
A más del título de una sección de este blog, la metábola no es sino un artilugio retórico que escritores y oradores, principalmente, emplean para expresar del derecho lo que se pronunció del revés o para exponer del revés lo que se enunció del derecho. En este sentido, en la medida en que la metábola transforma cada frase o que frasea cada transformación, se trata de una de una figura literaria eminentemente revolucionaria. Metabolizar, así es, no consiste sino en alterar el orden de las cosas o en alterar las cosas del orden. O, si me permiten el juego de palabras, en ordenar la alteración de las cosas o en ordenar las cosas de la alteración. Aunque, y por seguir con el jugueteo metabólico, también puede radicar en cosificar el orden de las alteraciones como en cosificar las alteraciones del orden. ¡La metábola, ya lo ven, es un mundo! ¡Y a la inversa!
Como ustedes entenderán, hay días que son más propicios que otros para la práctica metabólica. El de ayer, merced a la plumilla de la Presidenta de los populares vascos, María San Gil, fue uno de los señalados. En tanto que el artículo que le publicaron en el Correo Español, en el cual San Gil cargaba las tintas contra quienes por solidaridad se van a manifestar contra la sentencia a Juan Mari Atutxa, Gorka Knörr y Kontxi Bilbao, era metabolizable desde la primera letra hasta el punto final. El título mismo del escrito, “El nacionalismo intocable ante la justicia”, lo era. Porque la metábola y la pura verdad, así de claro, es que nos encontramos con la justicia intocable ante el nacionalismo. De sagrada intocabilidad la del Poder Judicial, mientras que el movimiento nacionalista puede ser acusado y condenado injustamente.
Agregaba María San Gil, tomando prestada la idea, que: “Más allá de la Justicia no habita la democracia”. ¡No lo creo! Porque si la Justicia es dar a todos y cada uno lo que, colectiva e individualmente, nos merecemos, para que haya democracia el pueblo en general y el vasco en particular deben recibir lo que les corresponde: el poder. Por esta razón, porque lo justo precede a lo democrático, la auténtica democracia, de haberla, está siempre unos pasos allende de la justicia. O, por decirlo metabólicamente, más allá de la Democracia no habita la justicia, sino más acá. Más allá de la democracia habrá, sin duda, justicias, pero en política el acto de Justicia primero y principal es que quien debe gobernar, el pueblo, gobierne. Otra cosa es, que haya democracias para nada justas y justicias ni por asomo democráticas, que haya democracias injustas y justicias antidemocráticas, pero en tal caso, que es el español, no podemos hablar de un régimen democrático ni de una Justicia con mayúsculas.
Ya en un tono propagandístico, comentaba María San Gil que: “Es evidente que, durante este tiempo, el Lehendakari, el Gobierno vasco y los dirigentes nacionalistas han hecho de la descalificación y la agresión verbal sus referencias a la justicia”. ¡No señora! El Lehendakari, el Gobierno vasco y los dirigentes nacionalistas no son los descalificadores ni agresores, sino los descalificados y agredidos. No atacan, sino que se defienden. O, ya que estamos en la sección de la metábola, es evidente que, durante este tiempo, la justicia ha hecho de la descalificación y la agresión verbal sus referencias al Lehendakari, al Gobierno vasco y a los dirigentes nacionalistas.
Sin abandonar el mismo estilo y sin ofrecer ningún argumento, o mejor repitiendo hasta la saciedad la única idea, que los nacionalistas atacamos y cuestionamos al estamento judicial, la presidenta del PP vasco escribía que: “Lo que se hace, una vez más, es un pulso y un desafío a la Justicia cuando ésta no da la razón a los dirigentes nacionalistas, cuando sus resoluciones no coinciden con sus postulados. Por eso van a salir a la calle, para reivindicar una justicia exclusivamente nacionalista. Una Justicia que privilegie a los suyos, que les sitúe por encima de la ley. Y es que ya nadie duda a estas alturas de que el nacionalismo dirigente y el lehendakari no respetan la separación de poderes”. Todo el párrafo, entero, puede ser metabolizado, pero vayamos paso a paso. La primera metábola diría que lo que se hace, una vez más, es un pulso y un desafío a los dirigentes nacionalistas cuando éstos no dan la razón a la Justicia, cuando sus postulados no coinciden con sus resoluciones. Esto que está ocurriendo en el Estado español es gravísimo, porque, según los españolistas, cuando la justicia falla los nacionalistas nos tenemos que morder la lengua y cuando no tenemos pelos en ella la justicia debe fallar contra nosotros. ¡Esto es lo que hay! ¡Si habla la justicia nos tenemos que callar y si hablamos nos tiene que callar! ¡Pues no! ¡Gústeles o no, aplaudimos la justicia como criticamos la injusticia!
