más, mejor.

Si en lo referido a la mecánica electoral así son las cosas, la dinámica política está donde acostumbraba: ETA asesinando; parte de la izquierda abertzale ilegalizada o en proceso de… llamando a la abstención cuando solía al nulo; la derecha, que anuncia más políticas de diestras como Dios manda, abrazándose a la esperanza de una victoria aunque sea por la mínima como la primera del PP en 1996; la izquierda, que parte como favorita y descarta ganar por la máxima, por una mayoría avasallante tal la de González en 1982 o la de Aznar en el 2000, va de zapatera pero sigue siendo felipista; el EAJ-PNV, como le pintan bastos sin concederle triunfos, se plantaría, además, su frente está en otro campo de batalla, aunque sepa jugar con negras y hacer movimientos en tableros a la contra; los catalanes de ERC y CIU y los gallegos del BNG, como los vascos de galeusca, a poder ser suban; EA y NA-BAI resistan...
La incógnita, como siempre en la jornada electoral: la participación. Su media en los nueve comicios generales celebrados entre 1977 y 2004 es de 73.91%, siendo el registro a batir el 79.97% de 1982 y la peor marca el 68.04% de 1979. Como llueva y haga frío, la gente alterne hasta altas horas de la madrugada o echen una buena película o partido por la televisión, más que ir de casa en casa se van a tener que forzar cerraduras para llevar al electorado insumiso a las urnas. Además, qué atraso en estos tiempos en que con todas las garantías se debería poder votar desde el pc, un móvil o el último ingenio del mercado tecnológico. Si no fuera porque hay mucho hacker con patente de corso y título de sir… Ya conocerán el dicho: inglés, pirata es. Aunque, dados a cavilar, fueron antes las carabelas que las calaveras ¿no?

¿Que quién va a ganar las elecciones? Ustedes dirán. Pero tampoco importa demasiado. Aparecerán con cara de sonrientes hasta los que mayor bajada, no piensen mal, hayan tenido. Ganarlas lo que se dice ganarlas las debería ganar quien más votos obtiene, pero como esto no garantiza tener más escaños, nunca se sabe, la verdad. Ganará quien, propuesto por el Rey como candidato a la presidencia, obtenga la confianza del Congreso de los diputados. Quien tenga, ya por los suyos ya gracias al apoyo de otros, los apoyos necesarios para ser elegido y formar gobierno es el que gana. Disponga de más o menos votos o escaños, sea mayoría o minoría en el Senado, gana el candidato a presidente del Gobierno que en el Congreso disponga de los escaños suficientes para resultar elegido, por mayoría absoluta en primera votación o simple en la segunda. El será quien, en solitario, en compañía o con apoyos puntuales, gobierne.

Una vez más, tristemente, un escrito que no pretendía sino acabar a la francesa, sin una palabra de despedida, tiene que forzar el adiós para, en este día de pésame y reflexión, presentar las condolencias, condenar las acciones violentas y animar a la participación política.
A ver si algún día se hace realidad lo de una persona un voto y lo de un voto una…

martes, 4 de marzo de 2008

¿Viva la democracia!

Cuenta el periodista, académico de la RAE y escritor Juan Luis Cebrián, en un artículo publicado en el diario “El País” y titulado “Demócratas, mediócratas y miedócratas…”, lo siguiente: “En ocasiones he escuchado a Felipe González comentar que la democracia actual se trata más bien de una mediocracia, habida cuenta del protagonismo social de los medios de comunicación y... de la mediocridad rampante de la clase política (…) Pero junto a la dominación de los mediócratas, y como consecuencia de su actividad, ha surgido también lo que podríamos llamar la miedocracia: un sistema de gobierno basado en los temores que aquejan a las sociedades abiertas (Popper dixit) y que en el pasado reciente tienden, cada vez más, a encerrarse sobre sí mismas”. ¡La democracia, es verdad, es una duda razonable, cuando no una descarada mentira! En el Estado español, entre otros “Cratos” y “Cracias”, mientras la mediocracia y la miedocracia son algo más que un juego palabrístico, la democracia está lejos de ser un oasis, a un palmo del arenoso y sediento desierto. Mediocracia no sólo por el influyente papel que sobre la opinión pública ejercen los mass media y por la mediocridad reinante en la familia política, sino porque los medios, sean éstos monetarios, productivos o de cualquier otro tipo determinante, median sin remedio en la comedia “democrática”: La democracia de los medios ni es la que atiende a los medios de la democracia ni la de fines ni confines. Y miedocracia, por otro lado, debida a que los apologetas del intranquilismo, del estado de alarma y de la cotidianeidad del shock dominan imperiosamente el escenario público español.

Sobre este régimen del miedo y en torno a los metetemores, apunta Cebrián que: “El señor don Mariano Rajoy, y su elenco, no han dejado de anunciar toda clase de apocalipsis patrios durante los últimos cuatro años, y aunque luego se pusiera cursi con el cuentecito de la niña, sus alegaciones en demanda del voto han sido bastante espesas: podríamos resumirlas en el temor a que una nueva victoria socialista acabe con la unidad de España, el uso del castellano, y la existencia de Dios. Por su parte, el señor don José Luis Rodríguez Zapatero, y sus colegas, se han dedicado a asustar a las masas con el cuento de que viene el Coco, o sea, que vuelve Aznar, lo cual no sería pequeño sobresalto, por lo que es preciso acudir en masa a las urnas para evitarlo”. ¡Aymilmales por aquí, que viene el lobo por…! ¡Como para echar a temblar que sea el hombre del saco o su rival, el Tío Saín, quien vaya a gobernar esta casa de los horrores que siempre ha sido España! España que antaño, en tiempos de Canovas y Sagasta…, era turnista, hogaño, con Aznarices y transfelipistas, destila un bipartidismo intapable: ¡O el malo o el requetemalo, no hay más colores en la paleta de la gobernanza española!

Partidos que a pinceladas aspiren a influir en la gobernabilidad hispánica, aunque puedan estar de más en el marco del Congreso y/o el Senado, en función de que haya o no mayorías absolutas en dichas Cortes o pactos de Estado entre el PSOE y el PP..., no sobran, pero falta, otra cosa es que se le eche o no de menos, uno siquiera. Falta el de quienes, sin otras opciones que el voto nulo, el blanco, la abstención activa o el cambio, sentido como traición a sus ideales, de la papeleta o de opción política, opten por una postura abstencionista. Falta aquel a quien por norma se ha dejado fuera de la política y por política fuera de la norma. Falta ese independentismo vasco que no se acomoda ni en el EAJ-PNV ni en EA ni en Aralar ni en Nafarroa Bai. ¡Falta! Y si no lo siente como un vacío quien quiere unir, el Estado español, se debe a que para éste está de más una formación política que aspire a separar a Euskadi, a poder ser a buenas y de lo contrario, a malas, de España. Cierto es que los malos modos, vengan de aquende o allende, a ser posible ni en legítima defensa, pero ¿está de más o de menos quien ya antes del 78 estaba fuera y treinta años o dos generaciones después sigue sin estar dentro? ¿Ni dentro del Estado español ni dentro de ETA? ¿No habrá quien crea que el partido vasco, se llame como se llame, que refleje tal sentir va a integrarse concienzuda y voluntariamente en una estructura estatal que une a los pueblos por la fuerza y no les deja separarse ni con la razón? No niego que la democracia necesite una izquierda abertzale sin ETA, pero el remedio no es una ETA sin izquierda abertzale. La solución no es pasar del que los clandestinos hagan vida de ilegales a que los “ilegales” hagan vida de clandestinos. Tampoco que por volver demócratas a los “antidemocráticos”, se vuelvan, aunque para algunos sea un revolver, antidemocráticos los democratizadores más que “demócratas”. La resolución, que estriba en que vascos, españoles y franceses vivan, ya juntos ya separados, pacífica y democráticamente, ni está en la fuerza ni se halla en la razón, palpita en la co-razón. Porque cuando todas las partes están tan recargadas de las propias racionalidades como desprovistas de las ajenas, lo verdadero ha de encontrarse, tras el diálogo y debate auténticos, en lo que conciertan y certifican en común, en aquello que dan entre todas por bueno aunque no sea lo mejor para cada una de ellas. Es ahí, donde se dan cita la incierta certidumbre y la incertidumbre cierta, el lugar en que debería acontecer la manifestación de la verdad conjunta, el crédito de cada particular a una veracidad compleja cual compuesta.

Junto al temorismo que han atizado, atizan y quién sabe si seguirán atizando los temoristas, resultan llamativas las reservas con que toman la democracia quienes se las dan de demócratas. El ex director de los diarios El Correo Español y ABC, José Antonio Zarzalejos, por ejemplo, escribía que: “la democracia lo que nos garantiza es el poder de decidir pero no el acierto de esa decisión”. Ni más ni menos que el pueblo, expresado de otro modo, es falible. El yerro de los representados al elegir a los representantes es tan posible como el errado de estos al decidir por aquellos. Lo imposible, ahora bien, es lo que se asegura sobre que la democracia sea la garante de la facultad decisoria. En tanto que el sistema democrático no avala el poder de decidir, sino decidir del poder. Lo avalado, para pena de los pueblos, no es el poder de decisión o la autodeterminación, sino que la ciudadanía pueda decidir del poder que no el poder. Del y no el poder porque los representados y representadas, que en democracia deberían tomar decisiones y gobernar, ni gobiernan ni deciden quién les gobierna. Sus votos prefiguran las Cámaras, los Parlamentos autonómicos y demás instituciones políticas, pero no forman gobiernos. Otorgan representatividad, no gobernabilidad. Permiten a los candidatos ser representantes más que a los representantes acceder a la gobernanza.