La segunda metábola es la que dice: Por eso van a salir a la calle, para reivindicar un nacionalismo exclusivamente de justicia. No deseamos, María, quienes defendemos un nacionalismo justo, una justicia exclusivamente nacionalista, nos conformamos con la justicia a secas. No queremos ni una justicia nacionalista vasca que no hay, ni la justicia nacionalista española que hay. Queremos justicia, nada más y nada menos.
La tercera metábola, San Gil, es la que no sólo niega que deseemos una Justicia de nuestra parte o que nos sitúe por encima de la ley, sino la que acusa al españolismo de materializar, allá va, una Ley que privilegie a los suyos, que les sitúe por encima de la Justicia. La ley española, así es, privilegia tanto a los españoles como perjudica a los vascos. Es este un pecado español, que saben hacer la ley, pero no tienen ni idea de lo que es la Justicia. Mejor nos iría a todos si supieran hacer la Justicia y no tuvieran ni idea de lo que es la ley.
La cuarta metábola es la que señala que ya nadie duda a estas alturas de que la separación de poderes no respeta al nacionalismo dirigente y al Lehendakari. Esto como metábola, porque si a la realidad nos atenemos, lo cierto es que el Lehendakari y compañía no pueden respetar, aunque lo quisieran, algo que no hay. ¿Cómo van a respetar la separación de poderes, si no hay tal separación? ¡Es imposible, oiga!
San Gil terminaba su artículo acusando al nacionalismo institucional vasco de “tratar de convertir por aclamación en inocentes a quienes la justicia ha sentenciado que son culpables”. ¡Hombre, María! Es que los nacionalistas, haga lo que haga Herodes y grite lo que griten fariseos y judíos, entre Barrabas y Jesús aclamamos a Cristo. Más que nada porque sabemos de sobra lo que es tratar de convertir por "justicia" en culpables a quienes la aclamación ha sentenciado que son inocentes.
A más del artículo señalado, María San Gil criticaba ante los medios al lehendakari por su “política de confrontación y descalificación de la Justicia” y sus posiciones de “tintes totalitarios”. ¿No se cansarán de los mismos argumentos sin fuste? La verdad, la diré otra vez metabólicamente, es que hay que criticar a la Justicia por su política de confrontación y descalificación del Lehendakari y sus tintes totalitarios.
Los socialistas, que quieren diferenciarse de los populares pero que a la hora de la verdad son semejantes o a la inversa, criticaban por boca del secretario general del PSE-EE, Patxi López, que el Gobierno vasco, “que como tal forma parte del Estado, salga de manera desmesurada y tremendista a poner en cuestión al propio Estado y al sistema democrático”. ¿No será al revés, señor López? Que lo censurable sea que el propio Estado y el sistema salgan de manera desmesurada y tremendista a poner en cuestión al Gobierno vasco democrático, que como tal forma parte del Estado”. Si aquello puede ser objeto de censura, del mismo modo esto. Además, si el todo que es el Estado critica a la parte que es el Gobierno vasco, por qué la parte que es el Gobierno vasco no va a poder criticar al todo estatal.