En una línea argumentativa similar a la anterior, Alfonso Rojo venía a decir en el ABC que: “La democracia no garantiza la elección de los mejores. Se lo escuché el otro día a Hermann Tertsch, la democracia permite enviar a su casa, cada cuatro años, al gobernante que no lo hace bien”. A día de hoy y en el Estado español, debido a la preselección realizada por los tribunales de justicia de quienes pueden concurrir o no a las elecciones, ni siquiera la elección cuenta con garantías. La selectividad político-jurídica a priori ¿no difumina la posterior “electividad” o elegibilidad popular? ¿Qué decisión tomamos, cuando de antemano han sido decisorios? ¿En base a qué elegimos tras la resta y entre el resto? ¿Y lo restado en el descuento? ¿Es la china en el zapato? ¿La chincheta? ¿Espina en un camino de rosas? Cuentan que también se da el zapato en la mandarina, el mandarinismo, y que no verlo es estar en la Conchinchina o padecer de miopía. Avistar, por otro lado, que la democracia no garantiza la elección de los mejores y pasar por alto que los mejores no garantizan la elección de la democracia es como ver a tres burras tras el burro y no a tres burros tras la burra. De cortedad de miras es, a su vez, captar que la democracia permite enviar a su casa al gobernante que no lo hace bien, cuando su permisividad va más allá. Puesto que posibilita no sólo ciudadanizar al político, sino politizar al ciudadano. Más aún, porque, democráticamente hablando, está bien que se pueda quitar al malo, mal que se pueda quitar al bueno. De aquí, tal vez, parte de los recelos ante la democracia: de que admite el apoderamiento y desapoderamiento tanto del probado como del reprobable.

En “La tercera” de ABC, de esto hace ya un tiempo, aparecía escrito que: “Las definiciones clásicas de la democracia pecan, por lo común, de cabalísticas. Es claro que las democracias no son el instrumento de gobierno de la voluntad general, puesto que ésta no existe”. ¡La voluntad general no tiene existencia? ¿No es esto tanto como decir que no hay un bien común? ¿Qué es entonces de esa voluntad que, tras emitir en libertad e igualdad cada cual la propia, resultaría, a más de generalizable, vinculante para todos y todas? ¿Un sueño? ¿Una pesadilla? La voluntad general, a diferencia de la voluntad de los más, no debería ser tanto cuantitativa como cualitativa. Más que a la mayoría ha de atender a la mejoría. A lo mejor o a la mejora, si no, a lo bueno, luego a lo menos bueno y, por último, a lo menos malo. Mejor, mejora, bueno, menos bueno y menos malo para todos y cada uno, para todas y cada una. ¡Si algo así no existe, se debería de inventar! ¡Con el coco o por el re-latiente! ¡De cocorotilla o mediante el partido! ¡Corazón, quiero decir! Y la corazonada, o mejor metábola, que la voluntad general no es el instrumento de gobierno de las democracias, puesto que éstas no existen. Bueno, quizás sí, pero más al abrir que al cerrar los libros.

Añadía a lo anterior el articulista, anónimo, si no yerro, cual escritor de editoriales, que: “Y es claro, igualmente, que la democracia no es el gobierno de la mayoría. Si lo fuera, la mitad más uno de los ciudadanos podría imponerse a la mitad menos uno, y entre estar en una democracia, y acabar a tortas, no habría apenas diferencia”. La democracia debe ser algo más que el gobierno de la mayoría, pero nada menos que lo mayoritario. Lo que no puede ser jamás, aunque dese de hecho en Euskadi, es que la mitad menos uno de los ciudadanos pueda imponerse a la mitad más uno. Que la mayoría no se imponga sobre la minoría y cuente con ella en la decisión final no es ganga de bazar, pero que la minoría se imponga sobre aquélla y no la tome en cuenta tiene cojones, por no decir, pelotas: ¡Que menos sea más y más menos! Es tan absurdo como, cuando se trata de avanzar en la dirección contraria, ir de un régimen “democrático” al franquista. Es al revés, España, al revés.

Sin soltar la pluma, el escritor referido se preguntaba en su escrito: “¿En qué consiste entonces la democracia, al menos la parlamentaria? Pues en una gestión de la cosa pública sujeta a cautelas varias. Los jueces se ocupan de que la ley no sea usufructuada en régimen de monopolio por quienes la promulgan; los partidos se equilibran; y los ciudadanos corrigen a los partidos quitándoles de vez en cuando el poder. Esto, en lo que toca a las instituciones. Pero las instituciones no bastan. O mejor, las instituciones no cumplirán su cometido, si antes no cuadran las cuentas en otro apartado. Me refiero... al de la información. La pugna entre los partidos debe generar información útil sobre las cuestiones serias; los medios de comunicación han de transmitirla a los ciudadanos; finalmente, es necesario que éstos la reciclen e impulsen hacia arriba en forma de votos sensatos”. A más de los contrapesos entre los tres poderes (Legislativo, Ejecutivo y Judicial) y del control popular sobre la política, no cabe duda de que en democracia es necesario no sólo que la ciudadanía pueda recibir y transmitir información, sino que esta sea veraz, máxime cuando se trata de que la opinión a la que el pueblo llegue traduzca lo más fielmente posible la realidad. No obstante, que el poder fiscalice al poder, que seamos electores y que no se censure ni manipule la información u opinión es necesario para que la democracia aprenda andar pero insuficiente para que haga camino. Más allá del mundo de la política y del universo de la comunicación, es deseable que las semillas democráticas echen raíces y afloren en cuantas más esferas de la vida comunitaria: desde la laboral y educacional hasta la religiosa, cultural, familiar o económica.

Cultura política, desde luego, hace falta. En Italia, por ejemplo, sin duda cuando el Papa Benedicto XVI ha pasado por la cruz de verse medio obligado a suspender, porque unos 67 profesores pro-Galileo y grupos estudiantiles que reivindicaban que “La ciencia es laica” así lo pedían, la visita que el 17 de enero pasado tenía prevista realizar de cara a inaugurar el año académico en la mayor universidad europea, La Sapienza de Roma (en torno a los 150.000 alumnos). En España, que ya alguna vez en la historia ha saqueado la Ciudad Eterna con sus ejércitos y puesto de rodillas al Pontífice, también. También porque, entre otras razones, se haya tratado, y no por primera vez, de impedir que políticos (María San Gil, Dolors Nadal, el Lehendakari Juan José Ibarretxe…) tomen la palabra en universidades y distintos foros, cuando no de agredirles físicamente. En el caso de la cara y voz del partido UDP, Rosa Díez, los saboteadores de su charla en Madrid llevaban una pancarta en la que se podía leer: “La democracia no nos hace libres”. Ni iguales ni independientes ni… Aunque la libertad, igualdad e independencia, entre otros atributos, nos democratizan ¿no? No en todo, vana ilusión, sino en parte, siquiera. La democracia, más que liberal, debería de liberar, haría bien siendo libertadora como la liberación de ser democrática.

Al hilo de estos enfrentamientos, más que entre la ciencia y la religión, entre racionales y fehacientes, el líder del grupo estudiantil los “Cobas”, Piero Bernochi, denunciaba que: “La jerarquía vaticana está invadiendo todo el espacio político y social, pronunciándose sobre cualquier ley, dando indicaciones y criticando a los políticos, que los tiene sumisos”. ¡Que coincidencia! ¡La Conferencia Episcopal Española hace en España lo que la Curia romana en Italia! ¡Asustar a las masas con que viene el diablo rojo y tridentífero del laicismo, pasar por orientaciones morales lo que no son sino consignas políticas, “crucificar” al Estado y a quienes considera indignos de la Casa de Dios, resucitar controversias enterradas y enterrar cuestiones resucitadas, llevar espacios libres a la religión más que la religión a espacios libres, etc.! En el estado español, además, tan buenos resultados como el miedo religioso reporta el miedo político. ¡Cuando no lo meten en el cuerpo social atemorizando con que vienen los rojos, republicanos y separatistas, lo hacen agitando el fantasma de Franco! Así, si la colaboradora del ABC, Edurne Uriarte -que es de las que cree que se arma el Cristo, si viene Lenin, y la de Dios, si Sabino Arana- escribe que: “Vivimos con palabras antifranquistas realidades de la democracia”, quienes creemos lo contrario, a saber, que se arma la de Sabino Arana, Dios, si vienen Cristo y el Lenin, podríamos escribir que vivimos con palabras de la democracia realidades antifranquistas y con palabras de la antidemocracia realidades franquistas. Es lo que tiene que, en función del clima de libertad o no que respiremos, podamos ser tan demócratas cual los contra-absolutistas y tan absolutistas cuan los contra-demócratas. A buenas somos como los mejores, a malas malos, a peores los hay peores.