A más de lo anterior, el dirigente socialista recordaba que: “poner en entredicho y deslegitimar permanentemente un poder básico de cualquier democracia -en alusión a la Justicia- es un terreno muy peligroso para todos”. ¡Claro que sí! Pero el poder básico que está de continuo en entredicho y deslegitimado no es la Justicia, sino el poder autonómico vasco. O de otro modo, no son los poderes autonómicos los que han puesto en peligro la justicia, sino la justicia la que ha puesto en peligro la autonomía vasca. Claro que los socialistas no ven o no quieren ver estas cosas. Los populares tampoco.
El presidente del Tribunal Supremo, Francisco José Hernando, comentaba desde Lisboa que las decisiones judiciales deben ser “respetadas y acatadas” y que la manifestación “no va a modificar” la acción de los jueces”. Antiguamente, cuando los vascos éramos soberanos o cosoberanos, si se quiere, cada vez que una decisión menoscababa nuestra foralidad era obedecida pero no cumplida. Ahora, como nos han despojado de nuestra soberanía, tenemos, al parecer, que respetar y acatar hasta las injusticias. Por otro lado, no ignoramos que la manifestación no va a alterar la decisión tomada por los magistrados, pero no ignoren que la acción de los jueces no va a modificar la manifestación. ¡Ante la falta de justicia nos encontrarán en la calle!
Como ya se habrán dado cuenta, populares, socialistas, el Tribunal Supremo y toda la españolada esgrimen el mismo argumento. ¡Luego hablan de separación de poderes! ¡Quienes son del mismo pensar suelen actuar del mismo modo y a la inversa! Otra muestra más de lo apuntado es lo que venía a señalar la Asociación Profesional de la Magistratura (APM) que, si bien es cierto que defendía el derecho a manifestarse, se manifestaba en contra de que el ejercicio de este derecho “se convierta en un elemento de confrontación de un poder del Estado contra una decisión judicial del más alto nivel”. O al contrario ¿no? Porque se podría estar en contra de que una decisión judicial del más alto nivel se convierta en un elemento de confrontación contra este derecho de un poder del Estado.
Otro que les sigue el cuento a los españolistas es J.M. Ruiz Soroa, que hacía de corista al escribir en el Correo Español que: “Aquí se ha convertido ya en uso y costumbre que las instituciones políticas dominadas por los nacionalistas encajen cualquier decisión judicial que no les gusta como un ataque a las instituciones mismas y, por elevación, al autogobierno, a la autonomía y, en definitiva, al pueblo vasco entero”. ¡Démosle la vuelta al argumento! Aquí se ha convertido ya en uso y costumbre que las instituciones judiciales encajen cualquier decisión nacionalista que no les gusta como un ataque a las instituciones mismas.
Añadía Ruiz Soroa que: “cualquier corrección judicial se interpreta como un ataque a la libertad de este pueblo”. No es que se interprete, es que la mayoría de las decisiones de los jueces españoles, con contadas excepciones, son un ataque en toda regla al pueblo vasco. A más, claro, de que la metábola radicaría en decir que cualquier libertad de este pueblo se interpreta como un ataque a la corrección judicial.
Escribía además Ruiz Soroa que los seguidores de Sabino Arana: “contraponen estúpidamente la voluntad del pueblo con la decisión de unos jueces, sin apercibirse siquiera de que se trata de planos distintos, de cuestiones profundamente diversas. Sin darse cuenta de que, en la modernidad, una sociedad sólo es libre cuando existen unas leyes y unos jueces capaces de limitar sus excesos”. Muy de Montesquieu el concepto de libertad, la libertad entendida como aquello que permiten hacer las leyes. Como si no hubiese libertad más acá o más allá de la legalidad. Sin embargo, la premisa fundamental es que haya libertad. Porque no son las leyes las que crean la libertad, sino la libertad la que crea las leyes. Las leyes pueden crear libertades, pero la libertad real es aquélla que el pueblo siempre retiene para oponerse a una legislación o gobernación injusta. Por esto no hay que confundir la libertad legal con la legalidad libre. Porque las leyes pueden esclavizar injustamente la libertad, pero la libertad es el derecho de liberarse, la libertad puede esclavizar las leyes injustas. O de otro modo, señor Soroa, en las sociedades contemporáneas la Justicia debe garantizar las libertades, pero la Libertad debe garantizar las justicias.